– “Donde esté su corazón, estará su tesoro”

La Ciudad de México es rica en leyendas; historias de carácter insólito y adornadas con elementos fantásticos, que se han transmitido de generación en generación hasta impregnarse en la memoria colectiva de la sociedad.

En parte, el encanto de una leyenda es la duda que deja en quienes la escuchan y que se pregunta:

“¿El relato que escuché habrá sido real o sólo una mera anécdota a la que el tiempo se encargó de ir adornando?”

Normalmente esta incertidumbre nunca se resuelve y permanece eternamente rodeada por un halo de misterio. A menos, claro, que un hecho igual o más extraordinario que la leyenda misma demuestre su veracidad. De eso trata este Vagando con Sopitas.com.

Corpus Christi

El Ex Templo de Corpus Christi es uno de esos edificios antiguos de la colonia Centro de la Ciudad de México, con el que muchos nos hemos topado pero del que solemos ignorar su riqueza tanto arquitectónica como histórica.

Ubicado enfrente del Hemiciclo a Juárez, y compartiendo acera con el Museo de Memoria y Tolerancia y con la Secretaría de Relaciones Exteriores, éste es el único edificio virreinal que aún se conserva sobre Avenida Juárez. Su importancia es tal, que en septiembre del 2004 fue nombrado Patrimonio de la Ciudad de México.

Además de su belleza, este ex templo guarda en sus entrañas una de las historias de amor más impactantes de las que se tenga memoria, y que se remonta hasta inicios del siglo XVIII, cuando el “marqués de Valero y duque de Arión, Baltasar de Zúñiga y Guzmán”, fue nombrado por el Rey Felipe V como Virrey, gobernador y capitán general del reino de la Nueva España y presidente de la real audiencia de México.

Este nuevo cargo, marcaría de por vida don Baltasar, quien terminaría prendado para siempre de la Ciudad de México.

El atentado

Baltasar de Zúñiga y Guzmán tenía 60 años cuando partió con su comitiva del puerto de Cádiz el 10 de marzo de 1716 y semanas después desembarcó en el Puerto de Veracruz. Posteriormente llegó a la Ciudad de México y el16 de agosto de 1716 se le rindieron los honores y tomó posesión como Virrey.

Baltasar de Zúñiga y Guzmán se convirtió en el primer Virrey soltero de la Nueva España. No obstante, era muy enamoradizo y eso quedaría de manifiesto durante el tiempo que se desempeñó en el cargo (1716-1722).

La tarde del 16 de junio de 1718, el Virrey había participado en la procesión por el día de Corpus. Durante su camino de regreso pasaba frente al Parque de la Alameda cuando fue atacado por un militar que intentó atravesarlo con una daga. Afortunadamente sus guardias personales intervinieron e impidieron su asesinato.

El atacante fue Nicolás Camacho, quien no hacia mucho había salido del hospital psiquiátrico de San Hipólito donde estaba diagnosticado como esquizofrénico. La incoherencia de sus declaraciones ante las autoridades bastaron para que volviera a ser encerrado en el manicomio, esta vez para siempre. Tras el atentado se rumoró que el Virrey había tenido una relación con la esposa de aquel militar.

En agradecimiento por haberse salvado, don Baltasar mandó a construir un convento y un templo en ese mismo lugar, a los que llamaría Corpus Christi como recordatorio a la fecha en la que casi pierde la vida. Su diseño estuvo a cargo del arquitecto novohispano Pedro de Arrieta.

El Acervo Histórico del Archivo General de Notarías

Desde julio de 2005, el ex templo de Corpus Christi, aquel que fue construido después de un atentado fallido contra el Virrey de la Nueva España, es sede del Acervo Histórico del Archivo General de Notarias, órgano encargado de custodiar, conservar y reproducir los documentos notariales ahí depositados.

Una mañana acudí esperando accesar al inmueble, pero al ser unas oficinas gubernamentales y no tener ningún trámite o asunto que tratar, me negaron el paso. Sin embargo, con mucha amabilidad me indicaron que si deseaba conocer el inmueble podía llamar al teléfono de oficina del Acervo Histórico y programar una cita.

Aún así, ese primer acercamiento valió la pena porque pude admirar la extraordinaria fachada de tezontle y cantera, estilo barroco-novohispano de Corpus Christi.

Esa misma tarde marqué y me dijeron que la próxima visita guiada estaba programada para una mañana de mediados de abril. Insistí en que solamente quería conocer el interior del templo y tomar algunas fotos. En un par de minutos aceptaron mi propuesta, me pidieron mis datos y me pidieron que eligiera la fecha y hora en la que iría. Para no prolongar más las cosas, decidí acudir al día siguiente.

La polémica que rodeó al convento

Tanto el convento como el templo de Corpus Christi se construyeron de 1720 a 1724. Conforme avanzaba su edificación esta obra se vio envuelta en la polémica, pues el Virrey determinó que estaría orientado a recibir a mujeres de origen indígena, que entonces sólo eran admitidas en estos recintos como criadas. Un sector del clero virreinal se opuso a ello argumentando que las mujeres indias no tenían la capacidad de tomar los hábitos a causa de su “escasa razón”.

Aún con estas trabas, el 13 de julio de 1724 ingresaron al convento las primeras religiosas indigenas, entre ellas se encontraba una descendiente del emperador azteca Moctezuma. Tanto el templo como el convento estuvieron a cargo de la Orden de Clarisas Capuchinas.

Una historia de amor imposible…

Cuenta la leyenda que una tarde, durante una celebración religiosa en catedral, el Virrey divisó a una hermosa joven de la que se enamoró inmediatamente. Aunque preguntó quién era, nadie supo darle referencias. Al poco tiempo volvió a verla siendo trasladada dentro de un carruaje. No desaprovechó la oportunidad y le ordenó a sus hombres que averiguaran todo sobre ella.

De esta forma supo que aquella adolescente era doña Constanza Téllez, y que por esos días se transportaba en carruaje porque, tal y como dictaba la tradición, estaba haciéndole visitas de despedida a sus seres queridos pues estaba por tomar los hábitos para ingresar al convento de Santa Isabel.

Esta noticia causó una profunda desilusión en don Baltasar, quien poco a poco se fue aislando y cayó en una depresión y silencio de la que nadie podía sacarlo. Cada tarde el virrey acudía al convento de Santa Isabel para escuchar el coro de monjas donde cantaba Sor Marcela del Divino Amor, nombre que Constanza adoptó al volverse religiosa.

En 1722 Baltasar de Zúñiga y Guzmán terminó su cargo como virrey y se requirió su regreso a España, a donde partió acongojado. En su patria las cosas no mejoraron y el dolor por haber perdido a su amada siguió atormentándolo. Al poco tiempo cayó enfermo y falleció el 26 de diciembre de 1727 en Madrid, no sin antes estipular en su testamento que, como última y desconcertante voluntad, quería que su corazón se enviara de vuelta a México y fuera colocado en la capilla del Templo de Corpus Christi, aquel que él mismo había mandado a construir.

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Una tarde, el coronel Pedro del Barrio llegó hasta la puerta del convento de Corpus Christi con un cofre de plata donde descansaba el corazón de don Baltasar. Lo entregó a las monjas capuchinas, que quisieron realizar una ceremonia para recibir la reliquia. En el evento cantó un coro de monjas procedente del convento de Santa Isabel, y sí, ahí estaba Sor Marcela.

Esta historia fue pasando de generación en generación y tiene muchos variantes. Algunos sostienen que el virrey fue rechazado por Constanza, otros que el templo de Corpus Christi fue levantado para su amada y no para agradecer que se salvó de un atentaos. De cualquier forma, todas las leyendas y relatos coincidían en que el corazón de Baltasar había vuelto a la Ciudad de México.

… que traspasó el tiempo

Casi medio siglo después, para ser más exactos en 1860, la aplicación de las Leyes de Reforma llevó al Convento de Santa Isabel a cerrar sus puertas y no sé supo más de Sor Marcela. En los años venideros en ese terreno se levantaron viviendas, pequeñas fabricas, y posteriormente el Teatro Nacional, que también sería demolido para construir el Palacio de Bellas Artes, como parte de las celebraciones por el centenario de la Independencia.

Las Leyes de Reforma también afectaron al Convento de Corpus Christi, que en 1867 fue desalojado. José Ives Limantour se convirtió en su dueño y para construir una casa demolió el edificio casi en su totalidad, dejando solamente en pie el templo que fue usado como bodega o museo de higiene.

Para 1951 se volvió sede del Museo de Industrias y Artes Populares y su administración recayó en el Instituto Nacional Indigenista. Para la inauguración el investigador y pintor Miguel Covarrubias realizó un mural donde plasmó las distintas regiones del país y sus ofertas artesanales. Lo tituló Geografía del Arte Popular de México.

Con el temblor de 1985 el ex templo sufrió daños estructurales considerables y fue abandonado por casi dos décadas. En el 2002 se anunció que sería restaurado, como parte de un proyecto de rescate que el Gobierno del Distrito Federal, que buscaba recuperar las construcciones históricas del primer cuadro de la ciudad y su perímetro.

En el 2005, mientras un grupo de arqueólogos trabajaban en el lugar se toparon con una lápida fechada con el año 1727. Al retirar la placa de piedra se toparon con una urna y una caja de metal con la inscripción en latín “donde esté su corazón, estará su tesoro”. En su interior encontraron los vestigios de un corazón humano.

De inmediato surgieron dudas sobre si ese órgano correspondía al virrey Baltasar de Zúñiga y Guzmán, lo que comprobaría la veracidad de las leyendas que por siglos acompañaron al templo de Corpus Christi. Para saberlo los restos fueron analizados. El resultado fue positivo, dejando a historiadores y amantes de los mitos urbanos estupefactos.

La urna con el corazón fue devuelta al ex templo. Se le colocó en un nicho y fue tapada con la antigua lápida en la sala polivalente donde antes estaba el altar mayor. Cuando finalizaron las obras de mantenimiento, estas instalaciones se destinaron para ser las oficinas del Acervo Histórico del Archivo General de Notarias de la Ciudad de México.

1727

Acudí puntual a mi cita en el Acervo Histórico de Notarias. Eran las 3 de la tarde y me topé con sus imponentes puertas de la fachada cerradas. Al ser una oficina gubernamental la atención al público cesa a las 14:30 horas. Llamé con unos ligeros golpes y un policía me atendió. Le di mis datos y al comprobar que en efecto, mi cita estaba programada me dejó entrar. Salvo él y otro de sus compañeros, el lugar se encontraba vacío.

Primero fui llevado a la sala de conferencias, que no es otra cosa que la nave principal del edificio. Al estar semi vacía, la altura y dimensiones resultan aún más impresionantes, sensación que se incrementa con el silencio que permanece inmaculado a pesar del bullicio exterior.

 

Al fondo hay una tarima que ahora sirve como escenario y que en la antigüedad albergaba el altar. Ahí a nivel del piso hay un par de placas de piedra con inscripciones en latín y que corresponden al siglo XVIII.

 

Y entonces, casi a ras de suelo, miré una pequeña placa incrustada en el muro con la inscripción “1727”. Al verlo me emocioné y esbocé una sonrisa. Se que ahí dentro está guardado el corazón de don Baltasar, testimonio de un amor imposible que venció al tiempo y a la distancia.

De buena gana hubiera permanecido frente a esa lápida toda la tarde, pero aún me faltaba subir a la parte alta del edificio. Ahí se encuentra el singular mural de Miguel Covarrubias que también fue remodelado en el 2005 y que además de colorido, invita a estudiar detenidamente todos los detalles que esconde.

Este mural está ubicado en el área que en el templo estaba destinada al coro. Muy probablemente desde ese punto Constanza Téllez le cantó al corazón del Virrey Baltasar de Zúñiga y Guzmán.

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El Acervo Histórico del Archivo General de Notarias de la Ciudad de México alberga alrededor de 25 mil libros notariales y documentos de gran valor histórico como los testamentos de Hernán Cortés, Sor Juana Inés de la Cruz o Benito Juárez.

El teléfono de sus oficinas, y donde puedes pedir un recorrido para conocer sus instalaciones es 55 18 2926