Martin Heidegger es considerado como uno de los filósofos más influyentes del siglo XX. En sus obras trató el problema de la estética, la esencia de las obras de arte (la cosidad de la cosa) y definió la hermenéutica o el arte de interpretar, dándole a las Ciencias de la Comunicación, de alguna manera, su objeto de estudio: todo lo que comunica está sujeto a interpretación. Su trascendencia en el mundo de la filosofía y las ciencias sociales, no se discute. Sin embargo, qué pensarían aquellos que estudian y siguen su obra si supieran que Heidegger era seguidor de Hitler y nazi. Y no sólo eso, sino también antisemita.

Su ideología nazi no es un secreto, y desde hace algunos años se reveló al mundo (a través de una interpretación de algunos textos, irónicamente) que no se trató de un error, sino de una realidad que muchos han pensado pudo haber influido su obra. Esto no es seguro. Si Heidegger era nazi y antisemita, poco tiene que ver con sus teorías sobre la estética y el arte. O al menos, pensar así resulta más sencillo para cualquiera que se ha sentido atraído hacia sus ideas. Entonces, ¿hemos de sentir culpa por leerlo y concordar con su pensamiento ahora que sabemos la verdad de su persona e ideología política? Y peor aún, ¿su obra tiene la capacidad de transformarse?, ¿pierde valor o veracidad?

CuadroXCuadro: ‘Annie Hall’ o todo lo que no debes hacer en una relación

Martin Heidegger / Foto: GRANGER, NYC / Vía El País

Lo mismo sucede con uno de los más grandes poetas franceses que para su infortunio, era “maldito”. Estamos hablando de Charles Baudelaire, un poeta que encontró belleza en la decadencia y que le regaló al mundo una serie de poemas cuya profundidad no se puede poner en duda. Entre ellos, hay algunos sobre la belleza y la mujer como objeto de deseo: “Un relámpago. Noche. Fugitiva belleza cuya mirada me hizo, de un golpe, renacer. Salvo en la eternidad, ¿no he de verte jamás?”. Algunos estudios sobre su obra literaria y Baudelaire, apuntan a que el poeta era un misógino, algo que en la actualidad resulta inconcebible para un artista que, en teoría, debería definir sus horizonte a un lado contrario. De este modo, ¿su obra más grande como Las flores del mal pierde valor o veracidad? Aquellas que actualmente defienden el lugar de la mujer, con justa razón, pero son lectoras de Baudelaire, ¿han de verse contrariadas?

Otro gran ejemplo es Woody Allen, un cineasta icónico con un historial fílmico impresionante. A finales de la década de los 60 fue que comenzó su carrera como guionista, productor, director y actor, recibiendo un total de cuatro premios Oscar. Su fama mundial y el reconocimiento como una de las figuras más grandes del cine, lo salvaron cuando su hija Dylan Farrow lo acusó de haber abusado sexualmente de ella cuando era una niña. En una carta publicada el 1 de febrero de 2018 en The New York Times, Dylan reveló su infancia con Allen, marcada supuestamente por el abuso. Pro fue hasta 2018 cuando Allen se enfrentó al escrutinio público marcado por los movimiento de igualdad de género y denuncia como #MeToo y Time’s Up. La última cinta de Allen junto con Amazon, A Rainy Day in New York, parece nunca tendrá un estreno y ya han sido varias las celebridades que han negado su relación profesional con el director. ¿Estas acusaciones han de manchar su obra fílmica, demeritar la calidad de sus producciones y borrar la trascendencia de sus personajes?

La respuesta, para ser justos, es un no. El trabajo artístico de Allen, Baudelaire y Heidegger, como muchos otros, habla por sí mismo y es independiente de su autor por más que el artista imprima en su obra algo de sí. En los Diálogos de Platón, en específico en “Ion o de la poesía”, se establece que el poeta (como un artista de las artes poéticas) es una especie de mensajero de los dioses, capaz de interpretar su lenguaje y “traducirlo” para el hombre. En este caso, bajo el resguardo de Platón, hemos de separar la obra del artista. Y con esto, disfrutar de ella como se ha hecho sin saber las oscuras realidades del autor.

Allen, como mencionamos, es un ícono de la industria del cine. Tiene bajo su nombre poco más de 40 producciones fílmicas, y que en algunas participó como director, guionista y protagonista. Una de las más grandes, sino es que la más conocida, es Annie Hall, ganadora del Oscar en 1978 para Mejor Película. Este galardón no se libró de las controversias y críticas. Annie Hall venció a The Goodbye Girl, Julia, The Turning Point, y el punto de quiebre, a Star Wars: Episode IV. Esta comedia romántica también se llevó Mejor Guión Original y Director para Allen, la primera junto a Marshall Brickman, y Mejor Actriz para Diane Keaton, una de sus musas (quien también lo defendió durante las acusaciones más fuertes).

Annie Hall nos presenta a Alvy Singer, un hombre de mediana edad dedicado a la comedia, típico del universo de Allen: nervioso, bajo estrés constante, ágil en sus comentarios pero un completo fracaso para la estabilidad de pareja. Singer, durante la película, intenta descubrir qué salió mal de su relación romántica con Annie Hall, una mujer liberal pero con ideas concretas de su vida a futuro. Para Allen, esta cinta representa un antes y un después. Sus trabajos previos como Everything you always wanted to know about sex (But were afraid to ask) y Love and Death, son graciosos con un límite difuso entre el humor negro y el drama. En cambio, Annie Hall es distinta, es graciosa pero también es profunda y reflexiva, incluso triste.

Alvy Singer hace sutiles metáforas entre la vida y las relaciones de pareja. Para arrancar con la película, el protagonista se presenta con un monólogo: “Hay un chiste viejo. Dos ancianas están en el resort de Catskills Mountains y una de ellas dice: ‘Vaya, la comida en este lugar es realmente terrible’. Y la otra contesta, ‘Sí, ya sé, y en tan pocas porciones’. Bueno, así es como percibo la vida. Llena de soledad y miseria, sufrimiento y tristeza. Pero aún así pasa demasiado rápido. El otro chiste importante es uno que, usualmente se le atribuye a Groucho Marx, pero creo que originalmente aparece en la obra de Freud sobre la relación con el inconsciente. Dice algo como, voy a parafrasear: ‘Nunca pertenecería a un club o grupo que tenga a una persona como yo como miembro’. Ese es el chiste clave de mi vida adulta en cuanto a mis relaciones con las mujeres”.

CuadroXCuadro: ‘Annie Hall’ o todo lo que no debes hacer en una relación

Woody Allen y Diane Keaton / The Woody Allen Pages

Alvy no deja de unir las piezas del rompecabezas de su ruptura con Annie Hall, buscando el momento exacto en que las cosas se fueron al carajo, como dice, y se terminó el enamoramiento. El punto, supuestamente, de la reflexión de Alvy es determinar qué cosas hizo mal y trabajar en ellas. Pero en realidad, Annie Hall es un análisis de un “romance nervioso” en el que las dos partes nunca son capaces de aceptar culpas por mínimas que sean.

Annie Hall, a través de Alvy Singer y alimentado de Annie, es todo lo que una relación no debe ser o hacer. Pero también es todo lo contrario. Es la declaración de autenticidad de una persona que, con seguridad, afirma que no va a dejar antiguas dependencias por las razones que sean como miedo o comodidad. Annie Hall es, sin duda, la película más seria de Allen que nos regaló, también, frases memorables y orgánicas, al igual que las relaciones. Es decir, se aplican a diversas circunstancias y los principios más básicos no se caducan ni adecúan.

Una relación es como un tiburón, ¿sabes? Debe moverse constantemente o muere. Y lo que tenemos entre manos es un tiburón muerto”, para describir el momento en que una de las partes debe reconocer que las cosas están llegando al límite, pero dando la pauta para la segunda parte que no hay nada qué hacer.

Annie Hall era la menos probable para llevarse un reconocimiento de la Academia, sobre todo en su máxima categoría. Es una película, al menos para la época, experimental y difícil de digerir en cuanto la construcción de los personajes principales. En algunas ocasiones, los protagonistas hablan de la intrascendencia del reconocimiento y de la altanería de los críticos para tomar la decisión de darle un premio a una obra, o bien, la “pereza” de tan sólo dar premios: “¡Premios! ¡No hacen otra cosa mas que dar premios!” o “Aquí guardan la basura y la convierten en programas de televisión”, dice Alvy cuando está en Los Ángeles, muy lejos de su entendimiento de civilización representado en las calles de Nueva York y las estructura de su comunidad.

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