Cada vez es más común que las personas ante situaciones adversas que parecen no tener solución como la pobreza o falta de oportunidades, opten por creencias y prácticas alternas como la santería o la brujería, entre otras. Estas sin dejar de lado sus creencias religiosas “primarias”. Y hablamos de un fenómeno que no sólo es propio de los sectores de la población más pobres, sino de una configuración de las prácticas religiosas en general que, sorprendentemente, tomó fuerza en el siglo XXI, una época que, entre otras cosas, se caracteriza por las nuevas tecnologías de la información y el famoso internet de las cosas.

Para intentar siquiera comprender, hace falta dar una vuelta al pasado. Desde hace muchos años ha existido un fuerte debate entre la religión y la ciencia que, incluso, ha dividido a la sociedad. Uno de los más grandes ejemplos es la teoría del origen de las especies de Darwin y  su contraparte, el creacionismo, propio de algunas religiones como el cristianismo. Ambas “teorías” se han debatido el origen de la humanidad y el mundo tal cual lo conocemos. En los últimos años, sino es que los últimos dos siglos con los avances de la tecnología, muchos se han inclinado a creer en la ciencia pero en algunos casos sin dejar de lado su fe.

Foto: Colecciones Fotográficas de Fundación Televisa, 1952, de la colección Archivo División Fílmica.

Sin embargo, algunos sectores de la sociedad creen que decantarse por una creencia religiosa es sinónimo de ignorancia, falta de educación y cultura, y peor aún cuando se trata de una creencia alterna con elementos descritos como sobrenaturales. Esta idea, generalmente, está arraigada hacia las comunidades más pobres de un país donde, lamentablemente, esas pruebas científicas que ofrecen opciones a los individuos e información, aún no han llegado como los pueblos. Pero aquí hemos de hacer otra aclaración, que los pueblos y comunidades alejadas no son los únicos lugares donde se ve una brecha, sino también en las grandes ciudades con el nacimiento, por ejemplo, de la figura de la Santa Muerte. Entonces, la pregunta es: ¿Acaso esto es sinónimo de ignorancia, una medida desesperada o habla de una riqueza cultural que se reformula con base en la necesidades actuales?

Todas y ninguna a la vez. La medicina tradicional y la figura del chamán, son una parte fundamental de la construcción cultural y social de los pueblos indígenas y existe, sin duda, desde antes que el concepto ya universal de la medicina como ciencia. Los chamanes como Francisco Chapo Barnett Astorga, líder espiritual de la tribu Seri en Hermosillo, Sonora, es un sanador con conocimiento total de las virtudes de las plantas medicinales, y también es capaz de sanar con danzas y cantos, el lenguaje de los espíritus.

Stella Inda y Arturo de Córdova / Foto: BFI

La realidad de un país tan diverso e histórico como México, pero a la vez dividido, es la delgada línea de las sociedades ajenas a pensar (y confundirse) entre ignorancia y cultura. La medicina tradicional y los chamanes, en este caso y en este país, representan un sistema alternativo de salud en regiones aisladas o remotas (o simplemente ignoradas) donde la medicina y ciencia no ha llegado.

Sin duda, es un tema complicado pero fascinante. Esta es una de las razones por las cuales ha sido tema de debate desde hace muchos tiempo a través de varios medios como el cine. En varias ocasiones hemos hablado del quehacer fílmico como una forma de reflejar la ideología de una sociedad en cierta época además de hacer una crítica (a la vez denuncia) a su estructura y exponer los problemas que la aquejan. Y con el tema expuesto con anterioridad, no ha sido la excepción. El filme El rebozo de Soledad de 1952 del director Roberto Gavaldón, es una de las obras más directas en cuanto a este debate que a pesar de hacer su denuncia, no deja de lado los elementos artísticos propios de una obra fílmica potenciados por el trabajo en la fotografía de Gabriel Figueroa.

Stella Inda como Soledad. / Foto: Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas

El rebozo de Soledad está basado en la novela homónima de Javier López Ferrer y con un guión adaptado de Gavaldón junto a José Revueltas y la actriz Stella Inda, quien también protagoniza la cinta con un elenco que incluyó las figuras más grandes de la época como Arturo de Córdova y Pedro Armendáriz con Domingo Soler, Carlos López Moctezuma, Rosaura Revueltas y José María Linares Rivas.

El rebozo de Soledad sigue la historia de Alberto Robles (Córdova), un doctor con convicción de ayudar a los demás que, en algún momento, debe tomar la decisión de seguir una carrera médica en la ciudad con todas las comodidades o dejar todo eso de lado para continuar con su labor humanitaria de atender a la población de Santa Cruz, un pequeño pueblo azotado por la pobreza y la imposición de las figuras de poder como el cacique del lugar, David, el cual maneja la tierra y el agua con base en sus intereses personales. La presencia de Robles equilibra, por decirlo de alguna manera, el poderío del cacique y representa la esperanza de los pobladores.

Como consecuencia de un brote de tuberculosis en el pueblo, consecuencia de cinco vacas enfermas del cacique, algunos lugareños comienzan a enfermarse y morir. Entre ellos está la mamá de Roque Suazo (Armendáriz), un campesino honesto que dedica su vida a cuidar a su madre y Mauro, el hermano de Soledad (Stella Inda), quien se enamora del doctor y rechaza, así, las propuestas de amor de Suazo como cuando este le regala un rebozo. “El rebozo, la mujer y la tierra deben ser de respeto pa’l hombre… No haga ofensa a la mujer que no quiera hacerle a su tierra”, le dice Soledad.

Durante toda la película hay una constante: “La gente cree más en la brujería que en la ciencia”, dice Alberto, quien pelea contra las ideas del pueblo y su poco o nulo conocimiento de lo que es la medicina y el llamado del curandero cuando alguien se enferma. José Revueltas, como escritor y guionista, siempre se caracterizó por revelar los puntos más vulnerables de la sociedad y exponerlos en su forma más cruda; sin embargo, con El rebozo de Soledad hay una excepción, y es que no critica la supuesta ignorancia del pobre dispuesto a pagar cinco pesos a un curandero, sino el olvido en el que viven y mueren. Sí, el enojo de Alberto es comprensible en cuanto han visto morir a sus seres queridos, pero también se entiende que es lo único que conocen y, peor aún, tienen disponible.

Roberto Gavaldón se acerca al cine indigenista con El rebozo de Soledad para presentar, sutilmente, una parte de la realidad de las comunidades indígenas que han sido apartadas de las conversaciones relacionadas al progreso, y no sólo en la década de los 50, sino hasta la actualidad. Lo mismo va con el cine indigenista, el cual expuso en su momento, cómo las políticas públicas no cubren la multiculturalidad de un país tan grande y diverso como México. Si bien Emilio “El Indio” Fernández presentó una serie de personajes memorables con características propias del indígena, fue esta cinta de Gavaldón y Revueltas que planteó una forma más social y directa de presentar su contexto sin perder su necesidad (por decirlo de alguna manera) de otorgarles a sus personajes un destino fatal.

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