La cultura de occidente suele enviciar y/o politizar todo lo que llega a su alcance, y lo peor es que lo hace bajo preceptos socioculturales mal logrados, mal escritos y anacrónicos. Sin embargo, parece una costumbre hacer nuestro algún problema o historia que nos resulta ajena, como la cultura oriental… Para efectos prácticos, los problemas se los dejamos a la política para centrarnos en sus historias, aquellas que provienen de su imaginación y su capacidad para crear universos que no logramos comprender a la fecha.

Y así es como surge el nombre de Godzilla, el primer kaiju (daikaiju) creado hace 65 años, aproximadamente, que respondió a una necesidad de su sociedad de superar una tragedia. Godzilla o Gojira, es un lagarto gigante radioactivo y milenario (despide “fuego” radioactivo de su hocico) que despierta (teóricamente) después de la pruebas atómicas realizadas por Estados Unidos después la Segunda Guerra Mundial, específicamente por la tragedia de Castle Bravo. Desde ese momento, Godzilla se dedicó a aterrorizar a la población y destruir ciudades completas.

Póster de ‘Gojira’ de Ishirô Honda en 1954, protagonizada por Takashi Shimura. / Getty Images

El monstruo gigante, el cual ha cambiado de tamaño con los años, es una metáfora de lo sucedido a la sociedad japonesa después del ataque nuclear de Estados Unidos en 1945 y las pruebas posteriores que afectaron a civiles japoneses. ¿Cómo aferrarnos a nuestra cultura, la cual ha sido derrotada en varias ocasiones? A través de Godzilla, sorprendentemente, se percibe algo más que la creación de un monstruo, sino de un objeto al cual aferrarse y que trasciende en el tiempo, espacio y más importante, las culturas.

Godzilla, de este modo, no podía escapar de las garras de Occidente, menos de Hollywood. La industria del entretenimiento vio en este kaiju un enemigo que, como contraparte, creó una sociedad capaz de superar la adversidad con su respectivo grupo de héroes; es decir, la típica historia americana en que el enemigo siempre ha de ser extranjero, y entre más lejano, peor (cualquier parecido con la realidad socipolítica de Estados Unidos, es mera coincidencia).

Godzilla en ‘Godzilla, King of the Monsters!’ de Ishiro Honda y Terry O. Morse de 1956. / Getty Images

Varias etapas ha atravesado Godzilla en Japón desde 1954 con la salida, dos años después, de Godzilla, King of the Monsters!, la primera versión de occidente que dio paso a una entrega en 1998, un reboot en 2014 y un regreso a la pantalla programado para este 2019 que hace honor a ese primer título de Godzilla: King of the Monsters. Para comprender esta entrega, que no podría ser la última, hemos de irnos al 2014 con el regreso de Godzilla a la gran ciudad para aterrorizar a la gente.

Muchas personas perdieron a seres queridos con la sorpresiva llegada de Godzilla a tierra firme, entre ellos el matrimonio Russell, quienes pierden a un su hijo menor. Los Russell son unos científicos que trabajan para Monarch, una institución que estudia y analiza la llegada de Godzilla, el cual lleva cinco años perdido. En su intento por encontrar al lagarto/dinosaurio, descubren a más de estos seres, los cuales son llamados titanes.

Estos titanes o kaiju son seres que habitaron la Tierra hace miles de años, pero que quedaron dormidos, alimentándose de la radioactividad. Algunas leyendas muestran la convivencia armónica entre estos titanes y los seres humanos, algo que resultaría imposible en la actualidad.

La doctora Emma Russell, junto a su hija Madison (en ausencia del padre), crean un artefacto que es capaz de comunicarse con los kaiju, incluso manipularlos a través de ondas sonoras. Con este aparato, Emma se propone una cosa: liberar a todos los titanes para restablecer el equilibrio en el planeta. Sobrepoblación, cambio climático, explotación de recursos contra el poderío de un gigante radioactivo.

Todo va bien hasta que Emma libera a (King) Gidhora, un monstruo volador de tres cabezas que viene del espacio y que a diferencia de los otros titanes, no está en la Tierra para mantener el equilibrio, sino para destruir todo a su alcance. Los más de 20 titanes obedecen a un alfa, título que se juega entre Godzilla y Gidhora.

Así se construye la premisa de Godzilla: King of the Monsters, la cual ofrece un espectáculo visual en el que los titanes luchan entre sí, dejando en evidencia el supuesto poderío del hombre, el cual se ve minúsculo ante la sabia naturaleza. Vemos otras tantas criaturas icónicas además de Gidhora, el cual apareció por primera vez en 1964; a Mothra, la cual data de 1961; y al más viejo, a Rodan, el cual hizo su debut en 1956, dos años después de Godzilla.

Sin embargo, Michael Dougherty, el director, comete el terrible error al humanizar a su héroe y villano. En la película, de forma extraña, Godzilla no sólo pelea por ser el rey de los monstruos, sino lo hace al comprender la situación del hombre y sus nulas posibilidades de derrotar a Gidhora. Sí, ese gigante radioactivo que destruía ciudades sin piedad (un concepto meramente humano), se convierte en un aliado de los humanos en su lucha por preservar el planeta. Del otro lado, King Gidhora parece esforzarse en ser un villano tal y como lo conocemos en el mundo de los cómics.

Godzilla: King of the Monsters cumple con su cometido de entretener a las audiencias, y más aquellas que buscan efectos de calidad y grandes enfrentamientos en pantalla, pero no se define de un lado ni del otro, menos cuando una niña de menos de 15 años, se hace responsable del futuro de la humanidad, una historia usada con anterioridad que difícilmente resulta creíble, ni siquiera en Hollywood. Esta segunda entrega de Godzilla sirve como un puente entre la primera película de 2014 y la próxima en solitario, dejando toda la emoción del cierre la para una tercera producción, esto sin olvidar su esperado enfrentamiento con King Kong para el próximo año.