La tarde del 12 de febrero, un jurado de Nueva York en Estados Unidos, declaró culpable a Joaquín “El Chapo” Guzmán de 10 cargos de entre los que destaca conspiración internacional para la distribución de drogas, distribución de cocaína a nivel internacional, lavado de dinero y más.

En realidad, no es una noticia que sorprenda. El Chapo es el narcotraficante más famoso en la actualidad cuyo historial criminal comenzó desde hace décadas, y que trajo como resultado la construcción de un imperio que, lamentablemente no es comandado por una sola persona.

En otras palabras, la detención y juicio de El Chapo, apenas representa una pequeña parte de la lucha contra el narcotráfico que, como mencionamos, se define como un imperio donde muchas cabezas, yendo hacia abajo, deben caer. Sin embargo, la fiscalía de Estados Unidos tiene sus méritos al procesar a la figura más representativa del narcotráfico a nivel mundial.

Foto: Reuters (El Chapo)

La noticia, sin duda, ha provocado una serie de reacciones a través de redes sociales donde algunos usuarios aplauden el veredicto del jurado, otros señalan más nombres que aparecieron durante el juicio y otros se han “entristecido”. En las publicaciones sobre la noticia de diversos medios, aparece un gran número de reacciones de “Me entristece”.

Pero, ¿por qué esta reacción?

Estamos hablando del exlíder del Cártel de Sinaloa, un grupo criminal responsable de una gran parte de la violencia en el país. Entonces, ¿por qué algunas personas reaccionan con pena ante la noticia de su detención y la posibilidad de enfrentar cadena perpetua?

 

La respuesta no es sencilla y se apega a cuestiones sociales, pero sobre todo culturales en México. El “narco” y todo lo relacionado con esta actividad, es un fenómeno social e histórico que, a diferencia de muchos otros, se ha experimentado a través de la sociedad.

Es decir, las comunidades han vivido el surgimiento, crecimiento y desarrollo del narcotráfico. De aquí el nacimiento de la “narcocultura” o todas esas construcciones culturales e ideológicas relacionadas a esta actividad criminal, y su inmersión en el imaginario como una forma viable y rápida de escapar de la realidad como la pobreza, por ejemplo, a pesar de las posibles consecuencias funestas para los implicados y sus familias.

 

Y no sólo eso. A través de los medios y la industria del entretenimiento, la imagen de un narcotraficante como El Chapo ha crecido a tal grado de convertirse en un ideal cuya vida es un mito sociocultural relacionado al dinero, pero sobre todo al poder. Residencias, autos de lujo, armas bañadas en oro, mujeres, negación de las autoridades, dinero y, sobre todo, la posibilidad de jugar con la vida da una enorme cantidad de personas.

El juicio de Joaquín Guzmán dejó en evidencia –si es que se necesitaban más– la colusión del narcotráfico en las esferas políticas más altas, así como su influencia en la toma de decisiones más importantes para la población del país.

Esto es, quizá, uno de los puntos más “fascinantes” sobre la vida (idealizada) de un capo de la droga que ahora se ve en decadencia frente a un jurado compuesto de ciudadanos americanos que tuvieron en su poder la decisión de encerrarlo en una prisión de por vida.

El Chapo con Sean Penn

¿Es acaso ese apego a una realidad desconocida lo que ha hecho que algunos usuarios se entristezcan ante la noticia de El Chapo?, ¿o se relaciona con la caída de uno de los mexicanos más conocidos en el mundo?