Más allá del simbolismo religioso que tienen, y ante el cual podemos tener diferentes posturas, debemos reconocer que las catedrales de las principales ciudades del mundo poseen una atmósfera cargada de misterio y misticismo.

Dentro de sus muros, la mayoría construidos desde hace siglos, se esconden todo tipo de historias, muchas de las cuales permanecen vivas sólo en la memoria de unos cuantos. La Catedral Metropolitana de la Ciudad de México no es la excepción, y precisamente sobre una de estas historias ocultas trata este Vagando con Sopitas.com.

Éste es el relato del origen, travesía y presente del Santo Niño Cautivo.

El viaje que tardó siete años

Todo comenzó hace casi cuatro siglos en la España de 1620, cuando el artista sevillano Juan Martínez Montañés, a quien se le conocía como el “dios de la madera” realizó una pequeña escultura de un Niño Jesús.

Esta figura de madera policromada, ataviada por finos ropajes, fue adquirida por Francisco Sandoval de Zapata, quien se desempeñaba como funcionario de la Iglesia Católica. Al poco tiempo, Sandoval de Zapata fue requerido para administrar la riqueza de la comunidad religiosa (cargo conocido como ‘racionero’) de la Catedral de la Ciudad de México.

En 1622 Sandoval de Zapata partió en una embarcación con dirección a la Nueva España acompañado por la figura del pequeño santo. Para su desgracia, cuando el navío atravesaba el Mar Mediterráneo fue atacado por un grupo de piratas berberiscos, quienes secuestraron a la tripulación y se los llevaron hasta Argel.

Para liberar con vida a Sandoval de Zapata, los corsarios le pidieron un rescate la Iglesia Católica. Lamentablemente la distancia intercontinental, las deficientes formas de comunicación de la época y la burocracia del clero, provocaron que el dinero se tardara siete años en llegar hasta sus plagiarios.

Aunque para entonces el funcionario católico ya había muerto, los piratas cumplieron su palabra y enviaron a la Nueva España los huesos de Sandoval de Zapata y un baúl que en su interior traía a al niño de madera.

Tesoros ocultos

La construcción de la Catedral de la Asunción de María de México, hoy Catedral Metropolitana, comenzó en 1573 y se tardó alrededor de 250 años. Durante ese tiempo, este imponente templo no sólo se fue nutriendo a nivel arquitectónico con la visión de los principales escultores, artistas plásticos y pintores del virreinato, sino que su mobiliario interior también se enriqueció con piezas de invaluable valor, integrado por esculturas, pinturas y ornamentos.

Estos tesoros ocultos suelen pasar inadvertidos para aquellos que por años hemos pasado ante ellos con los ojos cegados por la cotidianidad o el desinterés. No es de extrañar que sean los turistas quienes aprecian mucho más este espacio emblemático de la ciudad.

Si uno decide tomarse una tarde para realmente recorrer este espacio y adentrarse en la historia que nos cuenta cada uno de sus rincones descubrirá que la Catedral Metropolitana, más allá de ser un bastión para la fe católica, es muy valiosa en términos históricos y culturales.

La tarde en la que decidí darme un tiempo para visitarla y recorrer su interior con detenimiento quedé abrumado por la cantidad de relatos que podrían esconderse ahí.

Fue precisamente en una de las 16 capillas que se encuentran en los costados de la nave principal, y que están dedicadas a distintos santos, donde me encontré con el Santo Niño Cautivo, ese que junto a su cuidador estuvo prisionero por 7 años en el norte de África.

El niño y los músicos

Cuando llegaron a la Nueva España, los restos de Sandoval de Zapata fueron llevados al convento de San Agustin, perteneciente a la orden de los Agustinos Recoletos, cuya construcción había iniciado en 1541. La Iglesia de este recinto sufrió un incendio que la destruyó en diciembre de 1676, por lo que tuvo que ser reconstruida.

Para 1861 las Leyes de Reforma emitidas por Benito Juárez hicieron que ese convento se volviera la sede de la Biblioteca Nacional de México, y así lo fue hasta 1979. Actualmente el Templo de San Agustin se encuentra en República de Uruguay N° 69, en la colonia Centro.

Foto de Patricia Alzuarte Díaz

¿Y el Niño Jesús de madera que acompañaba a Sandoval de Zapata?

Bueno, éste siguió una ruta errante de templo en templo sin que se pudiera afianzar definitivamente en alguno de ellos. Fue hasta que un grupo de músicos de la Catedral Metropolitana (entre 1654 y1660) abogaron para que fuera colocado en una de las capillas de la propia catedral. La elegida fue la dedicada a Nuestra Señora de la Antigua.

Como dato curioso, la imagen original de esta Virgen se encuentra en la Catedral de Sevilla, en España. Según la leyenda, cuando los Moros tomaron esa ciudad arrasaron con todos los objetos religiosos de la catedral, menos con la pintura estilo bizantina de la Señora de la Antigua, a la que no pudieron borrar por más que rasparon.

Regresando a la figura del niño, para mantener viva la historia de su secuestro, los músicos lo bautizaron como “El Santo Niño Cautivo” y le colocaron unas esposas de plata en las manos.

El tiempo cambia todo, incluso la fe

Los primeros antecedentes de la Catedral Metropolitana datan del siglo XVI, época en la que, tras la caída del Imperio Azteca, se asentó el virreinato de la Nueva España y estableció su capital en la Ciudad de México.

Uno de los cambios más radicales que este periodo trajo consigo fue la evangelización que la Iglesia Católica emprendió hacia los pueblos indígenas. Con el paso de los siglos esta conquista espiritual se fue amalgamando en la sociedad hasta volverse el culto dominante.

La devoción por el Santo Niño Cautivo también ha ido cambiando, tomando un papel cada vez más protagónico. En la época novohispana acudían a él las mamás de los niños que se tardaban en hablar, o de aquellos que caían presos de alguna enfermedad.

Fue cuestión de tiempo para que comenzaran a pedirle por la liberación de quienes se encontraban esclavos del alcohol y otros vicios.

Con la llegada del siglo XXI, la devoción hacia el Santo Niño Cautivo no sólo aumento, sino que incluso superó al que se tenía hacia Nuestra Señora de la Antigua. Y es que la difícil situación que se vive en nuestro país ha provocado que recurran a él para pedirle por las víctimas de algún secuestro, por aquellos que se encuentran purgando alguna condena de manera injusta, o bien, para que un migrante regrese con bien a casa.

La violencia que todo lacera

“Te pedimos que liberes de todo mal a los niños que son presas de la enfermedad, del miedo, de la violencia, del odio y de todo mal; que liberes la lengua de quienes tienen dificultad para hablar, para que su voz se convierta en alabanza; que liberes del alcohol y de la droga a quienes se han hecho prisioneros de ella y que nos liberes, a todos los que en ti creemos, de todo mal, de toda deuda, de toda tentación, de toda insidia del enemigo y de hacernos esclavos del mal”

El párrafo anterior forma parte de la oración al Santo Niño Cautivo, que se encuentra en el exterior de la capilla de Nuestra Señora de la Antigua. Curiosamente el acceso se encuentra cerrado, como si el destino de esta pequeña figura fuera el estar siempre prisionera. Aún así se puede apreciar perfectamente a la distancia.

Con su traje pomposo y una expresión que invita a la calma, el Niño Cautivo permanece firme en su resguardo, observando a los fieles que vienen a visitarlo. A su alrededor, varios juguetes nos recuerdan que los niños son de los principales benefactores de sus milagros.

Aunque en apariencia la Catedral tiene poco flujo de gente un viernes a las 3 de la tarde, en el poco tiempo que permanecí en el lugar vi un flujo constante de personas acercarse, hincarse, hacer una oración con devoción y marcharse.

¿Cuántas de las personas que se acercan llenas de fe al Niño Cautivo tendrán algún familiar secuestrado, o preso injustamente?

Lo cierto, y a la vez preocupante, es que la violencia se está apoderando de la sociedad. Semanas atrás, a unos cuantos metros del sitio donde se encuentra el Niño Cautivo, un sujeto apuñaló a un sacerdote en un hecho que, aunque aparentemente aislado, va sumando a la espiral de barbarie a la que por desgracia nos estamos acostumbrando. En todo esto reflexiono mientras los fieles siguen acercándose a la imagen de Nuestra Señora de la Antigua y a la figura del Santo Niño Cautivo.

Saliendo de Catedral me topé con un puesto de revistas y la portada de un periódico de nota roja me sacudió. Quizá de esa angustia viene la necesidad de asirnos a un salvavidas, aunque sea de origen divino, para que la realidad no nos asfixie.