Uno de los discursos más memorables en la historia del cine es el de Charles Chaplin en El gran dictador de 1940. Es fuerte, honesto, emotivo, con palabras contundentes y humanas. En un punto clave, el personaje del barbero/dictador, dice: We think too much and feel too little, dirigiendo su discurso directamente a la falta de humanidad, amabilidad y generosidad presente en los individuos frente a la violencia y el miedo a experimentar sentimientos reales que pudieran lastimarnos.

Ahora bien. ¿Qué tiene que ver esto con el estreno de Star Wars: The Rise of Skywalker? La respuesta podría parecer forzada, pero no lo es. Esa misma frase del genio Chaplin, aplica muy bien a la comunidad de todo el mundo que ha cosechado la franquicia de George Lucas. Es decir, piensan demasiado las cosas en lugar de sentirlas, de dejarse ir con la historia que no puede ser perfecta porque, precisamente, esa es la clave de todo.

Alec Guinness con George Lucas en el set de ‘Star Wars: Episode IV – A New Hope’. / Getty Images

Cuando George Lucas creó esta compleja historia de ciencia ficción, no estaba pensando en darle al público un grupo de héroes perfectos, sino héroes que se construyen en el camino porque nadie nace siéndolo (a lo mejor con un linaje popular, pero no más). Los hermanos Skywalker, con sus errores (Han Solo nunca ha sido el mejor partido, lo sabemos), se convirtieron en iconos de la cultura pop porque apelaban al lado más humano en un mundo de fantasía y ciencia ficción. Lo mismo va con Han Solo y Chewbacca. Entonces, ¿por qué esperar que los nuevos héroes fueran perfectos desde el principio?, ¿por qué no permitirles algunos errores a favor de salvar la galaxia completa?

Cuando en 2015 J.J. Abrams trajo de vuelta la saga de Star Wars con The Force Awakens, nos presentó rostros frescos que retomarían la filosofía de los primeros seis episodios (realmente la primera trilogía de los 70) para vivir nuevas aventuras, lecciones, aprendizajes y una percepción mucho menos romántica del bien y del mal. Sin embargo, los fans que crecieron con Star Wars, desecharon la idea de una heroína de orígenes desconocidos que atraviesa galaxias lejanas para cumplir el legado de quien fuera uno de los últimos Jedi, Luke Skywalker. Rey, en un intento desesperado de tres películas, parece esforzarse más por caerle bien a una audiencia que no forma parte de su imaginario que en realidad ser lo que es…

Parece confuso y lo es. Nada en Star Wars puede ser sencillo y menos si consideramos que mucho de lo que George Lucas era, está presente en la historia original. Cuando fue escrita, Lucas presentó su percepción del mundo, la eterna batalla del bien y del mal, la Segunda Guerra Mundial y Vietnam, sin olvidar que por ahí dicen que el mismo Luke es un personaje inspirado en su padre. Es una historia sumamente personal y por eso, a más de 40 años, seguimos refiriéndonos a ella.

En la tercera trilogía, de este modo (y aquí es cuando las cosas se ponen aún más complicadas), hemos de ver mucho de los que Abrams y Rian Johnson son, y puede que no nos guste o no logre satisfacer nuestros deseos, pero la realidad es que habría sido mucho peor si se imitaba la visión de Lucas de casi 40 años. ¿La razón? Eso significaría que su genialidad es imitable y su visión del mundo anacrónica, y nos preguntaríamos, entonces, en qué radica el encanto de Star Wars. Lo que hizo Abrams (olvidemos por un momento a Johnson) fue retomar a los personajes, la filosofía, pero adecuarla para las necesidades actuales que tanto odiamos. Y aquí está el problema.

Salen las primeras imágenes y personajes de ‘Star Wars: The Rise of Skywalker’

The Force Awakens fue emocionante porque era nueva y nos daba esperanzas de volver a ver esas batallas galácticas. The Last Jedi fue un completo “desastre” a partir de las libertades que se tomó Johnson con el desarrollo de Luke. ¿Un Jedi que tiene miedo? Pensar en que esto no era posible es como pensar que nadie, en la ficción y la realidad, tiene el derecho a dudar de sí mismo. Y es de esta forma en que Abrams resuelve el caos de The Last Jedi y lo que hace, por ende, que The Rise of Skywalker sea una película confusa, sí, pero al mismo tiempo satisfactoria.

The Rise of Skywalker dura poco más de dos horas, pero en realidad es una historia que, mínimo, debía tener cinco horas de película. La primera mitad (un poco más, un poco menos) intenta explicar demasiadas cosas que no siempre tienen mucha lógica. Esto no es un problema si nos dejamos ir con el ritmo y la presencia de viejos conocidos como Lando, sin olvidar que la carta fuerte siempre ha sido Leia. Y aquí otro punto: Carrie Fisher murió a finales de 2016, pero su historia no había “terminado” en la saga de Star Wars. Así que utilizaron algunas tomas filmadas en The Force Awakens que no se utilizaron, para presentarla en The Rise of Skywalker.

¿Los resultados? Se ve rara, pero no completamente perturbadora como muchos podrían pensar. Sin embargo, sale en demasiadas escenas, y esto no es por demeritar la importancia de su personaje, sino precisamente para evitar que se explotara un recurso que, sabemos, nos hace ver que ya no está ahí. Pero del otro lado, esta cinta representa su despedida, y una bastante emocional luego del paso de su hijo Ben al lado oscuro y la muerte de su amado Han en manos de Kylo Ren (porque su hijo ya está muerto).

La despedida de Leia está íntimamente relacionada con la curva de Kylo/Ben, quien protagoniza junto a Rey una batalla final que descubrimos, no se trata del bien y del mal, sino del amor contra lo que más odiamos de nosotros mismos. Es menos cursi de lo que parece y más sencillo. Otra de las cosas que se resuelven en esta cinta es el origen de Rey. Desde que la presentaron al público, la pieza central de su personaje es descubrir de dónde es y el hecho de que una persona normal, sin necesidad de ascendencias importantes, pudiera guardar “miles de generaciones” en ella misma y convertirse en un Jedi.

The Rise of Skywalker resuelve esta duda, y como mencionamos, lo hace sin tener mucha lógica o sentido como la repentina presencia de Palpatine, quien encarna las miles de voces que viven en la confundida cabeza de Kylo Ren. En pocas palabras, a Palpatine lo sacan de la nada para resolver el misterio que llevamos intentado descubrir en las última tres películas y que, al final, no resulta tan sorpresivo… pero esto ya dependerá de cada una de las personas y cómo van construyendo la película en su cabeza.

Hay muy buenos elementos que le dan un sentido con mucho más ritmo a la historia (que es idéntica) de Rey, Kylo y Palpatine. Ambos están inmersos en una misión y eso es todo lo que vemos en The Rise of Skywalker, sólo que se potencian con detalles como Exegol, un planeta que se encuentra en medio de una tormenta cósmica y es la representación del mal en su máximo esplendor. También está la fotografía. En esta película, la palomita se la lleva Dan Mendel, el director de fotografía que junto a Abrams, crearon escenarios grandiosos, pero sobre todo, batallas en el aire y en Tierra que son dignas de un aplauso y un reconocimiento a los efectos especiales.

The Rise of Skywalker podría resolver los problemas más evidentes de última trilogía, o bien, provocar un nuevo resentimiento hacia sus creadores por no hacer lo que una comunidad tan grande de fans quería. Sin embargo, seamos fans aguerridos o no de la saga y los últimos eventos, aquí va un consejo que todos hemos de tomar: Rey y The Rise of Skywalker forman parte del mismo universo conocido desde la década de los 70, pero respira por sí mismo y bajo su propio ritmo, tiene sus propias intenciones y de ninguna manera, a diferencia de The Force Awakens, pretende ser una imitación de las glorias pasadas, sino un cierre que debía suceder, y que no está nada mal si vemos la película como fans del cine.