La obra revela lo más íntimo de un artista. Aquel que decida hacer arte, se estará enfrentando a sí mismo, desnudo ante cualquier persona que vea su obra y sea capaz de reconocer en ella, el sentido más mínimo de humanidad. Ese es el peligro del arte: no hay manera de mentir ante la sociedad. De este modo, la vida de un artista, sus emociones, personalidad e ideas, se imprimen en su trabajo.

Las más grandes obras de arte, en las distintas expresiones artísticas que conocemos, son creadas por hombres fascinantes cuya vida les hace justicia (casi siempre de forma injusta). Tenemos a Charles Baudelaire, un reconocido misógino y solitario; Rimbaud, el poeta maldito que comerciaba con esclavos; Vincent Van Gogh y sus episodios más bajos definidos por su inestabilidad mental; Pier Paolo Pasolini con su trágica y violenta muerte; y una larga lista de reconocidos artistas que a lo largo de los años han cautivado al público con su trabajo y las historias detrás del mismo.

Sin embargo, ¿es un requisito la tragedia, el misterio y la incertidumbre personal? No, y la prueba la podemos encontrar en John Ronald Reuel Tolkien, autor de las sagas literarias de The Hobbit y El señor de los anillos, las cuales tomaron relevancia mundial cuando fueron adaptadas al cine por Peter Jackson. Las películas basadas en las historias de Tolkien, como mejor se le conoce, han sido de las más exitosas y aplaudidas por su producción, pero sobre todo por la historia de fantasía y su base mitológica y de idiomas antiguos.

La creación de un mundo como el de la Tierra Media, es suficiente para pensar que algo fascinante lo inspiró, pero no es así, al menos no como se presenta en Tolkien, la película biográfica dirigida por Dome Karukoski y protagonizada por Nicholas Hoult. En esta cinta conocemos a John, un chico listo, solitario y un tanto rebelde. En su adolescencia, cuando arranca la película, Tolkien vive de forma precaria junto a su madre y hermano. Desde temprana edad, gracias a su madre, el protagonista muestra talento para los idiomas, lo cual se convertiría en una pasión y un estilo de vida.

Cuando su mamá muere, él y su hermano son enviados a una casa de acogida donde conoce a Edith, el amor de su vida y el personaje que representa la parte más sentimental (porque no es emocional) de Tolkien. La señora que los adopta decide enviar al futuro filólogo a un destacado colegio donde conoce a tres amigos que se perfilan para ser artistas y “cambiar el mundo” con su obra. Los cuatro amigos forman una “comunidad”… y así de obvia es la película.

Cuando llega la Primera Guerra Mundial e Inglaterra entra al conflicto para “terminarlo”, Tolkien y sus amigos, ya como universitarios, se enlistan en el ejército. Es aquí cuando Tolkien descubre la historia que debía contar: entre las flamas, quizá por la fiebre de las trincheras, ve un dragón, un caballero oscuro montando su caballo y una batalla épica. No suena mal y la inspiración, sabemos, viene de cualquier lugar, pero resulta demasiado obvio otra vez.

Sin revelar detalles significativos, Tolkien sale en busca de uno de sus amigos (aquellos que forman parte de su fellowship). Junto al escritor (agobiado y enfermo) aparece un fiel acompañante, un soldado de menor categoría que, adivinaron, se llama Sam. Este hombre, ante la desesperación del protagonista, maneja un discurso sutil y alentador de “No lo voy a dejar solo, señor”.

La historia de Tolkien en esta biografía es natural, no tiene nada de especial. Y está bien, no es un requisito para nosotros enmarcar al artista en un contexto forzado por las circunstancias. Pero los escritores de Tolkien, para ser justos, debieron pensar en una manera menos fácil y burda para mostrar el nacimiento de un universo de fantasía que sigue vivo más de 80 años después.

No obstante, no todo en Tolkien es obvio ni está perdido. En pocos momentos, la película hace justicia a una de las mentes más imaginativas del siglo pasado. Tolkien se rescata por ciertos momentos que, entendemos, definieron la vida y obra del autor. Ahí está Edith, su interés amoroso y quien le muestra el poder de la palabra por encima de la palabra literal.

Parafraseando a Lily Collins como Edith, le explica a Tolkien que la palabra es valiosa por su significado y no su sonido o musicalidad: “mano”, de este modo, es tacto, cercanía y amor. Un poco cursi en su narrativa visual, pero cierto en su contenido, y eso es lo que vale la pena en sus casi dos horas de duración.

Lo mismo va cuando el joven Tolkien se enfrenta al profesor Joseph Wright. Este señor, interpretado de forma notoria por Derek Jacobi, ve en el futuro de Tolkien a un erudito del lenguaje y la narrativa literaria, como un genio creador que formaliza la lección aprendida anteriormente con Edith: el poder de la palabra, el idioma y el lenguaje, es compartido por su significado y aquí radica su poder.

Los detalles de las conversaciones más profundas en Tolkien, rescatan una biografía aburrida que puedo haberse centrado más en estos episodios de valor, que en momentos forzados que al final no son nada heroicos y tal vez ni sean ciertos (sí, no podemos superar el personaje de Sam).