En México, pocas veces nos preocupamos por preservar los restos mortales de los personajes que, de alguna u otra forma, han marcado la historia de nuestro país. Salvo algunas excepciones, dar con el sitio dónde estos despojos se encuentran resguardados es por demás complejo.

Si eso ocurre con varios héroes patrios y personajes ilustres, las cosas se complican aún más cuando se trata de personas que fueron y son percibidos como antagonistas. Precisamente este Vagando con Sopitas.com trata sobre la búsqueda de la tumba del conquistador español Hernán Cortés y de cómo la búsqueda de este rastro me llevó a redescubrir dos importantes edificios históricos la ciudad.

Todo inició cuando por casualidad caminaba por Avenida Pino Suárez y casi en la esquina con República de El Salvador me topé con un mural de mosaicos donde se plasma el primer encuentro entre Hernán Cortés y el emperador azteca Moctezuma II.

Ese encuentro fortuito fue el que me hizo dar con la ubicación de la tumba de Hernán Cortés, que aún hoy permanece casi en la clandestinidad.

Huitzilán

El 8 de noviembre de 1519, en el paraje de Huitzilán (que era llamado así porque los aztecas decían que ahí moraba Huitzilopochtli, dios de la guerra), tuvo lugar el primer encuentro entre el Emperador Moctezuma II y Hernán Cortés.

En su segunda “Carta de Relación”, Cortés narra cómo fue ese momento:

“Pasado este puente, nos salió a recibir aquel señor Muteczuma con hasta doscientos señores […] y el dicho Muteczuma venía por medio de la calle con dos señores, el uno a la mano derecha y el otro a la izquierda.

(…) todos tres vestidos de una manera, excepto el Muteczuma, que iba calzado, y los otros dos señores, descalzos”.

Después de que ambos intercambiaron obsequios en señal de amistad, los españoles fueron alojados en el Palacio de Axayácatl. En ese entonces Moctezuma no sospechaban que, a pesar de sus atenciones, aquellos visitantes de aspecto tan extraño lo apresarían y, tras cruentas batallas, harían caer Tenochtitlán.

Precisamente en el sitio donde se dio este encuentro histórico, hoy se encuentra ese mural formado de mosaicos que tanto llamó mi atención.

El eterno errante

El 2 de diciembre de 1547, Hernán Cortés falleció a la edad de 62 años en Sevilla, España. De acuerdo a su testamento, redactado el 11 y 12 de octubre de ese año, el conquistador pidió ser enterrado en la parroquia donde muriera.

Tras las ceremonias fúnebres el féretro se colocó en el monasterio de San Isidro del Campo, en Sevilla, pero por cuestiones de espacio el cuerpo fue reubicado.

Monasterio de San Isidoro, foto vía www.clubrural.com

En el testamento Cortés también estipuló que antes de cumplirse diez años de su muerte, sus restos fueran llevados hasta un monasterio que él mismo mandó a construir en Coyoacán. Para su desgracia, el cabildo de de la ciudad usó el dinero del proyecto para otras obras y el dichoso monasterio nunca se realizó.

Aún así, los huesos de Cortes llegaron dentro de una urna cerrada a la Nueva España en 1566 (quince años después de su muerte) y fueron depositados en la Iglesia San Francisco de Texcoco, donde también estaba el cuerpo de una de sus hijas.

Para 1629 la urna nuevamente sería removida, pues ese año murió Pedro Cortés, último integrante masculino de su descendencia. Ambos fueron enterraos en un templo franciscano de la Ciudad de México. En 1794 la urna fue llevada a la Iglesia de Jesús Nazareno, donde Hernán Cortés también había manifestado su deseo de ser enterrado.

El hospital más antiguo del continente

Junto al mural del encuentro entre Moctezuma y Hernán Cortes, sobre Avenida Pino Suárez, se encuentra un edificio en apariencia normal, pero en cuyo interior está uno de los recintos coloniales más antiguos e importantes de la ciudad.

Actualmente se le conoce como Hospital de Jesús Nazareno. Es el nosocomio en funcionamiento más antiguo del continente, y el tercero a nivel mundial (después del Hotel-Dieu de París, fundado en el 651, y el Saint Bartholomew en Londres, que data del año 1123).

Este hospital fue fundado por el propio Cortés en 1524 para atender a los soldados españoles. El diseño corrió a cargo de Pedro Vázquez. Al lado también se levantó un templo, pues por disposición de los Reyes de España donde hubiera un hospital también debía construirse una iglesia.

Un dato curioso es que en este hospital se realizó la primera autopsia del continente en 1646, como parte de una clase para los alumnos de la Real y Pontificia Universidad de México.

Durante la colonia se le conoció como Hospital del Marqués, hasta que en1665 recibieron una figura de Jesús Nazareno, que les fue donada por Juan Manuel de Solórzano (aunque otros aseguran que fue la indígena Petronila Jerónima). Tanto el hospital como la iglesia fueron renombrados “Jesús Nazareno” en honor a esa pieza.

El hospital fue gestionado por los descendientes de Cortés hasta principios del siglo pasado. Con la ampliación de la avenida 20 de noviembre, en 1934, el patronato del hospital decidió levantar una fachada de 5 pisos que oculta el resto de la construcción. Del hospital original se conservan los patios y una peculiar escalera colonial de estilo renacentista que conduce a la planta superior, donde es posible apreciar murales con pasajes de la conquista.

Imagen De Diego Delso, CC BY-SA 3.0

Imagen De Diego Delso, CC BY-SA 3.0

Ahí también se encuentra uno de los pocos bustos de Hernán Cortés que se conservan en el país, obra del escultor español Manuel Tolsá.

Ahora, quién pasa por ahí difícilmente puede adivinar que en el interior de ese edificio de apariencia común y corriente hay un lugar con tanta historia.

Sin rastro de Cortés

Tras la consumación de la Independencia en 1821, los restos de muchos personajes importantes que participaron y murieron en la lucha de independencia fueran depositados y honrados en la catedral de la Ciudad de México.

En 1823, los huesos de Cortés, que reposaban en la Iglesia de Jesús Nazareno (sí, la que está junto al hospital del mismo nombre), también fueron llevados a la Catedral Metropolitana y fueron colocados junto a los de los héroes de la independencia. Esto causó malestar en ciertos sectores de la sociedad. Incluso un grupo de diputados señalaron que:

“Si los restos de los que lograron la Independencia están en la catedral, ¿por qué también conservamos los de quienes hicieron la dominación de España sobre los mexicanos?”.

La idea de ir por los restos de Cortés y destruirlos comenzó a ganar adeptos, y ante las amenazas de profanación, Lucas Alamán, que entonces fungía como administrador del hospital de Jesús Nazareno, sacó los restos de Cortés y los escondió, primero en una tarima del hospital y luego en otro sitio del que nadie estuvo enterado. Para calmar en clamor popular, Alamán dijo que los restos habían sido enviados a Italia.

Para evitar que la urna con los huesos de Cortés se perdiera, Alamán registró en un acta su ubicación exacta y sacó tres copias: una fue entregada a la Embajada de España, otra la hizo llegar a los descendientes de Cortés (que vivían en Italia) y otra se guardó en el Patronato del Hospital.

Las actas recibieron tratamiento de “secreto” y permanecieron selladas por más de un siglo, tiempo en el que nadie supo dónde había quedado la urna.

Un templo lleno de secretos

Contrario a lo que ocurrió con el Hospital de Jesús Nazareno, cuya fachada sufrió un cambio radical y su belleza sólo puede ser apreciada desde el interior, la Iglesia Jesús Nazareno conserva su magnificencia.

Fue construida entre los siglos XVII y XVIII y fue declarada monumento histórico el 29 de agosto de 1932.

Hay tres elementos que hacen muy especial a esta iglesia. El primero es una de sus portadas, que originalmente formó parte de la primera catedral de la Ciudad de México que se comenzó a construir tres años después de la conquista, usando como material las mismas piedras de los templos aztecas.

Para 1585 esa iglesia se encontraba tan dañada que fue necesario demolerla para construir una edificación mucho más grande. No obstante, su portada renacentista fue colocada en la Iglesia de Santa Teresa y en 1961 nuevamente fue desmontada, ahora piedra por piedra para instalarla en la iglesia del Hospital de Jesús Nazareno. Actualmente es de las pocas construcciones del siglo XVI con las que cuenta la Ciudad de México.

El segundo elemento digno de resaltar es un mural inconcluso que José Clemente Orozco pintó de 1942 a 1944, que se encuentra en el coro y en parte de la nave del templo. Iba a representar los horrores de la Segunda Guerra Mundial y del Apocalipsis.

Finalmente, el tercer gran secreto de la Iglesia es una placa casi oculta a la vista de todos, en donde se encuentran los restos de un importante personaje de nuestra historia.

Se revela el misterio

En 1946 cuando el político español Indalecio Prieto, que se encontraba exiliado en nuestro país (eran los años del franquismo en España), encontró un acta olvidada en la embajada de su país. Al leerla descubrió que contenía el paradero de la tumba de Hernán Cortés: La urna siempre había estado oculta en el muro contiguo del altar del templo de Jesús Nazareno.

El 24 de noviembre de ese año se realizaron las labores para dar con ellos y tras dos horas de trabajo se encontró una bóveda que contenía una urna de terciopelo bordada en oro. Adentro había una urna de cristal donde reposaban los huesos del conquistador.

Cuatro días después, por acuerdo presidencial los restos le fueron confiados al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y por medio de estudios determinaron que la osamenta correspondía a Hernán Cortés.

Por increíble que parezca, nuevamente surgieron voces pidiendo que los restos fueran arrojados al mar, destruidos o expulsados del país. Indalecio Prieto entonces publicó una carta en la prensa pidiendo que los restos de Cortés fueran enterrados:

“México es el único país de América donde no ha muerto el rencor originado por la conquista y la dominación. Matémoslo, sepultémoslo ahora aprovechando esta magnífica coyuntura”

Al final se tomó la decisión de regresar la urna al muro de la iglesia en donde estuvo oculta por más de un siglo, sólo que ahora en el lugar se colocó una placa de bronce con el escudo de armas de la familia Cortés y la leyenda:

HERNÁN CORTÉS
1485-1547

La esquina que cierra el circulo

Ingresé a la Iglesia de Jesús Nazareno con reservas. Ya en la entrada varios letreros prohibían tomar fotos en el interior. Pensé que al ser domingo habría mucha gente, pero salvo tres o cuatro personas sentadas en las bancas y una pareja de extranjeros que recorrían el lugar, el recinto se encontraba casi vacío.

En uno de los extremos de la Iglesia, un mostrador donde se vendían objetos religiosos era atendido por dos señoras. Me acerqué a preguntarles por la tumba de Hernán Cortés y de inmediato noté una mueca de desagrado. De forma escueta una de ellas me dijo que sólo podía verla de lejos porque no se permitía el paso al altar. También me recordó la prohibición de tomar fotos.

Me dirigí hacia el altar sintiendo la mirada vigilante de las dos mujeres. No sé si su actitud cortante y hasta cierto punto grosera se debió a que están hartas de que constantemente les pregunten por la tumba de Cortés, o si temen que siga existiendo un sentimiento de desprecio hacia el conquistador y el día menos pensado un loco atente contra sus restos. Aún así, me las ingenié para tomar algunas fotos sin que se dieran cuenta.

A lo largo de la iglesia hay otras tumbas, algunas con motivos decorativos muy llamativos que contrastan con la austeridad del resto del templo.

Cuando llegué hasta la parte de enfrente vi una placa colocada en una de las paredes que están junto al altar, y a la que no pude acercarme pues en efecto, el acceso se encuentra precariamente bloqueado.

En apariencia ese pedazo de bronce no es la gran cosa, pero es abrumador saber que ahí están resguardados los huesos de una de las personas que cambiaron la historia para siempre. Justo en una iglesia que él mismo mandó a construir, en el sitio donde también se encuentra el hospital más antiguo del continente y donde Moctezuma le dio la bienvenida.

Siglos y siglos de historia confluyen en unos cuantos metros. De Tenochtitlán a la Nueva España y de ahí al México moderno. El círculo se cerró.

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El Hospital y la Iglesia de Jesús Nazareno se encuentran en el cruce de Avenida Pino Suárez y República de El Salvador, en el Centro Histórico de la Ciudad de México. La mejor forma de llegar es en metro, bajando en la estación Pino Suárez.