En el documental titulado Narco Cultura de Shaul Schwarz, aparece la mamá de una víctima de la guerra contra el narco, la cual comenzó a finales de 2006 cuando Felipe Calderón tomó el mando de México. Su hijo había sido desmembrado y las partes de su cuerpo fueron repartidas por toda la ciudad. En un video que no debería tener explicación, la señora llora y grita: “¿Quién autorizó esta guerra?, ¿a quién le pidieron permiso?… Nos están matando, nos están matando a nuestro hijos y nadie hace nada”.

A la fecha, a casi 12 años de que comenzara una oleada de violencia de forma oficial, esas preguntas siguen sin respuesta. Los que están arriba, las supuestas autoridades, ¿realmente le deben pedir permiso a los que están abajo o a quienes gobiernan? Quizá la respuesta más inmediata sea un “No”. Por algo están ahí y se les ha elegido, como dicta una nación democrática, como gobernantes; sin embargo, y bajo la misma lógica de un sistema así, ¿no están obligados, aunque sea, a escucharlos?

Foto: Shutterstock

Y con esto no hay duda: Sí, están obligados a entender a la sociedad que quieren gobernar, a “sufrir” y vivir por ella, a saber qué es lo que necesitan, pero sobre todas las cosas, saber quiénes son… y la ignorancia de quienes están en las nubes, es la que nos ha llevado a un momento de crisis que ni en seis años se va a terminar. Una crisis de valores, aunque suene trillado, de falta de empatía, de capacidad de asombro y entender que México tiene más de 119 millones de realidades distintas.

Realidades que se distinguen por las clases sociales y una brecha de oportunidades que han hecho de nuestro país un lugar de privilegios, no de derechos. Un país donde el nivel de escolaridad determina en gran medida las probabilidades que tienes de ser asesinado, y o necesariamente como parte de los grupos de delincuencia, sino como una lamentable víctima de las circunstancias. La educación, el acceso a un trabajo digno y la posibilidad de conocer nuestros derechos, nos alejan de la violencia, y está comprobado con las estadísticas a las que nadie aspira formar parte, pero que los casi 60 millones de pobres no tienen de otra.

Foto: Jesús Eduardo Guerrero/ El Sur de Acapulco

La indiferencia de las cúpulas, las cuales también están formadas por las élites del país, pareciera que coleccionan las tragedias, o mejor dicho, ni siquiera las entienden, y volvemos al mismo punto. En el encabezado de una página principal se puede leer que “En México desaparece una persona cada hora con 33 minutos” y la realidad de un socialité le impide entenderlo. Lo mismo va para la noticia de que tres estudiantes de cine –esos números que estaban en el lugar y momento equivocado– fueron disueltos en ácido; que en el último sexenio se cuentan más de 10 mil feminicidios y más de 10 millones de víctimas de trata; que 3.6 millones de niños de entre 5 y 17 años son explotados; y que los derechos de los migrantes que se ven obligados a huir de estas condiciones, son violados.

La decisión cultural de los grupos sociales de no mostrar empatía hacia condiciones inhumanas como las descritas, se ha convertido en un símbolo de un clasismo que se ha negado en muchas ocasiones y en todas las clases económicas. México es clasista, se discrimina a sí mismo, se divide para luego tomarse la libertad de señalar a otras sociedades como la estadounidense por ser racistas y porque su presidente no se atrevió a hablar de la existencia de grupos de odio supremacistas y de ultraderecha.

¿Y en qué grupo entran los que miran desde arriba a los grupos vulnerables como los niños o los indígenas? Y no sólo estamos hablando de políticos y de personajes que entran en las revistas de sociales de algunos medios, sino de todos los que lo hacen y lo permiten.

¿En qué grupo entra el que acepta que México es un “país de contrastes” y rechaza la idea de una imagen que muestra esa realidad del país? Una realidad en la que hay güeros y morenos; que unos son niños ricos y otros chairos… en la que una señora vendiendo artesanías en el suelo se presenta como mero folclore, como un adorno del paisaje al que se ve de pasada pero sin prestar la atención suficiente como para aceptar la otra verdad: no son ellos, ni ustedes, ni nosotros, somos todos. México y cada uno de sus grupos son clasistas.

En La Negra Angustias, novela de Francisco Rojas González que forma parte de la literatura de la Revolución Mexicana, hay un pasaje en la que un hombre estudiado, amante de la lectura y filosofía, llega con un grupo de revolucionarios liderados por una mujer para decirles que él está ahí para decirles la razón de su lucha, que en todas las revoluciones debe haber una cabeza –detrás de un enorme escritorio de una lujosa Academia– que dictamine los preceptos intelectuales de una lucha física que los campesinos debían luchar. En el video que describimos al principio, la mamá se pregunta: “¿Quién le dijo que nos dejaran como conejillos de india a este animal? Él se hubiera puesto en medio a luchar, él que saque el frente y no nuestros hijos…”.

La pregunta es la siguiente: ¿Cómo hablar de una clase social a la que no se pertenece ni hoy ni nunca?, ¿por qué pretendemos que un grupo social entienda al otro si no se ha tomado la molestia de mirar la realidad que absorbe la suya pero sí dictar el camino que debe tomar? Y a como han sido las cosas en los últimos años, sino es que siglos, el camino ha sido el de la impunidad íntimamente relacionada con la falta de oportunidades que, con toda la intención, nos ha llevado a saber –como si fuera algo obvio– que una indígena en el suelo rodeada de sus artesanías representa el contraste frente a una pareja que acaba de casarse.

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En 2017 entré a Sopitas.com donde soy Coordinadora de SopitasFM. Escribo de música y me toca ir a conciertos y festivales. Pero lo que más me gusta es hablar y recomendar series y películas de todos...

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