Lo que necesitas saber:
Los tiempos cambian con sus hábitos y costumbres. Las primaveras del siglo XIX eran muy diferentes a las de ahora, aunque en la actualidad conservamos algunas de esas tradiciones.
Daremos un recorrido fantástico por ese México de hace dos siglos. Veremos cómo eran las calles, las costumbres, cómo se viajaba y qué se comía, con otros detalles curiosos de esa época en la que había vestimentas, hábitos y lugares diferentes en la capital mexicana, aunque algunos de ellos no han cambiado mucho. Aquí algunas curiosidades sobre las primaveras del siglo XIX.
En esa época aún no había jacarandas coloreando de lila las calles de la ciudad, pero abundaban las especies nativas como ahuehuetes, fresnos, oyameles y cedros blancos, entre otros árboles que regalaban su frescura junto con otros traídos de otras partes como los eucaliptos y los laureles de la india que adornaban plazas, jardines y otros sitios como el Zócalo.
La cultura decimonónica cruzaba por una importante etapa de transición caracterizada por las típicas tradiciones coloniales, un fuerte nacionalismo marcado por la llegada de la Independencia, la mezcla de elementos hispanos e indígenas, junto con la influencia europea que creció con la llegada del porfiriato, durante los últimos años del siglo. El país entero por fin definía su propia identidad mexicana.
La primavera mexicana en el siglo XIX
Los jardines de la época deleitaban a los paseantes con sus árboles y flores. La gente paseaba por el Bosque de Chapultepec, la Alameda y los paseos arbolados de las Calzadas de La Viga y Bucareli entre magnolias, rosas, dalias, claveles y las buganvilias traídas por Maximiliano. A mediados del siglo comenzó la construcción del Paseo de la Emperatriz, hoy Paseo de la Reforma, para conectar el centro con el Castillo de Chapultepec.
También durante el mandato de Maximiliano y Carlota, el frente de la Catedral se llenó de árboles y el lugar era conocido como el “Paseo de las Cadenas”, llamado así por las cadenas que delimitaban el atrio de este templo.
Más adelante, con la llegada de Porfirio Díaz, la antes llamada Plaza de Armas o Plaza Principal, se convirtió en un jardín imponente de estilo europeo con más árboles, jardineras, y un quiosco para el gozo de los capitalinos.
El “Zócalo” y otras plazas principales
A la plaza principal de la Ciudad de México se le llamó Plaza de la Constitución a partir de 1813 para conmemorar la Constitución de Cádiz de 1812 y el nombre de Zócalo lo recibió cuando Santa Anna retiró el mercado de El Parían en 1840, para levantar un monumento dedicado a la Independencia, del que solo se construyó la base.
Entre otras plazas importantes teníamos la de Santo Domingo, famosa por sus escribanos, la de la Santa Veracruz, de San Juan, San Fernando, la de Loreto y la de El Aguilita, lugares donde se comerciaba con todo tipo de mercancías. El paisaje se complementaba con el canal de La Viga, principal vía comercial de la ciudad que también tenía paseos en trajineras y barcos de vapor.
La belleza de la Ciudad de México
La Alameda Central con sus paseos perfumados era considerada como el corazón de la ciudad. El Bosque de Chapultepec era un lugar exclusivo con jardines de tipo europeo y más tarde, en 1895, se abrió como un parque público con sus lagos artificiales, calzadas para carruajes, restaurantes y romerías. Los paseos de La Viga y Bucareli con sus árboles eran otros lugares populares para pasear y socializar.
Antes del Palacio de Bellas Artes teníamos el Gran Teatro Nacional, inaugurado en 1844, donde se presentaban obras teatrales, ópera, bailes de gala y conciertos. Los tívolis se pusieron de moda en los últimos años del siglo, eran centros recreativos con hermosos jardines y salones para banquetes, bailes y espectáculos teatrales y musicales para las clases altas.
Asimismo, teníamos una ciudad más despejada y de un aspecto rural con campos de cultivo que llegaban hasta la zona del centro y fincas de descanso en lugares como Tacubaya, Mixcoac, Tlalpan, San Ángel y Coyoacán, entre otros barrios que aún eran considerados como pueblos aparte de la capital.
Otros hábitos y costumbres
La belleza del paisaje y el paso del clima invernal al calor de la primavera se complementaba con la belleza pomposa de las vestimentas. Las damas usaban vestidos voluminosos de talle alto, con corsés y escotes pronunciados, peinados recogidos y peinetas. Los caballeros llevaban trajes a la medida, chisteras (sombreros de copa), bombines, gorros de fieltro y bastón. La élite se divertía en banquetes, bailes y tertulias, así como en el teatro y la ópera.
Las mujeres de las clases populares llevaban faldas más sencillas, trenzas, fajas y huipiles, mientras los hombres iban de calzón y camisa de manta, huaraches, zarape y sombrero de paja o de fieltro. No podían faltar los sombreros y trajes de charro entre las diferentes clases sociales y los caballos representaban el principal medio de transporte.
La diligencia servía para viajar a otras partes del país y los trayectos podían durar varios días. La primer línea del ferrocarril se inauguró en 1873 con un trayecto entre México y Veracruz.
Los hombres del populacho se reunían en las pulquerías para beber “sangre de conejo”, una preparación de pulque curado con el corazón del xoconostle (la tuna) y jugar rayuela. Las romerías y fiestas religiosas reunían a las familias de las clases populares, en las ferias había fuegos artificiales, música y juegos.
La gastronomía era una fusión de tradiciones indígenas y españolas, entre los platillos más típicos estaban el mole, los chiles rellenos y en nogada, el puchero, los chilaquiles, el pollo frito y el lomo de cerdo asado, entre otros antojitos. En los cafés se servían molletes y chocolate caliente, entre otros platillos y especialidades del mestizaje culinario.
Otras tradiciones de la época
El panorama de la capital de entonces estaba en armonía con la primavera. Las casonas coloniales y los edificios y construcciones afrancesadas del porfiriato adornaban el paisaje bajo el cielo azul junto con las acequias, los huertos, plazas y jardines y la gente se iba de paseo a otros barrios más tranquilos en los alrededores.
Durante el porfiriato nació la tradición del “Combate de flores”, una festividad con desfiles de carruajes, bicicletas y coches con adornos florales, en la que los participantes se lanzaban flores para celebrar la llegada de la primavera. Durante la fiesta también había concursos de decoración y se instalaba una tribuna de honor en la Alameda Central, la costumbre también se hizo común en otras ciudades del país.
Si hubiéramos nacido entonces, hubiéramos disfrutado de espacios más verdes y luminosos. Con el tiempo, la naturaleza quedó reducida y la ciudad creció, sus ríos y lagos fueron drenados y sus campos y huertos desaparecieron, pero aún en pleno siglo XXI la primavera llena las calles y avenidas con su aroma y es una época para disfrutar.
