Lo que necesitas saber:

En otras palabras, es cuando el algoritmo deja de vivir únicamente dentro de tu celular y comienza a colarse en la vida real

Seguramente has escuchado hablar del brainrot y te has preguntado qué significa. No, no es una enfermedad; es un término de internet que describe esa sensación de haber consumido tanto un tema, meme, persona o tipo de contenido que termina por adueñarse de tu manera de pensar, hablar e incluso relacionarte con el mundo.

En otras palabras, es cuando el algoritmo deja de vivir únicamente dentro de tu celular y comienza a colarse en la vida real: haces referencias que sólo la gente que pasa muchas horas en TikTok entiende, repites frases fuera de contexto, relacionas objetos cotidianos con memes específicos o incluso adoptas formas de pensar que viste cientos de veces en videos de menos de un minuto.

El brainrot moderno nació, en gran medida, gracias a TikTok. Audios virales, personajes raros, memes que parecen no tener sentido y videos tan repetitivos que terminan dando risa solamente porque el algoritmo decidió mostrarlos veinte veces al día.

Es ahí donde sucede algo curioso: alguien dice una palabra completamente normal y tu cerebro inmediatamente la conecta con un video que probablemente nadie más de tu círculo social vio.

Hasta aquí podría parecer una simple consecuencia de pasar demasiado tiempo en internet. El problema es que el fenómeno ya no se queda únicamente en memes o bromas internas. También está modificando la forma en la que consumimos a los creadores de contenido.

Porque cuando una persona aparece una y otra vez en nuestro feed, llega un punto en el que deja de importar por qué se hizo famosa. Lo único que importa es que sigue apareciendo. La repetición genera familiaridad, la familiaridad genera conversación y la conversación, casi siempre, termina convirtiéndose en conexión y alcance.

Y ahí es donde vale la pena preguntarse: ¿estamos siguiendo personas porque realmente admiramos lo que hacen o simplemente porque el algoritmo ya decidió que formen parte de nuestra rutina?

Imagen ilustrativa de la aplicación TikTok en un teléfono móvil. Foto: Pexels.

Marianne G.

Si no reconoces el nombre, Marianne es la creadora de contenido que hace poco más de un año fue vinculada a proceso por agredir a la modelo Valentina Gilabert tras enterarse de que mantenía una relación con su expareja.

Como Marianne era menor de edad cuando ocurrieron los hechos, recibió una sanción acorde con el sistema de justicia para adolescentes. Con el paso del tiempo retomó su vida en redes sociales y actualmente genera contenido enfocado en estilo de vida y su maternidad.

Lo llamativo no es únicamente su regreso a internet, sino la reacción de parte de su audiencia y el aumento de la misma. Lejos de desaparecer del mapa digital, Marianne generó una comunidad numerosa que no solo consume su contenido, sino que siempre justifica sus acciones o minimiza la gravedad del caso.

Mientras tanto, Valentina Gilabert también ha tenido que enfrentar oleadas de comentarios negativos e incluso ataques en redes sociales, reflejando cómo, en ocasiones, la conversación digital termina desplazando a las víctimas para concentrarse en la figura del personaje viral y aspiracional por su estatus económico.

Screenshot. Foto: @marianne_rc.

Naim Darrechi

Otro caso es el del influencer español Naim Darrechi.

Su nombre lleva años envuelto en distintas polémicas relacionadas con violencia de género y comportamientos cuestionables hacia las mujeres.

Uno de los episodios que más indignación generó ocurrió cuando declaró públicamente que mantenía relaciones sexuales sin protección haciéndoles creer a sus parejas que era estéril. Sus declaraciones provocaron investigaciones y un amplio debate en España sobre consentimiento y violencia sexual.

Además, sus exparejas, entre ellas la cantante Mar Lucas y la influencer Yeri Mua, lo han acusado públicamente de ejercer violencia durante sus relaciones.

Pese a este historial, este año participó en un reality show en México donde poco a poco fue ganándose el apoyo del público, hasta convertirse en uno de los favoritos para ganar la competencia.

El caso vuelve a plantear la misma pregunta: ¿qué tanto pesa la memoria colectiva en internet cuando el algoritmo constantemente nos muestra una versión mucho más agradable o entretenida de una figura pública que en distintas ocasiones mostró ser lo contrario?

Screenshot. Foto: Instagram @naimdarrechitv.

El Temach

Quizá este sea uno de los casos más representativos de cómo el algoritmo puede amplificar un discurso.

Luis Castilleja, mejor conocido como El Temach, se presenta como un creador de contenido enfocado en “ayudar a los hombres a mejorar su autoestima y establecer límites dentro de sus relaciones”.

Sin embargo, gran parte de su contenido ha sido señalado por especialistas en género, psicólogos y usuarios por reforzar estereotipos machistas y promover una versión confrontativa entre hombres y mujeres.

Entre sus mensajes más polémicos destacan ideas como que los hombres deben evitar demostrar vulnerabilidad emocional porque eso los vuelve “menos atractivos”, que muchas mujeres solo buscan hombres por interés económico o estatus, que los hombres deben ignorar o “castigar con indiferencia” a las mujeres para aumentar su valor, entre otros.

Aunque muchas de estas ideas son defendidas por sus seguidores como simples consejos de autoestima masculina, también han sido ampliamente criticadas porque simplifican las relaciones humanas, alimentan narrativas de resentimiento hacia las mujeres y normalizan dinámicas poco saludables.

Aún con las constantes críticas, El Temach continúa siendo uno de los creadores más influyentes dentro del contenido dirigido a hombres jóvenes en plataformas como TikTok y YouTube, donde cada reproducción ayuda a mantener vigente su discurso.

Screenshot. Foto: Instagram @eltemach.

Entonces… ¿todo es culpa del brainrot?

No exactamente.

El brainrot no convierte automáticamente a alguien en fan de un influencer polémico, pero sí ayuda a entender cómo funciona el consumo digital actual.

Las redes sociales están diseñadas para premiar aquello que genera conversación, no necesariamente aquello que aporta valor. Da igual si un video provoca admiración, enojo o indignación: mientras la gente lo vea, lo comparta y comente, el algoritmo entenderá que vale la pena seguir mostrándolo.

Con el tiempo, la exposición constante termina normalizando ciertos personajes, discursos o comportamientos. Ya no recordamos por qué alguien se hizo famoso; simplemente forma parte de nuestro día a día digital.

Quizá el verdadero problema del brainrot no sea que repitamos memes o frases de TikTok, sino que, sin darnos cuenta, también podemos terminar consumiendo —e incluso apoyando— figuras cuya popularidad se sostiene más por la polémica que por el impacto positivo de su contenido.

Y en un internet donde la atención es la moneda más valiosa, cada reproducción o like también es una forma de respaldo.

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