Son las 6:47 de la mañana y la CDMX (y su área metropolitana) ya lleva un buen rato en movimiento. Afuera ya se escucha el clásico: “¡Se compraaan colchooones, tambores” ya sabes cómo va, ¿verdad? Dos calles más allá, la ruta ya va llena. Alguien ya está haciendo tortillas. El olor a pan de la panadería de la esquina ya anda flotando por el aire como si fuera una invitación personal a comer una, o dos, piezas.
Mientras tanto, dentro de casa la historia suele ser otra. Afuera la ciudad ya arrancó, pero en la cocina todavía hay tiempo para despertar bien.
Del ritual de la ciudad al tuyo
Ahí es donde entra la pregunta importante: ¿y tú, ya tienes tu ritual? Porque en medio de todo ese movimiento hay un momento que, si lo encuentras, cambia cómo te sientes el resto del día. La cocina, la mesa, el pan dulce y una taza de café recién preparado llenando todo de ese aroma que nuestro cerebro ya reconoce como señal de que ahora sí, es hora de vivir el día.
Alguien aparece todavía en pijama, con el pelo como le quedó y sin ganas de hablar de nada serio todavía. Se sienta, agarra su taza, te cuenta sus planes del día casi en automático, se queja del tráfico aunque ni siquiera ha salido. Y tú ahí, escuchando, con tu café en la mano. Eso es el ritual. Chiquito, cotidiano, imperceptible para el resto del mundo, pero tuyo. No necesita ser perfecto ni instagrameable, solo ser real.
El Viejo Sabroso también tiene su despertar sabroso
Y si todavía no te convencemos, ahí está Checo Pérez, el mismísimo Viejo Sabroso, que también arranca sus mañanas con su momento antes de enfrentarse al día. Y su ritual incluye una taza de NESCAFÉ Clásico. Porque sí, incluso alguien acostumbrado a días intensos necesita ese momento previo donde todo empieza más tranquilo.
No se necesita mucho. Entre menos complicado, mejor. La taza de siempre, esa que ya tiene historia y una mancha que definitivamente no sale; NESCAFÉ Clásico, cuya mezcla arábica y robusta huele tan bien que hasta el que “no es de mañanas” termina sentado en la mesa.
Nunca falta alguien con quien compartirlo, aunque a veces se disfruta igual solo, porque el silencio mañanero también es sagrado. Después de esos minutos, todo vuelve a moverse rápido: mochilas, llaves, puertas que se cierran y la ciudad esperando allá afuera, Pero antes de que todo eso pase, queda ese pequeño momento.
La CDMX siempre va a tener sus rituales. El carrito, la ruta, las tortillas, el ruido. Pero dentro de todo eso hay un momento que es completamente tuyo, y merece ser sabroso.
