Lo que necesitas saber:
Los astros y los cuerpos celestes eran la representación de los dioses para las culturas prehispánicas. La Vía Láctea era una serpiente y el camino por el que las deidades transitaban.
El universo con sus astros resulta enigmático desde los primeros tiempos. Para los mexicas, la franja blanca que cruza el cielo nocturno no solo era un fenómeno astronómico, era la representación de Mixcóatl, “la Serpiente de Nubes”, deidad asociada a la caza, los torbellinos, tormentas y la Vía Láctea, ese impresionante cuerpo celeste compuesto de cientos de miles de millones de estrellas.

Para los mexicas, cada cuerpo celeste era un ente con vida propia, seres divinos que personificaban a sus deidades, y la Vía Láctea, en conjunto, era una presencia vinculada a la misma creación. La asociaban principalmente con el dios Mixcóatl, una serpiente conformada de nubes y estrellas, así como a la diosa Citlalicue, “la Señora de la Falda de Estrellas” y su pareja, Citlaltonac, creadores de este camino luminoso formado por un cúmulo de estrellas.

En la tradición legendaria, Mixcóatl también era el creador del fuego, enseñaba a los cazadores el uso de la obsidiana para crear armas y el tiro con arco y flecha. En algunas tradiciones, este dios se enamoró de la diosa tolteca Chimalman, con la que concibió a Quetzalcóatl. Los antiguos mesoamericanos lo identificaron con esa parte de nuestra galaxia que de vez en cuando se puede observar en los cielos despejados.
El universo para los antiguos mesoamericanos
Para los antiguos pueblos, el inmenso cuerpo estelar de la Vía Láctea era el sendero brillante que los dioses, guerreros y cazadores recorrían en el plano superior del cosmos. Ellos consideraban una doble existencia del tiempo-espacio; la original, donde habitaban los dioses, las fuerzas, las potencias y los muertos, y la del mundo creado por los dioses, habitada por los hombres, las plantas, animales y otros entes de la naturaleza.

El cosmos con sus astros y cometas era un reflejo de uno mismo, así como una proyección de los ancestros y descendientes. Los mexicas tenían la observación del cielo como un acto sagrado que definía su propio tiempo y espacio. Las constelaciones eran mapas celestes que guiaban el tiempo calendárico y los ritos religiosos. El orden cósmico era un elemento esencial.

Pueblos mesoamericanos como los mayas, teotihuacanos, incas y mexicas construyeron edificaciones dedicadas a la observación astronómica, y como bien sabemos, orientaban sus templos, edificios, pirámides y plazas conforme a los solsticios, equinoccios y el movimiento de los planetas.
En la cosmovisión mexica el día y la noche regían la vida con un profundo sentido sagrado. El día era el tiempo del trabajo, la luz y la guerra, mientras que la noche era un periodo de reposo, peligro, misterio y conexión con el inframundo.
Otras deidades cósmicas mexicas
Los mexicas consideraban al cosmos como un sistema vivo y divino, dividido en tres planos principales: la Tierra o Tlalticpac, los trece cielos y los nueve niveles del inframundo. El universo funcionaba con un equilibrio frágil y preciso sostenido por la energía divina y la acción humana. Cada actividad, desde la agricultura hasta la guerra, tenían una función cósmica encargada de preservar la vida.

Mientras la noche era gobernada por Tezcatlipoca, “el Espejo Humeante”, dios del destino y lo invisible, la diosa Coyolxauhqui representaba a la Luna, lo nocturno y la lucha entre la luz y la oscuridad.
Huitzilopochtli era el dios solar y Venus, la Estrella de la Mañana, era el tercer cuerpo celeste con más importancia, relacionado con el dios Quetzalcóatl y la luz, mientras que este mismo planeta en su ciclo de Estrella Vespertina, era relacionado con Xólotl, el gemelo de la “Serpiente Emplumada” que realizaba su oscuro viaje por el inframundo durante la noche..
El gran cazador
En la cultura náhuatl, Mixcóatl era el gran cazador que cruzaba el cielo nocturno a través de la franja de la Vía Láctea y Citlalicue, “la de la Falda de Estrellas”, era considerada como la creadora de los cuerpos estelares junto con su pareja, el dios Citlaltonac.

Para los mayas, la Vía Láctea no era tanto un dios, sino una entidad cósmica viva a la que llamaban Waka Chan, el “Árbol del Mundo” o la “Gran Ceiba Sagrada” y representaba el camino a Xibalbá, el inframundo de esta cultura.

Las constelaciones también tenían gran importancia en la astronomía mexica. Las estrellas o citlalli eran un reflejo de su vida y sus mitos. Les servían para medir el tiempo, regular la agricultura y entender el orden divino del cosmos, algo que continúa como una incógnita y un aspecto fascinante en nuestra vida cotidiana.

