¿Por qué me interesa?
Frida Kahlo dejó cincuenta autorretratos que nos cuentan sus luchas cotidianas y la valentía de verse así misma.
Durante su corta y prolífica vida, Frida Kahlo pintó poco más de doscientos cuadros, de los cuales 55 fueron autorretratos; es decir, una cuarta parte de su obra la dedicó a dibujarse. Hablamos de ese conjunto de cuadros donde se retrataba a sí misma con el lienzo, una multitud de obras de arte que fueron para ella una manera de existir, una forma de compartir las vicisitudes de un presente a veces magnífico, a veces profundamente doloroso.
En otras palabras, a Frida le gustaba hacerse selfies; no tenía cámara, pero sí un pincel poderoso que usaba para exorcizar emociones atrapadas en el cuerpo y para convertir en óleo esos dolores que no tenían palabras. Respecto a esta manía de hacerse autorretratos, alguna vez dijo:
“Me pinto a mí misma porque soy quien mejor se conoce”.
Y es que Kahlo utilizó su propia cara y cuerpo, no para alimentar su vanidad, sino como una forma de expresión existencial y un laboratorio de investigación sobre la anatomía. En cada pieza donde se retrata a sí misma, existe el firme compromiso de indagar en la realidad y capturarla tal cual era: la sangre, las lágrimas, las cejas unidas, la sombra de un bigote y, sobre todo, una exploración honda a su cosmos sentimental.
Consejos para pintar, cortesía de Frida
Los autorretratos existen en el arte desde la antigüedad más remota. De hecho, los primeros ejemplares de los que se tiene conocimiento se hicieron en piedra y se encontraron en Egipto en el año 1300 a.C. Para los historiadores, sin importar el formato, este recurso pictórico es a la vez un diálogo personal y la forma artística del autonomícenlo por excelencia.
Los autorretratos de Frida son una expresión personal, pero también el flujo de un diario íntimo, un vínculo entre el dolor y el arte, la aceptación de lo imperfecto y el uso del cuerpo como un vehículo para sumergirnos en los mares emocionales que viven dentro de nosotros y como un laboratorio de figuras y gestos.
En ese sentido, si pretendemos hacer un retrato de nosotros mismos, lo primero es tener la valentía y la paciencia de vernos bien en un espejo. Contemplarnos tal cual somos, sin el influjo de la vanidad o de la inseguridad. Ver las arrugas, los poros, los huesos y la colección de sombras y luces que se forman debajo de la boca, entre las fosas nasales y en las ojeras.
Asimismo, Frida nos diría que si queremos pintar nuestro autorretrato, debemos expresar atmosféricamente nuestro mundo interior, sin miedo a mostrar nuestra cara más penumbrosa. Debemos preguntarnos: ¿qué símbolos representan lo más esencial de nuestro espíritu? Tal vez un anillo que nos heredó nuestra abuela, quizá las margaritas en un jardín; cada quien decide.
Los autorretratos más icónicos de Kahlo
Con esto en mente, hemos seleccionado los autorretratos más emblemáticos de Frida. Cada cuadro expresa un momento distinto de su biografía y nos revela su infinita capacidad de pintar un mundo interno fascinante, plagado de animales, flores, enaguas y miradas hondas, tan intensas que se te quedan grabadas incluso cuando no las ves.
Las dos Fridas (1939)
Ubicada en el Museo de Arte Moderno de la CDMX, esta pieza nos presenta a dos Fridas, casi idénticas, unidas no solo por sus manos, sino por dos corazones quebrados y entrelazados trágicamente a una foto pequeña de Diego Rivera.
El cuadro está plagado de símbolos emocionales: el cielo gris del fondo, los vestidos, uno victoriano y otro tehuano, y sobre todo esas tijeras que han mutilado la vena y nos revelan el abrumador sufrimiento de la artista cuando se divorció de Rivera en 1939.
La columna rota (1944)
En el Museo Dolores Olmedo hay un cuadro perfecto para entender el calvario que vivió Frida. En la imagen vemos a la pintora abatida y semidesnuda tras salir de una operación más. Un corsé metálico le atraviesa el dorso y decenas de clavos se adhieren a su piel para indicarnos la magnitud de su dolor físico en sus momentos de recuperación.
Esta obra está inspirada en el aparatoso accidente que sufrió cuando cumplió 18 años. Según contó, el autobús en el que viajaba fue arrollado por un tranvía y un pasamanos de hierro la atravesó, provocándole una fractura en la columna y 32 cirugías a lo largo de su vida.
Autorretrato con monos (1943)
En este óleo, Frida mira directamente a la cuarta pared. Tiene una camisa tehuana con detalles rojos, el rostro tranquilo y una mirada cálida. Está parada frente a una planta tupida y la rodean cinco monos, que según los expertos en historia del arte, representan sus deseos frustrados de ser madre.
En la pintura, la artista nos revela su profundo amor por la naturaleza, en particular esa que crecía en la Casa Azul, donde había una gran variedad de cactus, piezas prehispánicas, plantas endémicas y animales tiernos como los pavos reales, perros y, por supuesto, monos araña.
Autorretrato con pelo cortado (1940)
El mito de Frida está íntimamente ligado a su pelo. Largo, negro y trenzado, agazapado entre las cejas y casi haciendo una revolución sobre sus labios. Sin embargo, en esta obra encontramos una Frida distinta, una que ha cambiado sus trajes de tehuana por una corbata, una que nos mira con cierta altanería.
Este cuadro nos revela de una forma sutil todas las Fridas que fue Frida en su vida. Esta en particular se ha cansado de sufrir y, tras el divorcio de Diego, ha abrazado su bisexualidad y está orgullosa de su ambigüedad.
