Lo que necesitas saber:

La residencia de Soda Stereo Ecos llama a la reflexión sobre los tiempos que vivimos, la cultura de los conciertos y el homenaje monetizable.

Gustavo Cerati no tuvo una gira de despedida, pero sí un último concierto, el 15 de mayo de 2010 en Caracas, con su último disco, Fuerza Natural. No hubo tour del adiós, ni con Soda Stereo ni como solista, y a los 55 años, después de un accidente cerebrovascular, se le indujo un coma que sería su último destino en vida. Hace veinte años, Cerati nos regalaba sabiduría:

“Quedabas esperando ecos que no volverán, flotando entre rechazos.
Del mismo dolor, vendrá un nuevo amanecer.”
Gustavo Cerati, “Adiós”, del Ahí Vamos (2006).

Hoy, nos encontramos frente a un dilema como amantes de la música: ¿Ver el holograma de Gustavo es no saber decir adiós?

El ícono más grande del rock latinoamericano, con una mezcla asombrosa entre popularidad y genio, dejó este plano hace casi una docena de años, el 4 de septiembre de 2014. Pero hoy, burla a la muerte por un par de horas para regresar al Palacio de los Deportes de la CDMX, o al menos eso se nos hizo creer. Pero el holograma de Cerati no es el primero, ni será el último.

La ilusión de ver a nuestros héroes sobre un escenario

Para que una ilusión sea efectiva, el público debe creer que, lo que en los hechos es falso, se percibe como realidad. Como cuándo el mago parte con un serrucho al asistente: el iluso debe jurar que sus ojos no le mienten. Pero en el caso de los hologramas de músicos sobre el escenario, nuestros ojos más bien se conforman con lo que sabemos que es falso.

Tupac Shakur, o mejor dicho su holograma, comenzó esta travesía digital, cuando en 2012, tomó el escenario su digitalización para cantar al lado de Snoop Dogg y Dr. Dre en Coachella. Vaya sorpresa.

La empresa encargada de crear y mostrar ese holograma se fue a la quiebra, pero hubieron más intentos por revivir a los muertos: Roy Orbison, Frank Zappa y hasta Whitney Houston tuvieron intentos fallidos para ser traídos de vuelta a este mundo terrenal.

Además, está el caso de ABBA, la banda más exitosa que haya renunciado a los escenarios, y aunque sus 4 integrantes viven, prefirieron que sus clones digitales dieran shows por ellos. Este supuesto es aún más cruel para el fan que el del holograma zombie: prefiero el retiro de Daft Punk a que me cobren por una recreación digital de los vivos. ¿O acaso eso hizo Fortnite?

El muerto al pozo, el vivo al gozo

Otra punto en este dilema, es que el muerto no puede oponerse al uso de su imagen y sufre de la tiranía de los vivos sobre los muertos. Algo similar a lo que ocurre con las canciones que se estrenan post mortem: el holograma no fue autorizado por el hologrameado. Sí, las bandas y las familias pueden salir a decir “que él lo hubiera querido”, “que fue su voluntad”, pero nos quedamos con eso en lugar de cuestionar su veracidad.

El caso de Mac Miller puso en el centro de la conversación el respeto al fatalismo de la muerte, tanto así, que Anderson Paak. hizo una genialidad y se tatuó lo siguiente, para evitar que liberen música si muere de pronto:

Foto: imageSPACE/MediaPunch/IPx en Variety.

Entonces, disfrutamos por un par de horas a un holograma que se hace pasar por un artista, y que quizás no haya contado con el respaldo de su humano. Durante las dos horas veinte de retraso que viví en el Palacio de los Deportes antier, no podía dejar de pensar: –“Tal vez Gustavo les está jalando los cables aunque su cuerpo está a 7,000 kilómetros”-.

La cultura de la colección: el ego contra la realidad

Como una última reflexión: me sigue asombrando la realidad post pandémica, que exageró nuestra afición por vivir, la maximizó a toda costa. Llegando al show, advertí que más de la mitad de los fans que estaban comprando mercancía de Soda Stereo eran veinteañeros, que eran niños cuando Gustavo partió. ¿Por qué vendrían hoy?

Las fotos a los pósters, a los lentes 3D (que por cierto, escasearon) y los celulares frente al escenario los delataban: son coleccionistas de conciertos para la presunción. El concierto es un elemento de consumo más. La famosa bucket list conciertil también admite representaciones holográficas, por lo que las redes sociales se llenaron con un concierto más: tacharlo de mi lista se impone a la realidad.

Esta actitud hace que el negocio prolifere: tres Palacios agotados lo confirman. –“Ayer fui a ver a Soda”, “Ayer Gustavo bajó un ratito del cielo”, y demás falsedades, se subieron a perfiles de Instagram que evidentemente merecieron un unfollow. Pero la afirmación permanece: –“yo ví a Soda Stereo”.

“Cubriendo mi soledad estoy moviéndome, con mis propios latidos, llenando vacíos. Todo es tan igual, tan previsible”.Soda Stereo, “Ecos”, del Nada Personal (1985).

La elección del título de este show llama la atención. Un eco es un sonido reflejado; en estos días, decenas de miles de personas buscan su reflejo, el de una época anterior, una que se fue con la muerte de Gustavo. Por más que tres Palacios de los Deportes llenos lo deseen, Gustavo Adrián Cerati está muy lejos: su cuerpo terrenal en el cementerio de La Chacarita, en Buenos Aires, y su cuerpo espiritual en algún lago en el cielo, inalcanzable.

Entusiasta y nerd musical desde que tengo consciencia. Lector obsesivo y escritor. Ávido de escuchar y presenciar música en vivo. Músico novato a ratos. Egresado de Derecho y (casi) de Letras Inglesas...

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