Dos cosas sobre lo ocurrido ayer en el Teatro Metropólitan: qué bandota es Pixies en vivo… pero qué pin$%& mezquinos se vieron ayer, con poquito más de una hora 20 minutos de concierto. No por nada se llevaron el clásico “¡culeros, culeros, culeros!” del público que desembolsó hasta lo que no con tal de verlos.  “Eso les pasa por fifís”, dirán los que mejor fueron al Zócalo…

Previo a que el cuarteto saliera al escenario, en pantallas del Metropólitan se corrió un documental sobre la hechura del Come on Pilgrim y Surfer Rosa. Específicamente sobre el arte. Muy detallado, significativo sobre la forma en que el fotógrafo Simon Larbalestier trató de llevar la música de estos álbumes a un plano físico, visual… un documento que revaloriza el concepto del álbum en estos tiempos en los que ya casi todo es digital. Tampoco gratuita su proyección, ya que ahora se promociona el Come on Pilgrim…It’s Surfer Rosa, lujosa edición para celebrar el 30 aniversario del lanzamiento primer disco de Pixies.

Pixies en Teatro Metropólitan

Foto: Chino Lemus – Ocesa

Y, precisamente, por tal celebración, en punto de las 21:00 horas los Pixies, liderados por Black Francis, salieron para echarse de principio a fin el EP Come on Pilgrim y –luego del intermedio de “Rock a My Soul”, “Build High” y ese alucinante cover de David Lynch, “In Heaven”– todo el Surfer Rosa.

Pixies en Teatro Metropólitan

Foto: Chino Lemus – Ocesa

“¡Qué chiste!, mejor pongo los discos y me chupo una caguama en mi casa”, dirán quienes no le ven caso a que las bandas toquen con suma exactitud las canciones de un disco en vivo (que es como lo hizo ayer Pixies, casi sin interacciones con el público; así, derecho y hasta sin lugar a improvisaciones). Pero nuevamente vamos con el aspecto físico que no debe perderse de la música. Bueno, aquí ya no es físico, sino performativo del asunto. Así pareció lo de ayer. Como si el público se acomodara en su sillón (aunque fue mejor parado), tomara su cerveza y pusiera los discos (vinyl, cassete, digital, da igual)… todo esto mientras de fondo se escucha una versión orquestal de “Where is my Mind” (muy fino). Y corre la música, pero con la experiencia de ver a los artistas ejecutándola frente a ti.

Pixies en Teatro Metropólitan

Foto: Chino Lemus – Ocesa

Ya de ahí el público escogía en qué/quién clavarse, sabiendo claramente lo que iba a pasar. Hubo quienes cerraron los ojos al escuchar “Caribou”, para dejarse llevar por el árido arrullo que se rompe con los alaridos de Francis. Otros pusieron atención en Joey Santiago, escondido entre las sombras. Sólo robando miradas en las dos versiones de “Vamos”… más en la segunda, en la que hizo gala de su dominio del sonido al grado de que, que con un saludo con su boina, es capaz de modificar las ondas acústicas que salen de su guitarra… o qué tal David Lovering, tocando como todo un jazzista de la vieja escuela la batería garage. Magia pura, digna de un prestidigitador (que, de hecho, lo es). Más discreta, pero cumpliendo como las grandes en el bajeo y coros, Paz Lenchantin.

Pixies en Teatro Metropólitan

Foto: Chino Lemus – Ocesa

O, ya de plano, ver toda la máquina que es Pixies funcionando en su totalidad. Perdiendo la mirada en el plano general de la banda, sin afinar el oído para intentar percibir quién hace qué. Mejor resistir todo el arrollador audio cobijado por los visuales salidos de las pantallas, los cuáles emocionaban desde antes de iniciar la música… en parte porque algunos anunciaban lo que estaba por tocarse o, porque como era la intención de Larbalestier, cierta imagen los fans la relacionan con el concepto de una canción. Cuerpo, huesos y espíritu del Come on Pilgrim y Surfer Rosa.

Pixies en Teatro Metropólitan

Foto: Chino Lemus – Ocesa

Dos álbumes que se chutaron en poco más de una hora. Tocados con exactitud y casi sin nada de pausas, más algunas canciones extras. El grupo agradece los aplausos enloquecidos tras la magistral ejecución. Ya pasó la celebración. ¿Qué más? Sin salir del escenario, los cuatro toman nuevamente sus instrumentos. Parecía que venía el festín de trancazos. A su disposición tenían el Doolittle, el Bossanova y el Trompe Le Monde, más unos buenos lados B (ah, sí, claro… y el Indie Cindy y el Head Carrier). Pero de todos éstos únicamente se escucharon “U-Mass”, “Um Chagga Lagga” y “Tame”. ¿Sólo eso? Pssss… algunos satisfechos, saliendo de volada en cuanto se prendieron las luces. La mayoría esperando más. Pero la espera fue interrumpida cuando el staff recogió los instrumentos. Con el grito de “¡culeros, culeros, culeros!”, acabó la noche. Ni modo. 

Algunos habrán encontrado este concierto gratificante y suficiente al haber escuchado dos discos y un par de extras más. Pero para otros, para los que estuvieron ahí y gritaron lo que gritaron, pareció que una dosis de una hora y 20 minutos de Pixies no fue suficiente.

Pixies en Teatro Metropólitan

Foto: Chino Lemus – Ocesa