Por Esteban Illades

Ayer a mediodía, el periódico español El País publicó una exclusiva: Andrés Manuel López Obrador, presidente de México, había enviado una carta a Felipe VI, rey de España, con el objetivo de que su país se disculpe por los delitos y abusos cometidos durante La Conquista, iniciada en 1519, hace 500 años. Posteriormente, vía video, el presidente confirmó la información.

La Corona española rechazó la petición de AMLO y dijo que lo lamentaba profundamente.

La carta y la idea detrás de la carta son interesantes porque nos ayudan a entender mejor el concepto que López Obrador tiene de la presidencia: no sólo se trata de gobernar, sino establecer una historia, una narrativa sobre su gobierno.

Veámoslo con ejemplos: AMLO anda por todos lados en su Jetta blanco. Cuando viaja por la república lo hace en vuelo comercial. Se para a comer en la carretera en los lugares menos vistosos, celebra cuando come algún platillo local. Toda acción es calculada, toda acción se magnifica para el impacto.

Como aparato, el gobierno mismo es un símbolo. No por nada López Obrador habla de “un cambio de régimen”, o de “la cuarta transformación”. Lo que él hace, porque así lo nombra, forma parte de un proceso de cambio estructural en el país. Nos dice que los cambios que él comienza a implementar serán tan importantes como La Independencia, como Las Leyes de Reforma y como la propia Revolución Mexicana. Se asigna a sí mismo y a sus acciones un valor histórico de inicio.

También hace lo mismo de manera negativa: a quienes ocupaban el gobierno los llama “el viejo régimen” o “la mafia en el poder”. A quien lo critica se refiere como “fifí” o “conservador”. Y su palabra favorita es “pueblo”, que sirve para designar a un grupo de personas para el cual gobierna, y cuya pertenencia decide el presidente mismo.

Todo este uso de lenguaje y de las imágenes importa. Importa porque los símbolos, valga la obviedad, son poderosos. Son maneras sencillas de transmitir ideas. No hay que ir más lejos que La Virgen de Guadalupe: la identidad nacional gira en torno a ella al grado de que hay mexicanos que aunque se digan ateos se dicen guadalupanos.

Con un símbolo se puede construir identidad, con un símbolo se puede construir un sentimiento de pertenencia y de unidad. Con un símbolo se le puede dar cauce a un proyecto. Pero también excluir.

Y, claro, los símbolos bien sostenidos dan pie a un surgimiento en popularidad. Tomemos en cuenta las llamadas “mañaneras”, las conferencias de prensa que cada mañana, sin falta, da el presidente desde Palacio Nacional. Si uno ve las encuestas, la popularidad del presidente cuelga, en su mayoría, en la existencia de estos eventos. Da la impresión de que está trabajando, de que está enterado de todo. Da, pues, la impresión de que está gobernando.

'Va a ser muy buen año, hay que verlo con optimismo', dice AMLO

@lopezobrador_

Impresión porque es simbólico, no porque se niegue que lo haga. Pero si uno enciende el televisor o la radio entre 7 y 9 de la mañana, sin falla verá al presidente respondiendo preguntas. Y esa repetición sirve para reforzar un mensaje. El contenido es secundario para el efecto.

Pero un gobierno no puede descansar exclusivamente en una imagen, como bien mostró el desastroso sexenio anterior. El presidente de entonces, Enrique Peña Nieto, salía en todas las portadas internacionales y vendía la idea de que estaba “salvando a México”. Hablaba de la modernidad y del progreso, hasta que un acto suyo se convirtió, irónicamente, en el símbolo de su presidencia: la llamada “Casa Blanca”. La corrupción asociada –y, claro, comprobada– descansa en el imaginario colectivo en esa casa de las Lomas: mientras el país se hundía en violencia, el presidente negociaba una casa de lujo con un contratista.

No que López Obrador sea Peña Nieto, pero sirva el ejemplo para decir que las imágenes y los discursos se pueden utilizar de ambos lados.

Y, hay que agregar, los símbolos no pueden ser el anclaje de una administración. Pueden funcionar, como decíamos, para generar apoyo y narrativa, pero por ser símbolos no son tangibles. Aparejada a ellos tiene que venir, primero, la acción; segundo, los resultados. Construir una casa con palabras hace que la casa se derrumbe al primer soplido.

Interesante, sin embargo, ver que el presidente haga tanto hincapié en las imágenes. Así se crea parte de la historia, del legado. Pero la otra, la parte importante, ésa se crea trabajando.

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Esteban Illades

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