Foto de Duilio Rodríguez // @Duiliorodriguez

Con peras y manzanas: dos años de gobierno

Viene el resto de sexenio en el que gobierno y presidente continuarán con sus aires de grandeza. Se presumirá que todo va mejor. Unos años muy difíciles.

Por Esteban Illades

Se cumplen hoy dos años de que el actual presidente asumiera el puesto. El 1 de diciembre de 2018, en dos ceremonias –una dentro del Congreso, la oficial; otra en el Zócalo, la extraoficial– el presidente prometió cambiar el rumbo del país. No sólo eso, prometió llevar a cabo, en tan sólo seis años, su cuarta transformación.

(Recordemos que, según él, las tres anteriores fueron la Guerra de Independencia, la Guerra de Reforma y la Revolución Mexicana.)

Conforme a su cronograma, en los dos primeros años tocaba sentar las bases de lo que se abrevia como 4T, y a partir de mañana –mismo día en el que debería empezar a operar nuestro sistema de salud nivel Dinamarca, según sus propias palabras– no quedaría más que concluir la transformación para dejarla establecida.

Pero, ¿realmente se ha transformado el país? La respuesta sencilla es que no. Ha cambiado, sin duda, pero un nuevo régimen, lo que se dice un nuevo régimen, eso no ha llegado. Y lo que ha cambiado no ha sido necesariamente para bien. En muchos casos las cosas están peor. En otros igual; y sólo en uno mejor.

Lo bueno

Lo bueno se dice en un par de líneas. Subió el salario mínimo, cosa que no ocurría desde hace muchísimos años. Y hay becas para los jóvenes

¿Pero qué tanto ayudan esas becas? No se sabe: el gobierno implementó la política sin un objetivo claro y sin manera de medirse; lo más probable, dadas las experiencias en otros países, es que lo único que generen sean clientelas: gente que empiece a depender de ese dinero pero cuya situación no mejore porque el dinero no tiene un cauce para ayudar. Es, por ejemplo, el caso de “Jóvenes construyendo el futuro”: un programa que empezó con enorme ambición y que después del primer año resultó no ayudar a que los jóvenes consiguieran trabajo.

Lo mismo

Quien diga que ahora sí se combate la corrupción está volteando para otro lado. Hemos visto cómo el gobierno se lanza en contra de las administraciones anteriores, sin duda. Pero lo ha hecho sin acusaciones sólidas –nada de lo relacionado con Lozoya ha rendido frutos hasta ahora, no ha habido castigo por todo el desfalco documentado del sexenio pasado– y sin grandes resultados.

En cambio, con la corrupción actual, o la corrupción de sus cercanos, ahí ha habido silencio absoluto. Ahí está el caso del hermano del presidente, o del director de la CFE –y de su hijo–. Todos tranquilitos porque “no son lo mismo y esto ya cambió”. Aunque sea igualito a como se hacía antes.

Lo peor

Se ha deshecho lo poco que más o menos funcionaba. La ciencia, por ejemplo. Se le ha eliminado la fuente principal de financiamiento a los científicos en el país –los fideicomisos– y no se les ha dado algo para subsanar la pérdida. Se creó una nueva institución de salud –el INSABI– que tiene mayores problemas que la institución que remplazó –el Seguro Popular–. Los tratamientos contra el cáncer –en particular el infantil– escasean. Las vacunas también. Dice el dicho: si no está roto no lo arregles. Acá ni siquiera se plantearon eso. Sólo se treparon a la demoledora, sin idea de por qué destruir, ni para qué destruir ni con qué remplazar.

Lo infame

El trato que se le da a los medios de comunicación ahora. Todos los días sin excepción se para el presidente en su conferencia de prensa y todos los días le tira a full a la prensa. Una prensa que, dicho sea de paso, trabaja en el país más peligroso para ejercer el periodismo en el mundo entero. Semana tras semana se escucha cómo matan a periodistas por hacer su trabajo. Y semana tras semana el mensaje es el mismo: la prensa es inmunda si no aplaude como foca.

Lo que se pudo prever y no se previó

Si bien es cierto que las cosas no jalaban bien desde un inicio, la pandemia vino a tronar en pedacitos el proyecto de la autodenominada 4T. Todo se cayó –el PIB, el empleo, la salud, todo– y sigue sin recuperarse –pasarán años, si no es que una década entera, para que México regrese a los indicadores económicos prepandemia, según los expertos–. 

El asunto es que algo sí podía saberse: tuvimos dos meses de ventaja respecto al resto del mundo en cuanto a covid-19 se refiere. En Europa estaban en modo crisis cuando aquí había un puñado de casos. Acá se presumió y se presumió que estábamos preparadísimos para lo que viniera.

Hoy, oficialmente, hay más de 100,000 muertos y más de un millón de casos de covid. Los muertos, según los cálculos de los especialistas, son por lo menos el doble de los contabilizados. Los casos muchísimos más. Y cada día, presidente y vocero de la secretaría de Salud –ése que siempre sonríe sin importar la calamidad, ése que habla de la “fuerza moral”– se dan palmadas en la espalda y presumen haber controlado el problema cuando la realidad les muestra con lujo de detalle todo lo contrario.

Lo que sigue

Un sexenio en el que el gobierno continuará con sus aires de grandeza. En el que se presumirá que todo va mejor, sin evidencia sólida. Y unos años muy difíciles.

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Esteban Illades

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