Por Esteban Illades

Habrás visto en los últimos días, querido sopilector, que hay mucha gente descontenta en Sudamérica. Habrás visto, también, que en Haití sucede algo parecido. Que en el Reino Unido el parlamento sigue sin ponerse de acuerdo sobre cómo salirse de la Unión Europea, después de que en 2016, hace tres años, una mayoría de electores votara por sacar al país del arreglo. Que en Estados Unidos es posible que Donald Trump enfrente un juicio político por corrupción.

En fin, habrás visto que el mundo parece más caótico que nunca. Y es muy posible que tengas razón. Es cierto que la esperanza de vida a nivel mundial es más alta que nunca, que hay más riqueza que en siglos anteriores. Que las enfermedades que parecían incurables, en su mayor parte, han sido erradicadas con los avances médicos. Que muchas más personas pueden viajar alrededor del mundo por el boom de la industria aérea. Que a través de tu smartphone tienes acceso a toda la información disponible, a nivel mundial, en tu mano.

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Imagen: Shutterstock

Pero todo eso palidece ante el gran problema social de nuestro presente: la desigualdad. Los ricos son más ricos que antes; los ricos concentran mayor parte de la riqueza que antes. Los más pobres, como en Chile, no sólo no tienen dinero suficiente para mantenerse a flote: no tienen ni el dinero ni el Estado que les ofrezca una buena educación pública o un buen servicio de salud. Pasan la mayor parte de su día transportándose de la casa al trabajo, o trabajos –en plural– para poder subsistir. Como ocurre en México y, realmente, en gran parte del planeta.

El siglo pasado se presumió desde los gobiernos, y desde la ideología dominante posterior a la Segunda Guerra Mundial, que el mercado ordenaría todo: a lo que comúnmente se refiere uno como ley de oferta y demanda solucionaría la escasez y distribuiría la riqueza como debería estar distribuida. También se dijo que los ricos –en lo que se llama “economía de goteo”–, compartirían parte de lo obtenido con los que menos tienen. Que la ganancia de algunos se convertiría en la ganancia de todos.

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Sin embargo, la realidad ha mostrado que nada de esto es cierto. A principios de este siglo, cuando se permitió la desregulación económica a tope –bajo el término laissez faire, o no meterse en nada–, el planeta casi se cae a pedazos. La crisis global de 2008, cuando estalló el mercado inmobiliario estadunidense, y se llevó entre patas a gran parte de la humanidad, dejó claro que no podía haber un sector financiero completamente ajeno a la ley. En el momento en que el gobierno dejaba de mirar, todo el dinero iba a dar a los bolsillos de quienes supuestamente tenían que cuidar que no se malversara. El sistema, por decirlo en términos llanos, no funcionó.

De igual manera lo vimos a mediados de esta década con los papeles de Panamá, cuando se descubrió una trama mundial para esconder ingresos en compañías fantasma. Los Estados dejaron de recaudar billones –sí, con b– de dólares a causa de estos sofisticados sistemas que hacían el dinero perdedizo a más no poder.

En fin, vimos cómo el sistema ha, literalmente, quedado a deberle a millones de personas.

Y por eso hoy tenemos protestas masivas, porque los más jóvenes no quieren que las cosas sigan igual. A ellos la economía los ha tratado aún peor que a sus antecesores –aunque las generaciones previas vengan con la cantaleta de que simplemente son flojos y ya–. Hoy en día, con lo que se presume como adelanto tecnológico –el clic de un botón para recibir comida o cualquier cosa en cuestión de minutos– los trabajos y los derechos ya no son tal. Lo que antes se conocía como empleado ahora es contratista, lo que antes era –y debe seguir siendo, según la ley– derecho ahora es premio. Los jóvenes no tienen las condiciones para una vida digna, porque eso es lo que buscan quienes protestan. Es algo que se ha perdido, o más bien se las ha quitado.

Pero la pregunta del millón es cómo ir más allá de eso. Porque exigir dignidad es lo mínimo: lo que se necesita, también para empezar, es ver cómo se arregla un sistema que con el paso del tiempo se ha ido pudriendo y pudriendo al grado de que pensar en modificarlo un poco parece imposible. La respuesta no parece estar cerca, pero, por lo pronto, la pregunta comienza a hacerse. Y quienes la hacen no van a tomar un no como respuesta.

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Esteban Illades

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