Foto: Reuters

Con peras y manzanas: la matanza de El Paso

Por Esteban Illades

Este fin de semana pasó algo que, lamentablemente, ya es normal en Estados Unidos: un tiroteo masivo perpetrado por un tirador solitario. Al momento de escribir estas líneas son 22 las personas asesinadas en un centro comercial de El Paso, Texas.

La matanza no es la primera en el año ni será la última. De hecho, según la definición más aceptado –tres muertos o más por tiroteo–, ha habido 34 matanzas de este tipo en Estados Unidos en 2019

Dirán algunos que qué sorprende de esto o por qué debería importarnos, sin en México es todavía más común leer de homicidios y violencia sin cuartel.

Más porque en Estados Unidos esto seguirá ocurriendo.

Y es cierto, no parece haber cambio alguno, o siquiera propuesta que sirva para aminorar los tiroteos en suelo estadounidense. Uno de los primeros actos de Donald Trump como presidente fue eliminar restricciones para poder conseguir armas de alto poder. La NRA, la Asociación Nacional del Rifle, es quizá la organización con mayor capacidad de cabildeo en el congreso de EEUU:

mueve millones de dólares al año en patrocinios a legisladores para avanzar su agenda, una que mantiene la situación tal y como está, la que permite que las armas fluyan sin control alguno.

Aparte de todo existe el famoso doble discurso público de nuestros vecinos. Si el asesino es alguien de origen asiático o profesa la religión musulmana, automáticamente lo que se hace es restringir los derechos de ese sector de la población. No en balde Trump también inició su presidencia con el establecimiento de un muro virtual: residentes estadounidenses, incluso ciudadanos, se quedaron fuera del país por provenir de lugares que el presidente designó de manera arbitraria como fomentadores de terrorismo.

Donald Trump matanza

Foto: Getty Images.

En cambio, si el asesino es de piel blanca, entonces de lo que se habla, en el mejor de los casos, es de salud mental. De cómo los videojuegos han arruinado a la juventud estadounidense –lo cual es debatible–, y de cómo no hay suficiente atención médica a estos problemas. Y en algunos casos es cierto: la matanza de Sandy Hook, en la que un joven de 20 años disparó adentro de una escuela primaria y mató a 20 niños de entre seis y siete años, es el resultado de un sistema que nunca dio tratamiento adecuado a alguien que lo necesitaba, y que en lugar de eso le dio acceso irrestricto a todo tipo de armas. Un sistema completamente descompuesto.

Pero ya no se le puede achacar todo a la salud mental. Desde el primer tiroteo que llegó a las noticias, la matanza de Columbine hace 20 años, podemos observar un patrón que se repite: jóvenes –hombres en casi todos los casos– alienados de la sociedad que encuentran refugio en la ideología extrema de la superioridad blanca.

Eric Harris, uno de los dos perpetradores de Columbine, era simpatizante de la supremacía blanca.

Y luego vino Anders Breivik, el terrorista noruego que en 2011 mató a 77 personas. En el documento que redactó previo a la matanza, su manifiesto, habló de la irrupción de valores ajenos en su país; del “marxismo cultural”, de una ideología que aceptaba a quienes eran distintos y aceleraba la descomposición de la raza blanca.

A pesar de que la matanza ocurrió en Noruega, Breivik ha sido la inspiración de muchos. En Nueva Zelanda, a principios de este año, el australiano Brenton Tarrant asesinó a 51 personas musulmanas bajo el mismo motivo. Y este fin de semana Patrick Crusias, de 20 años, hizo lo mismo: manejó durante nueve horas para matar a “mexicanos” e “hispanos” en El Paso. En su manifiesto alegó lo mismo que los otros tiradores: la pérdida de la identidad blanca, la mezcla de razas, la “invasión” mexicana. Eso es lo que mueve a todos estos asesinos.

Aumenta a 8 el número de mexicanos fallecidos tras tiroteo en El Paso, Texas

Foto: Cuartoscuro

En esencia lo que tenemos es un nuevo tipo de terrorismo. Ahora quienes matan en masa son los hombres blancos, al grado de que la mayoría de los arrestos relacionados con terrorismo en Estados Unidos están relacionados con movimientos de supremacía blanca

Sin embargo, los políticos, en manos de la NRA, y los estadounidenses, casados con la segunda enmienda constitucional que les da derecho a portar armas, se niegan a aceptarlo. 

Llamar a lo sucedido en El Paso por lo que es, terrorismo, les resulta casi imposible.

El presidente Trump, quien ha utilizado su puesto para diseminar retórica racista por todo el país, se niega a aceptar lo que el resto del mundo sabe desde hace mucho tiempo: en Estados Unidos no sólo hay un problema racial enorme, sino un problema aún mayor de armas. Ambos factores, en conjunto, han hecho que el país se descomponga al grado de que The Onion, el mejor sitio de sátira de EEUU, publique el mismo artículo semana tras semana: “No hay manera de prevenir esto, dice el único país donde esto sucede”. 

Mientras no se restrinja el acceso a la compra de armas en Estados Unidos, y mientras se le dé pie al presidente y a sus seguidores para que puedan, una y otra vez, machacar el mensaje de que los valores “tradicionales” y la “vida blanca” están bajo asecho de los demás, The Onion deberá publicar cada vez más su artículo sobre cómo no se puede prevenir lo claramente prevenible.

Diría el clásico, están viendo y no ven. Se están destruyendo a sí mismos, y no parece importarles ni un poco.

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Esteban Illades

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