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Con peras y manzanas: Tijuana, los médicos y el petróleo

Por Esteban Illades

En vez de adentrarnos en un solo asunto esta semana, vale la pena sobrevolar diversos temas que ocupan la atención nacional ahora que comenzamos a ver cómo se avecina la peor parte de la pandemia del coronavirus.

Tijuana

La nota más importante, y que parece no dimensionarse como debería, es la inminente crisis de salud en la ciudad de Tijuana. Según un reportaje del San Diego Union Tribune, periódico del otro lado de la frontera, los hospitales tijuanenses parecen zona de guerra (acá la liga en español, traducida por el Los Angeles Times). Falta de material, doctores contagiados, camas y respiradores insuficientes… vaya, lo que se ha visto alrededor del mundo y que aún no había sucedido aquí.

Y no son sólo los doctores los que alzan la voz: el gobierno local, liderado por el polémico Jaime Bonilla, sostiene que el Instituto Mexicano del Seguro Social, el IMSS, “no se puso las pilas” y por eso ocurre lo que ocurre. Entonces ya tenemos dos situaciones graves: una ciudad que mira de cerca el colapso hospitalario, y un pleito entre autoridades federales y locales sobre por qué sucede. Vale la pena resaltar que ni siquiera son autoridades de distintos partidos, sino del mismo.

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Foto: Cuartoscuro.

Mientras tanto, suena la alarma: de no llegar insumos suficientes esta semana, la ciudad fronteriza –la quinta más poblada del país– será la primera ficha en caer.

Contagios en varias clínicas

Así como en Tijuana, estamos empezando a ver las grietas en nuestro ya lastimado sector salud. Escribíamos hace unos meses sobre el desastre de la implementación del INSABI, el Instituto que sustituyó al Seguro Popular. Mencionamos en ese entonces lo mal que estaba el sistema público de salud, al grado de que no había tratamientos con cáncer para niños o medicinas suficientes en general. Por ese motivo, entre otros, el subsecretario del ramo, Hugo López-Gatell, ha buscado que los contagios en México se den por oleadas: a sabiendas de que el coronavirus es imposible de detener y de que en el país ya estábamos lastimados antes de que llegara, el plan era y es intentar limitar la velocidad de contagio para que no ocurriera lo que ya se ve en Tijuana. Mucho se presumió, incluso, que todo estaba bajo control: he ahí el famoso dicho de que en México sabíamos desde enero sobre la gravedad del asunto.

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Foto: Especial

Sin embargo, eso no ha evitado que diversos hospitales entren en crisis por contagios masivos de personal. El periódico El País daba cuenta de eso hace una semana: Cabo San Lucas, Cuernavaca, Monclova y Tlalnepantla, entre otros, se han visto en graves problemas por la cantidad de personal médico infectado. Hace cuatro días, incluso, personal médico de Tlalnepantla pidió que se cerrara el hospital por el tamaño de contagio y la imposibilidad de detenerlo.

Y es que, a decir de doctorxs y enfermerxs, no hay protocolos claros de actuación ni material suficiente. Contaba Carlos Loret, antes de que iniciara la crisis en México, que el gobierno había comprado equipo que no servía para absolutamente nada para enfrentar al coronavirus, y que de hecho sólo empeoraba las cosas.

Agresión a personal médico

Por si fuera poco, cada vez hay más reportes de agresiones e insultos a personal médico en distintas partes del país. Desde familiares de pacientes que han golpeado a doctorxs y enfermerxs al enterarse de malas noticias hasta gente que en la calle ha echado cloro, agua y demás sustancias a quien utiliza uniforme médico en público. En la más digna tradición de Springfield, en México se está atacando a quien evita hora con hora y día con día que la infección se propague y entremos en crisis. El llamado de las autoridades no ha sido lo suficientemente fuerte, y lo que menos necesitamos en estos días es que el personal médico, ya sobrecargado por la situación, tenga que enfrentar el odio de la sociedad a la que protege.

Petróleo

La noticia internacional más importante para el país en estos días ha sido la durísima negociación que sostuvo México en las rondas petroleras de la OPEP+, la organización donde se negocia la mayor parte de la producción de petróleo del mundo. A principios de marzo explicábamos cómo Arabia Saudita y Rusia, en un pleito de cantina, casi tiran la economía mundial justo a causa del petróleo.

Pues bien, la semana pasada se llegó a un acuerdo para reducir la producción, y toda la OPEP+ estaba a favor, salvo México. Nuestro gobierno, representado por la secretaria de Energía, Rocío Nahle, decía que lo que le pedía el resto del mundo era demasiado –reducir 400,000 barriles diarios de producción, parte significativa de lo poco que ahora genera Pemex– y que no había manera de cumplir. Después de varias reuniones dignas de maratón, los demás países cedieron: México podía reducir menos si el equivalente lo reducía Estados Unidos por nosotros. Es decir, que los gringos nos echaran la mano. Al final de todo incluso se le aplaudió a Nahle por la dura negociación. 

Peeeroooo…

Hay dos cosas. La primera es que los saudíes aplaudieron pero enojados porque 1) el arreglo se tardó mucho más por la posición mexicana, lo cual hizo que el mercado siguiera deprimido; y 2) ven a México como el país que se salió con la suya porque fueron los únicos que no cortaron parejo. Por eso Arabia Saudita empezó a jugar llanero, al nivel de nuestro país: como tiene petróleo para aventar para arriba, y ya está ofreciendo descuentos en su petróleo –de mucho mejor calidad que el nuestro– a los compradores de México. Entiéndase: les va a vender más barato para que nadie nos compre a nosotros. Se quedaron enchilados y ahora sufriremos las consecuencias.

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Foto: Getty images

La segunda es que Donald Trump prometió ayudarnos. 1) Él no puede hacer esa promesa porque Estados Unidos tiene una industria petrolera exclusivamente privada. Entonces Trump no puede obligar a ningún productor a que le baje; de hacerlo, su gobierno acabará demandado por todos lados. 

2) Supongamos que por arte de magia –y contra toda ley– en efecto Estados Unidos nos echa la mano. No sabemos a cambio de qué. Trump dijo el sábado que México iba a pagar en el futuro. ¿Cómo? Sepa. Pero cuando él dice esas cosas hay que ponerse buzos: si hay alguien que juega duro y cobra peor es el presidente de EEUU.

Colofón: Top 10 de casos

Ya para cerrar hay que hablar un poco de nuestro presidente, quien no ha salido tanto a medios –ni a giras– estos días. No por la cuarentena, no por la orden de López-Gatell, sino porque es Semana Santa. Lo único relevante que le hemos escuchado es la repetición de algo que presumió la semana pasada: que México es de los países con menos contagios y menos muertos, y que hay que estar orgullosos de cómo nos hemos comportado los mexicanos.

Como siempre, él tiene otros datos, porque su propio gobierno ya nos dijo que las cifras oficiales están subestimadas, y que aproximadamente son ocho veces más de las reportadas.

Entonces estamos muy lejos de ser de los menos contagiados.

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Foto: Cuartoscuro

Habría que agregar, también, que el comportamiento nacional dista de ser ejemplar. Basta con ver las comunidades donde en Semana Santa hubo congregaciones masivas a pesar de la restricción, o los mercados de pescado en la capital del país, abarrotados por quienes creen en la cuaresma pero no en la cuarentena.

En resumen: quédense en casa. O, en las supuestas palabras de Pancho Villa: “Ánimo, cabrones, que más p’adelante está más feo”.

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Esteban Illades

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