Por José Ignacio Lanzagorta García

A pesar de lo objetable, sus contradicciones y sus problemas, son muchas cosas las que llenan de legitimidad al movimiento zapatista desde su levantamiento y hasta la fecha. Una de las más especiales ha sido siempre la dignidad. De hecho, me atrevería a decir que esa dignidad no sólo lo ha legitimado, sino que le ha servido como un polo de gravedad política nacional e internacional. Todos quieren tocarse con esa dignidad. Sin ella, por sus dimensiones y características, el zapatismo no sería más que un movimiento marginal apenas advertido por la prensa hegemónica como una curiosidad. Desde su arranque, el EZLN ha sabido vestir la cruda verdad de sus proclamas con la belleza de la palabra y con la potente imagen de la rebelión. La dignidad está ahí, pero sobre todo en lo primero: en la verdad.

En la política, la dignidad como virtud es muy escasa, pero como recurso es siempre valorada y en disputa. Es codiciada como recurso porque es quizá una de las fuentes más importantes de legitimidad y es aparentemente barata –sólo tienes que lograr que piensen que eres digno. Pero ejercerla como virtud la encarece demasiado y sirve para poco, pues se convierte en un obstáculo para acceder a más poder o conservar el conquistado. Porque la dignidad, como cualidad moral, es tan frágil que el ejercicio del poder la mina, la erosiona.

Queremos autoridades virtuosamente dignas porque podríamos someternos gustosamente a ellas, pero al primer signo de desconfianza, de traición, de engaño, de corrupción, la dignidad se evapora y la legitimidad tendrá que apuntalarse por otro lado: la ley, el derecho divino, el miedo, el incondicional respaldo de una buena base de fieles. Por eso es casi imposible encontrar actores políticos que cultiven la dignidad como virtud. No tiene caso. Sin embargo, la encontramos impregnando casi cualquier discurso político electorero.

Dada su permanente escasez, siempre –siempre- es oportuno el momento para irrumpir el escenario político con un mensaje de dignidad. Eso lo sabe cualquier político de oposición. Tiene todavía más fuerza cuando esa oposición es a algo más amplio que al gobierno oficial: a todo el sistema de partidos, por ejemplo –lo hemos visto con algunas candidaturas independientes; a la orientación general de las políticas económicas… o a todo el conjunto del sistema político y económico. Pero el acto de oposición misma no basta para cargar moralmente de dignidad el mensaje: importan las formas y, como decía, importa sobre todo esa base de verdad… “Credibilidad”, dirían con algo de razón los pragmáticos.

Make America Great Again”, decía el eslogan de Donald Trump. Nos ha tocado ver movimientos conservadores triunfantes que han apelado a la dignidad pervirtiéndola por completo. Se trata de una suerte de anti-dignidad que funciona en los mismos términos morales y afectivos y conquista las urnas. La oposición aquí no es a la injusticia, sino a la evaporación de la supremacía que las lentas conquistas democráticas habían ganado terreno. La dignidad de estos proto fascismos se construye también a partir de una base de verdad: la inclusión y pluralidad entendida como la opresión de los privilegiados. Eso es parte de lo que algunos han querido llamar la “posverdad”.

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Foto: Getty Images.

No sin raspones, la dignidad zapatista ha cumplido 25 años de preservarse y de hacerlo como virtud. En algún momento de este tiempo, especialmente después de sus primeros cuatro años, su resistencia y poética ante su incapacidad por alcanzar el poder los enaltecía. Para algunos de los sedientos de las formas convencionales de poder, la dignidad zapatista se convirtió entonces una suerte de santo grial del que había que beber. Por afinidades, entendimos que el zapatismo se guardaba en ese amplio cajón que llamamos “la izquierda”. Y el hecho de ser un político acomodado ahí, junto a ellos, te iluminaba con esa dignidad. Y funcionó mientras esos otros proyectos personales y colectivos que llamamos “la izquierda” difícilmente alcanzaban el poder.

La ruptura entre el EZLN y el lopezobradorismo, sabemos, lleva ya tiempo. Y se refrenda una y otra vez. Sin embargo, sigue incomodando e incluso doliendo a quienes insisten en organizar la política en una estricta separación de conjuntos independientes y perfectos llamados “izquierda” y “derecha”. El EZLN retiró el santo grial de su dignidad a los pragmáticos. Algunos de éstos han comenzado a entender que quizá nunca tuvieron, en realidad, ese cáliz: se desilusionan, se enojan, los calumnian… al fin que ni querían, en una de ésas y son salinistas. A los del cajón de la derecha no les queda más que regodearse en ello. El beneplácito zapatista era valioso para quienes venían de un discurso de dignidad similar y no tenerlo les exhibe. Pero ante la decisión de alcanzar el poder para compartirlo con los pragmáticos, el zapatismo escogerá siempre su dignidad. Luce irracional, luce inútil. Pero ya lo decía: la dignidad es una virtud escasa.

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José Ignacio Lanzagorta García es politólogo y antropólogo social.

Twitter: @jicito