Por José Ignacio Lanzagorta García

La mente del perverso a veces nos regala puntos de enfoque donde la moral se resquebraja, donde lo incorrecto y lo correcto se entremezclan en una confusión que es más por las aras de la comodidad que precipitamos una descalificación tajante, inmediata y regañona con quien se deleitó con la perversión, incluso con uno mismo. Si tiene algo o mucho de mal: está mal. Aunque lo haya, no puede ni debe haber margen para más. Representar a Frida Sofía en el cuerpo de una niña a propósito del día de Halloween fue uno de estos momentos.

En medio de la catástrofe, del dolor, Frida Sofía es un símbolo que inevitablemente se compone de sorna. Frida Sofía fue el fracaso del Estado, testimoniado en tiempo real, por producir narrativas lacrimógenas antes que por atender la emergencia. Cuando la televisora más importante del país, concesionaria de un bien público, pudo haber estado sirviendo a la nación conectando demandas con ofertas solidarias, enfocó sus esfuerzos a la producción de este relato. Una reportera con la exclusiva, un conductor en estudio aderezando la historia sin control, oficiales del Estado proveyendo especulaciones como información cierta, una pasarela de -por decir- luminarias se desfilaron por el colegio Rébsamen. Hasta el cardenal primado de México se apersonó al rescate de Frida Sofía. Y luego de horas de transmisión, de pronto todo empezó a perder sentido, surgieron contradicciones, la televisora se sintió traicionada, el Secretario de Educación Pública que por ahí andaba mejor abandonó la escena. En los escombros quedaba el cuerpo de una mujer que podía ser rescatada, pero nada, fin de la transmisión.

En cambio, la esperanza, la empatía, la narrativa conmovedora que se podía palpar y vibrar ante la desgracia se estaba tejiendo en las calles y en las redes sociales. Sin Televisa, sin el Estado. Frida Sofía fue la lección más grande para ellos y para nosotros, que no estamos en 1985, que ellos más nos sirven… sirviéndonos.

El disfraz de Frida Sofía, el día de Halloween, conlleva este mensaje. Traer de vuelta esa historia, a una distancia aún crucial pero ya no inmediata, es una catarsis. Oscura, pero catarsis al fin. Nombrar a Frida Sofía como un fantasma y colocarla en un ridículo e infantil panteón de momias, brujas y personajes de películas de Disney, es una sátira fulminante. “Humor negro”, muchos dijeron. Para otros, quizás los más, no se admite ni siquiera como tal… como suele pasarle al humor negro.

Y es que el problema fundamental con el disfraz de Frida Sofía exigía algo inaceptable: representar a una víctima del terremoto, llena de polvo, con sangre escurriendo por su rostro y sus piernas. Implicaba, además, representar a una víctima infantil, emplear a una niña, con su uniforme escolar, para un performance de sus padres. Lo único que hacía de este disfraz a Frida Sofía y no a cualquiera de los 19 niños que realmente murieron hace poco más de un mes, era un gafete con ese nombre. El alivio de los que ríen del chiste es ese gafete: no se burlan, dicen, de alguien real. Lo mismo es disfrazarse de la Llorona que de Frida Sofía, dicen. Pero no, no es lo mismo. Lo primero que vemos en ese disfraz es una imagen que aún nos horroriza, aún nos conmociona, aún nos duele y de quienes entre nosotros caminan sus padres, sus hermanas, sus amigos, sus maestras. Para encarnar la farsa de Frida Sofía se requería encarnar la imagen de cientos de los nuestros que han sido todo menos una farsa.

El humor negro no es sólo incorrección política a lo idiota: debe producir horror, debe ser imprudente. A veces es más la osadía del que profiere alguna pieza de humor negro lo que despierta esa incómoda simpatía y sonrisa que la pieza en sí. ¡¿Cómo se le ocurre?! El mejor/peor humor negro es el que, además, no sólo es disruptivo -esa rara ambivalencia entre ser oportuno e inoportuno- sino que aporta una crítica válida. Que algo sea susceptible de “buen” humor negro justamente abre la posibilidad de darle nuevas y más dimensiones a su gravedad. Ese sería, quizás, su valor además de la siempre reflexión a la que invita el pánico moral que induce. El disfraz de Frida Sofía tendría todo esto: disrupción, imprudencia, horror y una potente crítica. Sí, el disfraz de Frida Sofía da risa. Sí, el disfraz de Frida Sofía no da risa. Sí, las dos al mismo tiempo. Eso no lo glorifica, no lo exime de todo lo que tiene de mal, no le disculpa lo inapropiado. El humor negro no es una categoría salvífica, ni siempre bienvenida, ni siempre balanceada y, como toda forma de humor, casi nunca bien lograda. Es sólo que veo más valor en la reflexión del propio y ajeno pánico moral que produce que en anticipar su juicio. El disfraz fue genial y fue grotesco, por eso que fue tan perverso.

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José Ignacio Lanzagorta es politólogo y antropólogo social.

Twitter: @jicito

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