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El mito de la democracia*

Por Francisco Serratos

Éste es uno de los principales estatutos de la democracia: todos son ciudadanos libres e iguales ante las instituciones democráticas, pero ello no implica que se decrete el derecho a la igualdad económica. A nadie se le garantiza una vida digna libre de pesares y aprietos monetarios dentro de la democracia, porque no es responsabilidad del Estado proveer de un sustento a sus ciudadanos, sólo lo provee de determinados derechos políticos que le garantizan la libertad de decidir cómo ganarse la vida y que no debe atentar contra la libertad de los demás ciudadanos. Pero hay que recordar que para los atenienses la igualdad quedaba fuera de la mesa de discusión, pues tanto la desigualdad económica como la esclavitud eran condiciones naturales para cierto tipo de personas, y éste es un punto crucial que se aprecia en la filosofía de Platón y Aristóteles. Asimismo, de esta forma, Solón les entregó a los griegos libertad para construir su destino.

Sin embargo, las reformas acarrearon nuevos conflictos de clase a la renovada sociedad ateniense, pues los ricos denostaron la democracia y la llevaron hacia caminos que satisfacían su beneficio y no el del pueblo (demo). Eleutheria, por ejemplo, para el ciudadano pobre significaba libertad de trabajo o de decidirse por un oficio, pero para el rico significaba libertad de trabajo. La sociedad se dividió entonces entre los que necesitaban trabajar y los que no lo necesitaban. De eso se trataba la democracia ateniense.

Entonces, para asegurar que la democracia y sus bonanzas no se extendieran más de lo que lo habían hecho, la aristocracia ateniense introdujo la idea de ciudadanía. Sólo los ciudadanos podían ser parte de la democracia y de la comunidad de los hombres libres. Pero no todos los nacidos en territorio ateniense tenían acceso inmediato a ésta: sólo los varones que llegaban a los 30 años de edad podían aspirar a ser ciudadanos. Así, la democracia y la participación política se reducían a una cuestión de género: sólo se podía acceder al privilegio de la ciudadanía por nacimiento patrilineal. Pericles, de hecho, llegó a un grado extremo al dar la ciudadanía exclusivamente a los nacidos de padre y madre atenienses, algo contradictorio porque, como lo señala Nicole Laroux, las mujeres no podían ser ciudadanas, y por tanto el hijo debía provenir de un padre y un abuelo maternos que debían ser ciudadanos previamente. Athenaios, que quiere decir «ateniense», no tenía un equivalente femenino porque no existían las mujeres atenienses, o sea ciudadanas. Había mujeres de Atenas (Attikai gynaikes) en la misma medida que había una barca o un burro atenienses pertenecientes a un ciudadano. No existían en el cuerpo político, y su condición dentro de la democracia, tal como la de los pobres, se vio mucho más precaria porque se les negaba, como evocan algunas tragedias, el derecho a la maternidad. Fueron sometidas a algo peor que la cosificación: la desaparición total. Nicole Loraux recuerda ese pasaje de Las  euménides de Esquilo, cuando habla Apolo:

«La mujer que engendra un hijo no es madre; sólo es la nodriza de la semilla que ha sido depositada en ella. El hombre que la fertiliza es el padre y ella, como una extraña, protege el fruto. Lo que quiero decir es que puede haber padre sin madre».

La mayoría vivía recluida en el hogar o en espacios privados donde convivían con los esclavos, incluso en las familias aristocráticas. No podían ser dueñas de tierras ni mucho menos heredarlas, que era uno de los requisitos para la ciudadanía y, sobre todo, para la participación política. Y si acaso eran las únicas sobrevivientes de un hombre poderoso, la fortuna de éste debía pasar al varón más cercano a la viuda. Pero, ¿por qué la ciudad tenía un nombre femenino? San Agustín, basándose en Marcus Terentius Varro, nos ofrece una posible respuesta:

Cuando se fundó la ciudad de Atenas el nombre fue tomado de Minerva, que en griego se llama Atena. Apunta Varrón esta causa: habiéndose descubierto allí de improviso el árbol de la oliva, y habiendo brotado en otra parte el agua, turbado el rey con estos prodigios, envió a consultar a Apolo Délfico qué debía entenderse por aquellos fenómenos, o qué se debía hacer. El oráculo respondió que la oliva aludía a Minerva, y el agua a Neptuno, y que estaba en manos de los ciudadanos el llamar aquella ciudad con el nombre que prefirieran de aquellos dos dioses, cuyas insignias eran aquéllas. Cecróps, recibido este oráculo, convocó para que dieran su voto a todos los ciudadanos de ambos sexos, por ser entonces costumbre en aquellos países que se hallasen también las mujeres en las consultas y juntas públicas. Consultada, pues, la multitud popular, los hombres votaron por Neptuno, y las mujeres por Minerva; y hallándose un voto más en las mujeres, venció Minerva. Enojado con esto, Neptuno hizo crecer las olas del mar e inundó y destruyó los campos de los atenienses; porque no les es difícil a los demonios el derramar y esparcir algo más de lo regular las aguas. Para templar su enojo, dice este mismo autor, los atenienses castigaron a las mujeres con tres penas: la primera, que desde entonces no diesen ya su sufragio en los públicos congresos; la segunda, que ninguno de sus hijos tomase el nombre de la madre, y la tercera, que nadie las llamase ateneas. Y así aquella ciudad, madre de las artes liberales y de tantos y tan célebres filósofos, que fue la más insigne e ilustre que tuvo Grecia, embelecada y seducida por los demonios con la contienda de dos de sus dioses, el uno varón y la otra hembra, y a causa de la victoria que alcanzaron las mujeres, consiguió el nombre mujeril de Atenas. Por otro lado, la ciudad, ofendida por el dios vencido, fue compelida a castigar la misma victoria de la diosa vencedora, temiendo más las aguas de Neptuno que las armas de Minerva. Porque en las mujeres así castigadas también fue vencida Minerva, hasta el punto de no poder favorecer a las que habían votado en su favor para que, ya que habían perdido la potestad de votar en lo sucesivo, y veían excluidos los hijos de los nombres de sus madres, pudiesen éstas siquiera llamarse ateneas, y merecer el nombre de aquella diosa a quien ellas hicieron vencedora, con sus votos, contra un dios varón.

Además de masculina, la ciudadanía era un privilegio bastante resguardado porque era vitalicia, aunque corría el riesgo de perderse en caso de un delito que amenazara la estabilidad del Gobierno. Una de las razones más extrañas para perderla era la prostitución, porque se creía que un hombre que era capaz de vender su cuerpo haría lo mismo con cualquier cosa, por tanto, era corruptible y poco confiable. Para el historiador Christopher Carey, el castigo de perder la ciudadanía por ejercicio de la prostitución era poco probable. Los griegos eran tolerantes con la homosexualidad, por tanto, el retiro de la ciudadanía podría atribuirse a lo siguiente: al venderse, el hombre se emasculaba y se convertía en pasivo de la misma manera que una mujer; un estamento contrario a la hombría virtuosa y bélica de la educación ateniense. Una razón para explicar esto es que la ciudadanía era una cuestión legislativa y no administrativa; la propuesta de un candidato debía dirimirse en la Asamblea y otorgar a un extranjero la ciudadanía era más una estrategia política o bélica que de asilo o simpatía.

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Francisco Serratos es profesor de la Washington State University.

Twitter: @_libretista

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