Por José Ignacio Lanzagorta García

En los últimos 90 años sólo hemos tenido dos ex presidentes no priístas y ambos están vivos. Si pensábamos que Vicente Fox era simplemente un caso -digamos- especial, ahora vemos a Felipe Calderón tomar un mayor protagonismo y presencia en la vida electoral de su partido al impulsar abierta y públicamente a Josefina Vázquez Mota en la elección a gobernador del Estado de México. De paso, no hay que olvidar que en 2012 la aversión de Vicente Fox a ella y al calderonismo era tal, que el presidente que “sacó al PRI de Los Pinos” prefirió apoyar abiertamente a Enrique Peña Nieto. Y, bueno, además tienen Twitter. Uno se ha convertido en un comediante involuntario y, acaso, consciente de esto; el otro nos irrita o entusiasma a muchos con sus sentencias de 140 caracteres.

Y, de pronto, se lee alguna incomodidad. Ciertamente, no estábamos acostumbrados a esto. Los ex presidentes priístas recientes sostenían un relativamente bajo perfil público o al menos no muy visto en la vida nacional, electoral o partidista. Los que terminaron intensamente repudiados por la opinión pública pudieron darse el lujo de ocupar algunos cargos dentro o fuera de México, pero nada más. Aparecen ocasionalmente, sabemos o sospechamos que están o siguen ahí, que algún peso tendrán, pero los vemos poco. O sea, cuando Enrique Peña dio a conocer sus cuadros de gobierno y vimos tantos nombres que estuvieron 20 años atrás, en el de Carlos Salinas de Gortari, o muy relacionados con estos, nos quedó claro que el ex presidente seguiría presente tras bambalinas.

Con Vicente Fox y Felipe Calderón estamos viendo, tal vez, un “nuevo estilo” de ser ex presidente en México. Uno más presente, no sólo en los medios de comunicación, sino también más visto, más transparente al interior de la vida de su partido y de las contiendas electorales. Por supuesto, esto tiene sus efectos. Especialmente en el caso de Calderón. Cuando la figura de ese político despertó tal cantidad de filias y fobias, cada intervención suya trae consigo algo de la polarización que implica el personaje. Ciertamente es chocante verlo emplear el término “pejechairos” en Twitter o disertar sobre el significado del nombre de la candidata de Morena al gobierno del Estado de México. En todo caso, es un elemento más de la campaña electoral mexiquense que ya sabrá la candidata panista si le ayuda más de lo que le perjudica.

Pero no deja de sorprender la incomodidad de este activismo y, sobre todo, el de Andrés Manuel López Obrador a favor de la candidata Delfina Gómez, que expresa el PRI.  Es por lo menos curioso que sea Alfredo del Mazo, el candidato del PRI, quien denuncia que sean “otros” los que hagan campaña a sus contrincantes. Tan poco acostumbrado están los hijos de Atlacomulco a la democracia, que la presencia pública y activa de figuras partidistas le parece sospechoso, le parece inapropiado. Del Mazo, incluso, ha hecho una propuesta extraña: se compromete que no vaya al Estado de México el presidente Enrique Peña ni el presidente del PRI, Enrique Ochoa, a cambio de que sus compañeros renuncien a los apoyos de sus partidos.

No pretendamos ser ingenuos: tal vez a Alfredo del Mazo no le preocupa tanto sentir que compite contra Felipe Calderón como sí la idea de hacerlo contra Andrés Manuel López Obrador. La denuncia que él y muchos de sus simpatizantes –y amlofóbicos apartidistas- consideran legítima es la idea de que Delfina Gómez, a pesar de su propia trayectoria y experiencia política local, es un títere. Y, por supuesto, hacer esta denuncia en el contexto de una campaña electoral es tan viable y potencialmente útil para el candidato como la misma viabilidad y utilidad de la candidata de Morena de contar con el apoyo de la figura más carismática –y dominante- de su partido.

Fotos: Facebook

Al final, lo que incomoda es la idea que parece tener el PRI de que las campañas y la jornada electoral no se dirimen con la persuasión del votante a través del discurso público, de la publicidad de los respaldos y los capitales políticos partidistas. El partido encuentra más legitimidad, por ejemplo, en el uso de programas sociales. Eso no puede ser más que consecuente con el partido de los desfalcos, del control de los medios de comunicación, de las despensas: el partido que ha gobernado esa entidad por más de 90 años y entregándola ahora en un desastre de violencia, inseguridad, marginación, desigualdad, degradación ambiental, inmovilidad urbana.

Alfredo del Mazo reconoce el desastre mexiquense e incluso se atreve a llamar al “cambio”. Es decir, amén de todo lo demás, un miembro prototípico de la élite de ese estado, un pariente del actual presidente de la República, un miembro del partido que ha gobernado monolíticamente esa entidad, pretende mostrarse como oposición. La elección mexiquense nos importa tanto que no sorprende ver a la oposición usando todos sus recursos, sus figuras, sus personalidades polémicas o más fuertes. Tampoco sorprende que el PRI haga lo propio. Lo que sí sorprende es que pasan los años y el partido hegemónico del siglo XX todavía no sabe lidiar con la democracia. A lo mejor terminándolo de perder todo es que finalmente la consigue. Así sea.

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José Ignacio Lanzagorta es politólogo y antropólogo social.

Twitter: @jicito