Ya Chávez había insinuado que Estados Unidos estaba detrás de su cáncer; ayer, Nicolás Maduro afirmó que tenían “pistas” para comprobar que la enfermedad del ex mandatario había sido provocada por sus enemigos pero, retórica antiimperialista aparte, ¿es posible inocular el cáncer?

Un 28 de diciembre, el ex presidente Chávez le preguntaba a su audiencia si espías norteamericanos hubieran podido causar el cáncer que se le habían diagnosticado a 5 líderes latinoamericanos.

Al exmandatario de Brasil Luiz Inácio Lula da Silva se le diagnosticó un tumor en la laringe y su sucesora, Dilma Rousseff, se curó de un cáncer en el sistema linfático. El presidente de Paraguay, Fernando Lugo, padeció de un linfoma no-Hodgkins (no agresivo); Cristina Fernández fue operada de cáncer de tiroides y bueno, ya se sabe que Hugo Chávez terminó por ceder ante la enfermedad.

La historia no terminó ahí porque unas horas antes de anunciar la muerte del comandante Chávez, Nicolás Maduro afirmó que los enemigos de Chávez le habían causado la enfermedad que le mató.

Sin embargo, los científicos han asegurado que no es suficiente inyectar células cancerígenas en un paciente  para provocarle cáncer pues lo que ocurriría es que el sistema inmunológico de éste terminaría por rechazar y destruir esas células (aunque sí ha habido casos en donde se han inyectado células cancerígenas a pacientes sanos pero sin éxito de contagiarlos -ver las investigaciones del Dr. Chester Southam-) . La única posibilidad para implantar cáncer en una persona sería extraerle tejido, exponerlo a un cancerígeno y reintroducirlo a su cuerpo pero esto, en primer lugar, es simplemente teórico, nunca se ha hecho y no se puede defender su fiabilidad y, en segundo término, Chávez evidentemente se hubiera enterado de que le han extraído e implantado tejido.

Por otro lado se podría alegar por ejemplo que los virtuales enemigos pueden exponer a la víctima a radiación constante. Es cierto que hay oncólogos que implantan dispositivos que emiten radiaciones para tratar cáncer ya declarado pero este implante se nota mucho, debe introducirse vía catéter y no hay forma en que el ex presidente lo hubiera pasado por alto.

Otra teoría consiste en contaminar los alimentos de los enemigos populistas con aflatoxinas o agentes biológicos cancerígenos como el helicobacter pylori, que contribuye al desarrollo de cáncer de estómago, y el virus del papiloma humano, que puede causar cáncer de cuello de útero o de recto. Pero este procedimiento tardaría muchísimo tiempo y tendría una muy pobre eficacia: en regiones de África y en China, donde la población está expuesta a importantes niveles de aflatoxinas, la incidencia del cáncer de hígado es de menos de una persona cada 1.000.

Si estas técnicas no fueran suficientes para acabar con el socialismo bien se puede alucinar un último tratamiento: es bien conocido por los oncólogos el virus del Epstein-Barr, que sí puede producir un cáncer linfático o al virus de la hepatitis, que puede fomentar la aparición de un tumor hepático. Pero, otra vez, la fiabilidad es baja y ninguno de los ex mandatarios reportó haber contraído ninguno de esos virus.

Muchos factores pueden provocar cáncer pero pocos son controlables. Parece que las maquinaciones fascinantes pero improbables (como todas las teorías de la conspiración) no fueron suficientes para justificar las acusaciones del difunto comandante.

***vía Slate

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