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¿Adaptarse al cambio climático o al orden social de la devastación?

La adaptación que se propone desde las negociaciones del cambio climático, leída en su esencia política, es un llamado a la resignación.

Por: José Luis Lezama y Ana De Luca  

Ya no acepto las cosas que no puedo cambiar, 

ahora cambio las cosas que no puedo aceptar.

Angela Davis


Culminó la Cop 26 en Glasgow y con ella se esfumó una oculta esperanza que anidaba en nosotros a pesar de su anunciado fracaso. Los representantes de los países responsables de los grandes volúmenes de contaminantes que inundan la atmósfera planetaria no estuvieron a la altura de los retos del momento histórico que les tocó vivir. Sus tibios ofrecimientos para abatir las emisiones no evitarán la catástrofe advertida por los expertos. Esto significa que el calentamiento de la Tierra seguirá cobrando factura, y serán cada vez más frecuentes e intensos los impactos extremos como las olas de calor, las sequías, y las inundaciones. De ahí que la propuesta de adaptación al cambio climático sea cosa seria y no asumirla es un sinsentido, una franca negligencia. Sin embargo, es también problemático adoptarla de manera acrítica, adaptarnos como simple acto de resignación, y es sobre este último punto que queremos detenernos. 

Somos más que seres de adaptación 

Como humanidad, nos hemos adaptado a diferentes cambios de la vida, y esta capacidad que tenemos para enfrentarnos a los desafíos que nacen de nuestro simple ser en el mundo —que no es más que la expresión de nuestra voluntad de vivir— ha sido trivializada y cooptada por el indolente discurso del cambio climático. La adaptación que se propone desde las negociaciones del cambio climático, leída en su esencia política, es un llamado a la resignación, una invitación para contribuir a que el statu quo florezca.  Como lo conjeturó Kant, no somos sólo seres de adaptación y supervivencia, sino también seres de elección y propósito y podemos transformar el mundo cuando éste se hace insostenible, cuando se hace irracional, o cuando amenaza los deseos, los sueños y las ganas de una vida mejor. 

Sin embargo, en los proyectos de adaptación, generalmente propuestos y financiados desde el Norte Global, consideran a las personas del Sur Global como seres pasivos, simples receptores de ayuda, carentes de voluntad y deseos, los pobres necesitados de las dádivas del Norte Global. Mientras tanto, los países del Norte Global quieren mostrarse graciosamente como donantes bondadosos, grandes proveedores de soluciones, salvadores del destino de aquellos que requieren de su ayuda.  La ayuda que nos ofrecen para salvarnos de la catástrofe viene envuelta como un hermoso regalo, pero es un regalo envenenado de ideología, de sumisión, de un gran poder que pretende anestesiar nuestros deseos, nuestras ganas de vivir en plenitud y alegría. Lo que en verdad desean salvar son sus privilegios, los valores que sostienen su mundo, no nuestros mundos. 

La mayor parte de los recursos internacionales de adaptación se gastan en proyectos de infraestructura y en otras medidas tecnocráticas. Pero la adaptación como propuesta política para enfrentar el cambio climático, como dispositivo de poder que es, esconde más que una serie de proyectos tecnocráticos, todo aquello que se propone con las falsas promesas del desarrollo sostenible, y lo que hay dentro de este discurso es que, además de adaptarnos a los impactos climáticos, busca que nos resignemos ante este orden social que nos vulnera, que nos corta las alas, que nos impide volar, romper los muros y barrotes de esta prisión en la que se simula vivir, que aceptemos la puesta en marcha de un orden social que va contra la propia vida. 

Lo peor de todo es que estos proyectos de adaptación los hacen y piensan las personas que no están sufriendo las consecuencias climáticas; al hacerlo desde su lejana osadía, desde la frívola osadía que alienta sus vanidades, en realidad nos están diciendo qué es lo que podemos tolerar y qué es aquello que es insoportable, nos vulneran y nos cancelan hasta en la más íntimas de nuestras autonomías. Lo que se busca es sumergirnos en una parálisis, una quietud, apagar el fuego de nuestras luchas y resistencias, apagar el fuego de la vida, nuestra necesidad de ser en el mundo.

Cuando nos piden que nos adaptemos al cambio climático en realidad quieren que nos adaptemos a mucho más que al fenómeno y sus impactos, sino al propio sistema que lo generó, que celebremos y estemos agradecidos con ese mismo sistema que nos condena a una muerte lenta y prolongada. Nos enseñan que es irremediable la situación, que no hay nada que podamos hacer. Que el destino del Sur Global sea la adaptación es también una invitación a un perverso estoicismo, vivir feliz con lo dado, buscar la felicidad acomodándonos, adaptándonos a lo que es inevitable, incambiable. La adaptación es la prédica del conformismo, la aceptación de lo dado, de la vida como destino.  

Reivindicando el riesgo

Nuestra propuesta es que no tenemos que adaptarnos a un mundo que padecemos. Necesitamos menos proyectos tibios de adaptación y más bien requerimos incendiar los sistemas opresivos para abrir mundos de sueños, apropiarnos de ellos, buscarnos un lugar en esos mundos que sean amables con nuestras vidas, receptivos a nuestros corazones. No podemos—no debemos—adaptarnos a la miseria, porque eso supone un nivel de falsa comodidad, y la realidad es que necesitamos estar incómodos para resistir y trascender este mundo hostil, una incomodidad creadora que aliente nuestras ganas de vivir con dignidad y justicia.

En gran parte de la literatura de cambio climático se habla de reducir el riesgo, evitar el riesgo, y aquí lo queremos reivindicar en su sentido existencial, filosófico. Vivimos en tantos riesgos creados humanamente que hemos devenido en una sociedad de prudencia, con miedo a movernos, proponer y sacudir. Nadie como Anne Dufourmantelle ha expresado de manera tan viva y estremecedora la reivindicación del riesgo en su ensayo In Praise of Risk. Arriesgarse para ella es cerrarle las puertas a la muerte, evitar convertirnos en muertos en vida, como cada vez que nos sacrificamos por algo, renunciamos a algo querido, anhelado por nosotros, a nuestra realización y nuestros sueños; lo que queda es el vacío, la muerte del alma. Cancelar el riesgo es apostarle a la muerte, decidir vivir para siempre en una prisión por miedo a la libertad, morir en vida.  Lo que requiere el mundo ahora demanda actitudes arriesgadas, cambios totales, poco convencionales, implica atrevernos a romper las cadenas que nos atan, inyectarle fuego a nuestros anhelos de vida, a movilizarnos. 

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Ana De Luca (@anadeluca21) y José Luis Lezama (@jlezama2) son fundadores del Centro de Estudios Críticos Ambientales Tulish Balam (@C_TulishBalam).

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