Por Luis Fernández Carril

Lo confieso: me he sentido culpable. Crecí en una familia religiosa, escuchando que nacemos con un pecado original. Llevamos el pecado por la culpa de los dos primeros seres humanos que desobedecieron y fueron expulsados del paraíso. Ahora todos nacemos con ese mismo pecado; nacemos con la misma culpa. Mea Culpa.

También crecí escuchando que algún tiempo después, el Mesías vino a salvarnos a todos de nuestros pecados, a restablecer la alianza y a morir para redimirnos. Así el Mesías murió por mí y por todos los pecadores. Al ver las imágenes en las iglesias que muestran una figura sangrienta y sufriente que, en plena pureza e inocencia, murió para borrar mis pecados, siempre consideré que yo era responsable por la muerte de la persona más inocente. Mea culpa.

Cuando crecí, empecé a escuchar otro tipo de historias: Escuché de la creciente devastación del medio ambiente. También escuché sobre el agujero en la capa de ozono y el cambio climático. Más tarde, esta crisis ambiental global, en su conjunto, recibió un nombre: el Antropoceno, la época del hombre. El término se acuñó para explicar el nivel de devastación que los seres humanos hemos causado hasta alcanzar el nivel geológico. Nosotros, los seres humanos, hemos causado esta catástrofe. No obstante, no siento la culpa por la devastación de la selva de Borneo o del Amazonas, pero he oído que los seres humanos causamos esto y más. Soy un ser humano, así que debo haber causado esto. Mea culpa.

De la misma manera, recientemente leí un artículo en la revista del New York Times titulado “La década en que casi detuvimos el cambio climático“. Casi terminamos con el problema, pero nuestros intereses políticos lo evitaron. ¡Tan cerca! ¿Cómo dejamos pasar esta oportunidad? Mi error. Mea culpa.

He visto la publicidad de la petrolera Chevron llamándome con mensajes sugestivos hacia la acción individual: “Desenchufaré más las cosas, usaré menos energía, y sacaré mis palos de golf del maletero “y entonces, por supuesto, creo que es mi responsabilidad reducir mi consumo de agua y mi gasto de energía, etcétera, y no la responsabilidad de las grandes corporaciones petroleras, a pesar de haber tenido conocimiento del riesgo del cambio climático durante décadas, ni de esas 100 empresas responsables del 74% de las emisiones desde 1988, ni de esas sólo 25 corporaciones y entidades estatales que fueron responsables de más de la mitad de las emisiones industriales mundiales en el mismo período.

En las negociaciones sobre el cambio climático, escuché hace años, con el proceso del Protocolo de Kioto, que ciertos países desarrollados tenían la responsabilidad de liderar los esfuerzos climáticos por sus “emisiones históricas”, pero ahora, años después, con el Acuerdo de París, escucho que, sin contar la inacción y apatía por más de dos décadas de los países desarrollados, ahora “todos los países deben actuar y tener compromisos”. Escucho que existe un principio de responsabilidades comunes pero diferenciadas, pero también que todos tenemos una carga compartida para enfrentar el problema. Cambiamos la deuda histórica por la responsabilidad compartida. Mea Culpa.

Al mismo tiempo, sospecho cuando estos mismos gobiernos e instituciones, que no actuaron durante décadas, nos piden ahora que seamos resilientes al cambio climático, vendiendo la situación como una oportunidad y no como una condena. De alguna manera, siento que esto desdibuja su responsabilidad por su inacción y pone la carga sobre la gente, pero debo estar equivocado. 

Calculo mi huella ecológica y descubro que necesito más de 1.6 planetas para satisfacer mis necesidades. Pido mi limonada sin popote, me baño en 5 minutos con agua fría, reciclo y llevo bolsas de tela al súper, aunque estas actividades son estadísticamente insignificantes comparadas con las emisiones de los países y las corporaciones, pero ¿qué más puedo hacer? Compré mi cepillo de dientes de bambú y otros “productos verdes” y orgánicos pensando que tal vez el problema del cambio climático se resuelve comprando. Esto en principio se siente bien y hace sentir a las compañías muy felices, pero no veo que cambie mucho la situación. Creo que caí en el greenwashing

Así que, como en la religión de mi familia donde es común confesar mi culpa para expiarla, yo confieso ante ustedes mi culpa por toda esta responsabilidad que no cumplí. Me confieso y eso debería eximirme de la culpa.

Y entonces, no pasa nada. El mundo sigue en el mismo estado. Confesar esta culpa no parece cambiar la situación. No puedo expiar mi culpa climática con la confesión. Además veo que mientras yo me siento muy mal, culpar a los individuos hace reír a los políticos y a las corporaciones. Así que, después de muchos años, ahora reconozco que mi culpa no hace nada para cambiar la situación. 

Afortunadamente, ante mi culpa y mi frustración por la falta de acción que hemos causado y el tiempo que he perdido, recientemente escuché a una chica, una tal Greta Thunberg, y ahora a grupos de estudiantes y adolescentes que también se preocupan por el cambio climático pero que no están cargados de culpa. No dicen que nosotros somos los responsables. No hablan de que es nuestra culpa. Protestan por la inacción de los gobiernos. Protestan con pancartas que leen cosas como “Estás quemando nuestro futuro” o “Somos la generación que hemos estado esperando”.  Y cuando leía esto, podía oírles decir con una voz clara: “No es nuestra culpa”. Confieso que es el tipo de “Nosotros” que me gusta.

Para que los individuos actúen, necesitan sentirse empoderados, pensar que hay algo relevante y eficiente que pueden hacer, creando agencia de cambio al romper la cortina de humo creada por los gobiernos, instituciones y corporaciones que culpan al individuo. La agencia de cambio se manifiesta así en responsabilidad individual y en deber ciudadano de actuar y denunciar esta manipulación discursiva. De esta manera, en lugar de la culpa, nos dirigimos a exigir una rendición de cuentas y señalar la responsabilidad de los gobiernos y las empresas que no actuaron. 

Por lo tanto, no sé si la culpa es útil en términos espirituales, pero tal vez, en el caso del cambio climático, el único buen uso de la culpa, creo, no es hacer que los gobiernos o las empresas responsables de décadas de inacción se sientan culpables, sino hacer que sean declarados culpables… frente a un gran jurado por sus crímenes de ecocidio e inacción.

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Dr. Luis R. Fernández Carril es investigador de ética ambiental y política climática internacional y profesor de planta en el Tecnológico de Monterrey, Campus Puebla. Actualmente es miembro y Autor líder del Grupo de Trabajo II del Panel Intergubernamental de Expertos en Cambio Climático (IPCC) de Naciones Unidas para el 6to Reporte de Evaluación. Se desempeñó como asesor legislativo y posteriormente como Secretario técnico de la Comisión Especial de Cambio Climático del Senado de la República, LXIII Legislatura de 2015-2018. Sus principales líneas de investigación son la Gobernanza ambiental internacional, las negociaciones climáticas internacionales, adaptación y resiliencia y  ética del cambio climático. Ha publicado artículos e impartido conferencias a nivel nacional e internacional en lugares como la Universidad de Oxford, la UNESCO en París, la Universidad de Yale y la Glasgow Caledonian University en Escocia.

Twitter: @fernandezluis83

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