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Lucha ambiental ¿una cuestión de género?

Por Raiza Pilatowsky Gruner

El otro día platicaba con mi amiga La Sustentófila

y comentábamos un fenómeno muy curioso que hemos notado desde nuestra experiencia como comunicadoras ambientales, y es el hecho de que en esta área hay más mujeres que hombres. No sólo en la comunicación, sino que también ocurre en nuestros grupos de activistas o en carreras asociadas a “lo ambiental”, como ciencias de la Tierra o biología, mientras que en ingenierías, matemáticas y física dominan los hombres. 

Y no somos las únicas que hemos notado este fenómeno. Recientemente, se han publicado varios reportes gubernamentales, tesis y artículos que documentan y en algunos casos cuantifican las diferencias en actitudes ecológicas entre hombres y mujeres. Es así como cada cierto tiempo nuestras redes sociales se llenan de titulares que proclaman que “las mujeres contaminan menos que los hombres” o que “los hombres piensan que la ecología es poco masculina”. 

También han surgido campos de estudio, como la ecología política feminista o el ecofeminismo, que se han enfocado en analizar los diferentes contextos en los que las mujeres tienen menos acceso a recursos naturales o menos poder para decidir sobre su distribución, y cómo en respuesta las mujeres se han movilizado para resistir esos procesos injustos, como fue el caso del cinturón verde en Kenia, el movimiento Chipko en la India.

 Pero ¿cuál es la causa de las actitudes contrastantes entre estos dos géneros? 

¿Es algo natural?

Lamentablemente, la explicación de que es una cuestión innata resulta la primera y última a la que muchas personas recurren para aseverar que las mujeres son inherentemente más cercanas a la naturaleza. Estas personas ven un paralelismo entre la capacidad de parir que tienen las mujeres cisgénero o cis (término que hace referencia a personas que se identifican con el género que se les asignó al nacer) y la capacidad de dar vida de nuestro planeta: pensemos en semillas germinando, o leonas cuidando a sus cachorros, o… (la verdad ésos fueron los dos únicos ejemplos que se me ocurrieron, porque así como hay creación en la naturaleza también hay muchos ejemplos de muerte y destrucción). 

Pero siguiendo la lógica de estas posturas esencialistas, es decir, que consideran que hay un conjunto de características esenciales que determinan lo que alguien es, también ven una conexión entre los procesos y comportamientos asociados a las mujeres cis y otros fenómenos naturales, como es el caso de la menstruación y el ciclo lunar. Esta conexión, de acuerdo a las posturas esencialistas, hace que las mujeres cis sean más sensibles a lo que pasa en la naturaleza, y viceversa, explica por qué los hombres presentan esas actitudes anti-ecológicas. 

Sin embargo, ésta es una visión de la realidad muy desesperanzadora. Si asumimos que los órganos sexuales con los que nacemos determinan nuestra cercanía con el ambiente, no sólo los hombres cis del mundo se quedarían siempre tras bambalinas de la lucha ambiental, sino que también lo harían las mujeres cis que nacen sin útero, las que no pueden menstruar o tener hijes, o aquellas cuyas hormonas no siguen los ritmos de la luna. Y, más importante aún, esta visión deja fuera a personas intersexuales, o sea, personas cuyas características sexuales no coinciden con el modelo binario de lo que son el sexo femenino y el masculino; y las personas trans binarias y no binarias, que no se identifican con el genero que les asignaron al nacer (entre las cuales también puede haber personas intersexuales). 

Entonces, ¿qué está pasando? 

La explicación la podemos encontrar en la historia y en la geografía: lo que hoy en día consideramos como género (con su compañero actual, sexo), y ambiente, así como la relación que existe entre estos conceptos, cambian dependiendo de la época y la sociedad desde los cuáles los estemos viendo. Es decir, el significado que tienen “hombre”, “mujer”, o “naturaleza” en la Ciudad de México en el año 2020 no va a ser el mismo que en Sarayaku, Ecuador, donde la naturaleza es parte de la comunidad humana y viceversa; o lo que significaba ser “hombre” en la corte de Luis XIV a finales del siglo 17, proceso que implicaba poseer unos buenos tacones. Incluso en una misma época y lugar han existido mecanismos de diferenciación que determinan quién puede pertenecer a un género y quién no. Fue así como durante el comercio de esclavos, las dueñas blancas de las plantaciones eran consideradas como mujeres, mientras que el término “hembra” se usaba para las mujeres negras esclavizadas. Es decir, para la clase dominante, la clase oprimida no entraba en las categorías de género asociadas a lo humano, pero sí a lo animal. Y así era como justificaban su dominación sobre ellos. 

Lo que vemos como género, sexo y ambiente, entonces, son resultado de las relaciones sociales de determinada sociedad, relaciones que se nos enseñan desde que somos muy pequeños y que parecerían ser naturales, pero que en realidad son construidas. Y fue con la llegada del colonialismo y el capitalismo, así como la imposición del sexismo y racismo para justificar la explotación de las personas y la naturaleza, que surge el actual sistema moderno/colonial que determina los papeles que debe seguir cada quién en relación con el género, la raza, la clase y demás identidades que el sistema necesita para explotar y que unos pocos se beneficien. 

Es así como es posible que existan mujeres que nieguen el cambio climático y que alcancen posiciones de poder que impacten a otras mujeres y al ambiente, como en el caso de Sylvi Listhaug, quien además de fomentar políticas pro-petróleo durante su corto mandato como ministra de Petróleo y Energía de Noruega, también propuso una de las políticas anti-inmigrantes más estrictas de Europa cuando fungió como ministra de Migración e Integración de 2015 a 2018. Por el otro lado, lamentablemente también se ha vuelto muy común escuchar sobre los asesinatos de ambientalistas hombres en América Latina, como Samir Flores u Homero Gómez, quienes alzaron la voz por sus comunidades y el ambiente, pero que resultaron incómodos para aquellos interesados en explotar económicamente sus regiones.

Identificarnos como mujeres, hombres o personas no binarias no es un destino impuesto e innegable que determinará nuestra capacidad de cuidar el mundo, sino que es un punto de partida para entender por qué lo vemos como lo vemos y cómo podemos cambiar nuestras acciones y organización social para modificarlo. Por lo mismo, el proyecto ecologista necesita incluir una práctica anti-patriarcal. anti-racista y decolonial, que rompa con lo construido y comience, poco a poco, con la reconstrucción de un sistema más justo.

Si quieres conocer sobre este tema un poco más a profundidad, te invito a ver el video que realizamos en Planeteando

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Raiza Pilatowsky Gruner es co-fundadora y directora de Estudios Planeteando. Lleva tres años investigando, escribiendo y siendo conductora de videos y podcasts con el fin de comunicar las problemáticas socio-ambientales que afectan a nuestro país y nuestro planeta a través de la plataforma Planeteando, bajo una visión de justicia ambiental. Es Maestra en Medio Ambiente y Desarrollo Sustentable por la Universidad del Colegio de Londres y Licenciada en Ciencias de la Tierra por la UNAM. Tiene estudios en comunicación de la ciencia, desastres y cambio climático, y ha colaborado con organizaciones de la sociedad civil enfocadas a crear una sociedad más sustentable