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A Santa Claus, con desamor

En vez de hacer una lista con nuestros deseos, terminamos por escribir a Santa Claus una carta de desamor, quien quizá es más parte del problema que de la solución.

Por Ana De Luca y José Luis Lezama

 

Santa Claus

Domicilio conocido,

en algún lugar del devastado Lejano Norte

Qué extraño nos resulta escribirte, Santa Claus; a nosotros que no te hacemos reverencias y que dejamos hace tiempo de creerte, si es que alguna vez lo hicimos. En vez de hacer una lista con nuestros deseos, terminamos por escribirte una carta de desamor, pues nos damos cuenta que quizá tú seas más parte del problema que de la solución. Es decir, de muchas maneras tú encarnas todo lo que está mal en el mundo: eres el arquetipo del sobreconsumo, de la reafirmación de la blanquitud, del sexismo, del individualismo, eres un símbolo cultural que normaliza la extrema vigilancia y el control de los cuerpos, y nos tratas de programar a través de valores, imágenes y símbolos en este mundo feliz de unos cuantos, que se monta sobre las espaldas del mundo infeliz de la mayoría. 

Promueves el sobreconsumo, Santa

Creemos que representas el modelo del sobreconsumo y del consumo compulsivo que hace poco para nuestro bienestar, que enferma, contamina y aumenta los gases de efecto invernadero que calienta la Tierra y derriten el hielo en donde vives. ¿Qué tipo de patología padeces, Santa Claus, que con tu incitación a un consumo voraz e insostenible destruyes el propio hábitat que te permite vivir? El Polo Norte se está descongelando a un paso más rápido de lo que nadie podría haber imaginado: estamos perdiendo un ecosistema hermoso, frágil, que regula el clima de todo el planeta y que es fuente de vida para muchos. Quizá la apertura del Polo a la navegación, que el deshielo hace posible, te resulte beneficioso para acortar los tiempos de entrega de tus mercancías. Si en años futuros, aunque no muy lejanos, tienes que cambiar tu código postal a una menor latitud porque el hielo se habrá derretido, tú habrás sido en parte el responsable. 

Además, ¿te has puesto a pensar un minuto en los pavos que alegran nuestro paladar y nuestras fiestas navideñas de las que eres parte?

Hoy día nadie quiere enterarse de los procesos industriales modernos mediante los cuales son producidos, reproducidos y servidos en nuestras mesas. Un pavo se ha convertido en una máquina de producir carne blanca, una empresa, un negocio, una forma de hacer dinero. Los pavos comerciales son seres creados para ser ingeridos, nadie los piensa como seres vivos que alguna vez fueron, a nadie preocupa lo que ocurre antes de su arribo al mercado, al plato, al estómago.  No podríamos deleitar su clásico sabor navideño de enterarnos de algunas de las prácticas y de los hechos que rodean su puesta en escena en el mundo de los seres vivos. ¿Sabías que la cría de pavos que llegan a pesar de catorce a veinte kilos les impide volar el mínimo necesario para su apareamiento natural? Esto último les cancela una sexualidad gozosa, recetándoseles a cambio la aburrida inseminación artificial como forma reproductiva.

Promueves un orden injusto y opresor, Santa

También es tiempo de hablar del hecho de que eres un varón blanco heterosexual. Si tú eres el responsable de llevarle juguetes a niñas y niños, de traerles esa esperada alegría, ayudas a normalizar un mundo de y para los hombres blancos, quienes históricamente han tenido la ventaja de definirse a sí mismos como el modelo a seguir en este orden social que está confeccionado para privilegiarlos. Tremendo escándalo cuando ha aparecido un Santa negro en Estados Unidos.

Y por supuesto que, cuando no todos los niños reciben sus deseados regalos (porque te recordamos que, mientras que a unos los excedes con obsequios otros tantos no habrán de recibir ni un pan), el mensaje que compartes desde tu trineo del egoísmo es que los niños acaudalados se portaron bien, y que quizá los niños pobres no lo hicieron, por lo que merecen no sólo quedarse sin regalos, sino seguir siendo pobres, como lo fueron sus padres, y como serán sus hijos.  Al hacer esto, excluyes a la mayor parte de la población, y alimentas la falsa idea de la meritocracia, el mito de que la movilidad social está disponible para todos lo que le ¨echan ganas¨.  Cuando haces esto, cancelas la vida de los que trabajan, sueñan, crean riqueza, construyen las grandezas del mundo, recibiendo a cambio sólo sus miserias y sus desencantos. Así, le regalas a los ricos el cielo, y le ofreces el infierno a los pobres.

santa en el mundo

Foto: Pixabay

Además, Santa, haces que tus trabajadores, más oscuros que tú, cautivos y subyugados a tu mundo pongan todo el esfuerzo mientras tú te llevas todo el crédito. Acaparas toda la atención, te postulas como el protagonista del que es necesariamente un trabajo colectivo. ¿Has pensado alguna vez en el culto a la personalidad que practicas? Hasta donde sabemos, a esos renos no se les paga, son como los trabajadores migrantes del mundo, sobre explotados, sin las condiciones laborales y de bienestar más elementales. Tus ayudantes se tienen que ¨poner la playera¨ de la Navidad para luego tú llevarte la gloria. De modo que gozas del trabajo arduo de quienes te acompañan, todo el año, mientras que tú sólo trabajas un día. 

Eres un panóptico

Además, Santa, no eres más que una forma de control social, formas parte de la extrema vigilancia a la que estamos sujetos hoy en día. Estamos sujetos a tu mirada que ve todos nuestros movimientos, eres quien nos vigila día y noche, así nos lo reiteran las canciones sobre ti. Nos vigilas para decidir si merecemos regalos a final de año, pero también para catalogarnos como “buenos” o como “malos”. No eres más que el epítome del panóptico de Foucault, encarnado en una larga barba blanca y una risa ridícula. Y aunque tu poder de disciplina aumenta a medida que se acerca la Navidad, cualquier época del año es un buen momento para ajustar o corregir cualquier mala conducta. 

Es tiempo de cambiar, Santa

Santa, deberías bajarle un poco al tren, y repensar ese modelo de vida que le propones o impones al mundo como fórmula de la felicidad. Podrías, por ejemplo, pensar en quienes ya no tienen sueños ni esperanzas porque son devastadas por esa producción, consumo que le exige a humanos y no humanos lo que sólo pueden dar a costa de sus propias vidas. Santa Claus, piénsalo, un mundo mejor es posible. 

Así que, Santa, este 24 de diciembre, ayudados un poco por la pandemia, nos rebelamos y liberaremos un poco de tu yugo, no nos perderemos en la extravagancia y el deslumbre de las luces, las cenas decadentes y los regalos inservibles. Qué pena nos da decírtelo, Santa Claus, pero nos tememos que no, este año no habrá noche de Navidad explotadora y de consumos. Mucho menos de posibles contagios.

Con desamor,

José Luis y Ana

Posdata: Muchos niños del mundo están muy tristes, sus padres no sólo no podrán darles regalos, batallarán para darles de comer, perdieron su empleo. Además, muchos patrones aprovecharon para deshacerse de sus empleados y de sus obligaciones. No sabemos si tú lo sabes, Santa: ser pobre en la navidad, en medio de tantos productos inservibles que se ofertan, es de una crueldad inaudita.

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José Luis Lezama y Ana De Luca son fundadores del Centro de Estudios Críticos Ambientales ¨Tulish Balam¨. Sus correos: [email protected] y [email protected]  

 

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