Por: José Ignacio Lanzagorta García

Se ha reiterado en los análisis de las últimas semanas: el gobierno de Peña Nieto duró tan solo dos años

. Se ha vuelto lugar común decir que no superó su incompetencia ante la noche de Iguala y el reportaje de la casa blanca. Lo que siguió después no fue más que una concatenación semanal de errores y desatinos que no hicieron más que seguir cavando la tumba de una administración muerta. Durante cuatro años, muchos nos partimos la cabeza tratando de entender esa desconexión entre Los Pinos y el resto del país; esa sensación de norte perdido; cómo acciones y declaraciones sencillas que podrían contener su propia caída nunca llegaban. Las razones pueden ser muchas y muy complejas, aquí me voy a detener en una elucubración que parecería superflua pero que tal vez nos permite comprender cómo en su último día, este gobierno puede hacer algo tan estúpido como dar la máxima condecoración mexicana a un funcionario de la administración Trump.

Foto: Getty Images.

En el teje y maneje de las negociaciones entre ambos gobiernos por un nuevo tratado de libre comercio sabemos que la relación personal entre Videgaray y Kushner fue clave. Cuando nuestro canciller responde ante la prensa que Kushner fue clave para poder llevar a cabo las negociaciones en el contexto de un presidente tan fuera de sí, tan impredecible y tan hostil como es Trump, no queda más que creerle. Tal vez sin esa amistad, no habría tratado, dice Videgaray. Y tiene razón. ¿Convierte eso en un héroe a Kushner? Algunos nos preguntamos si entre las demandas y exigencias personales que pudo haber impuesto Kushner por su intercesión estuvo también recibir distinciones públicas del gobierno mexicano. Es decir, luego de condicionar su apoyo a repeler una amenaza de su suegro y de la administración de la que forma parte, ¿la condecoración no sería parte de la humillación de este gobierno? ¿O habrá sido iniciativa exclusiva de un gobierno apanicado que está dispuesto a concederle toda la gloria a quien no le cumple una amenaza?

Supongo que las dos preguntas tendrán algo de verdad, pero a estas alturas de este gobierno, empiezo a sospechar que la segunda habrá tenido mucho peso. En la retórica de los últimos años de esta administración “hicieron lo que tuvieron que hacer”, “no están ahí para complacer a la opinión pública”. Desde las caídas más estrepitosas en la aprobación del gobierno de Peña Nieto, al interior de la administración se escucharon muchas veces argumentos así. Que las reformas estructurales de los primeros dos años habrían afectado intereses de poderosos que ahora querrían vengarse desprestigiándolos. Que estarían dispuestos a pagar el precio de la impopularidad del corto plazo, pues en el largo se verían los manjares de su legado.

Y le fue bien: Peña Nieto termina sexenio con un 74% de desaprobaciónEstas ideas que bien podrían mirarse como un precario mecanismo de defensa, hicieron sentir cómoda a la administración con su aislamiento. Le dio una legítima justificación a seguir persiguiendo el descrédito. Pareciera que la desaprobación la tomaron como indicador de éxito. Una adicción al repudio. Desde ahí es que es comprensible invitar al candidato Trump a Los Pinos: los ignorantes podrán leerlo como una traición a la República y ni modo, ellos están asegurando el porvenir de México ante un futuro incierto. Desde ahí la liberalización de los precios de los energéticos y combustibles podía darse sin mayores medidas de contención: mejor que nos odien de una vez, nunca sabrán cuánto tendrán qué agradecérnoslo.

La arrogancia fue la que aíslo a esta administración. El aislamiento la hizo impopular. La impopularidad la hizo peligrosa. El ciclo nunca se rompió porque, para colmo, sus peligros no hicieron más que profundizar su aislamiento y su arrogancia. No hubo consecuencias para sus escándalos más allá del repudio y la estrepitosa derrota electoral porque, en su arrogancia, “estaban haciendo lo que tenían qué hacer”. Nunca pagaron las cuentas. Y, para desgracia de todos, la próxima administración no pretende pasar ninguna factura.

Le darán la Orden Mexicana del Águila Azteca a Jared Kushner. La historia de por qué esto tiene que ser así, ya la tienen: salvó a México de perder cualquier tratado de libre comercio con Estados Unidos. No podían darle solo las gracias, había que condecorarlo. El repudio a esta medida lo tienen también calculado: el pueblo de México no entenderá nunca el valor que tuvo Kushner en todo esto, pero no importa. Se van así. Se van envueltos en su arrogancia. Se despiden autocomplacidos: nos odiaron todo lo que pudieron pero nunca entendieron el bien que les hicimos. Qué bueno que ya se van.

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José Ignacio Lanzagorta es politólogo y antropólogo social.

Twitter: @jicito