Hace más de cien años existió en México un grupo de jóvenes escritores que se hacían llamar “decadentes”. Su rebeldía ante todo lo establecido, su actitud iconoclasta y su capacidad volátil de imaginar marcaron un precedente fundamental en la cultura mexicana. Sin embargo, sus nombres y sus obras se han perdido en el tiempo; quizá por cierta voluntad de olvido propia del siglo XX, quizá porque su actitud destructiva no estaba en consonancia con un México del orden y del progreso.

Perversos y pesimistas. Los escritores decadentes mexicanos en el nacimiento de la modernidad, de José Mariano Leyva, constituye un memorial que pretende recuperar para el gran público a este grupo de marginales. Su ensayo representa un primer acercamiento vacilante a ese grupo que representa el lado oscuro de nuestras letras.

En pleno porfiriato, los “decadentes” gustaban de escandalizar a los bienpensantes y atentar contra una sociedad llena de prejuicios. En entrevista exclusiva para Sopitas, el autor mencionó:

“Además de que son los primeros excesivos, cuyo comportamiento no se quedaba en las letras sino que se reflejaba en los bares y cafés, gustaban de azotar las buenas conciencias del profiriato. Se paraban en los bares a recitar, por ejemplo, un poema de Paul Verlaine sobre el culo de sus amantes”

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El “decadentismo” es en parte una resonancia del complejo cultural europeo, asegura Leyva:

“Estoy convencido de que el decadentismo es la primera moda literaria mundial: Baudelaire escribe sus ensayos y, en meses, jóvenes de todo el mundo lo empiezan a copiar. Sin embargo, siempre que se emula una visión europea, hay rasgos nacionales. Por ejemplo, los decadentes mexicanos no sólo se oponían al positivismo, sino también al catolicismo. Los decadentes imprimen su sello. No obstante, muchos lectores conocen a Baudelaire, pero pocos reconocerían a Ciro B. Ceballos o a Alberto Leduc”

La tradición mexicana de las letras contraculturales no está del todo explorada. Los lectores actuales en nuestro país conocen mejor a los marginales franceses que a los mexicanos. No es de extrañar: es más fácil de asimilar la contracultura foránea, que aquella que se erige en contra de nuestros propios valores. Probablemente, la contracultura europea sea menos quemante para nosotros que la propia.

“El decadentismo se oponía al positivismo con imágenes. Frente al ideal positivo de juventud sana y optimista, oponían personajes jóvenes enfermos, débiles, masoquistas y a merced de mujeres sádicas”

Mientras el porfiriato se esforzaba en construir una patria progresista, centrada en los valores mercantiles y volcada hacia la frivolidad; los decadentes elegían mostrar el lado opaco, los residuos de ese supuesto “progreso”, las contradicciones de un sistema económico que multiplica en igual medida las ganancias y la pobreza. Mientras para el régimen era una preocupación casi obsesiva regular la prostitución, con el fin de disimularla y explotarla más eficientemente; estos escritores preferían explorar los abismos existenciales de la prostituta, el complejo socioeconómico que representa y el lado simbólico y místico del goce de su carne.

“Los positivistas querían una ciudad ordenada, cuadriculada; y lo que les gustaba a los decadentes eran el vagabundo y el borracho de la esquina”

Cien años han pasado desde que los “decadentes” poblaran el panorama literario de nuestro país. Muchas cosas han pasado desde entonces, pero las pulsiones que los empujaron a construirse como contracultura, quizá nunca se fueron:

“Los decadentes comparten  con nosotros una noción apocalíptica porque el discurso de la decadencia sigue aquí”

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José Mariano Leyva nos recuerda que todos los fines de siglo se parecen, y en el fin de siglo XIX en México se vivió un estado de hastío, de necesitad de crear otra cultura, de escepticismo respecto a las instituciones que quizá se vivió a finales del siglo XX. Más aún, probablemente se trata de una sensación de crisis que no se ha superado hasta hoy.

Perversos y pesimistas muestra un abanico de temas, motivaciones y consecuencias que poblaron el universo “decadente” mexicano. Después de recorrer sus páginas queda una extraña sensación que nos identifica con ellos y un deseo por conocer más a este grupo de descastados. Desafortunadamente, nos comentó José Mariano, no hay muchas ediciones accesibles de estos escritores. No obstante, recomendó enfáticamente la edición de Factoría de los Cuentos completos de Bernardo Couto Castillo (“la leyenda que empezó a escribir a los 14 años y murió a los 21”), la reedición de En Turania de Ciro B. Ceballos, y una reciente antología de CONACULTA sobre el mismo autor.

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El ensayo de Leyva representa un intento loable por llevar a estos escritores a todos los amantes de la literatura y de lo extraño. Sin duda puede ser un primer acercamiento muy atractivo a esta generación oscura de las letras mexicanas.

Por: Fernando Barajas