Por Esteban Romero

La política, sobre todo en Latinoamérica, muchas veces puede rayar en lo ridículo y alucinante. Lo anterior queda perfectamente demostrado en Las Maldiciones, novela más reciente de Claudia Piñeiro. La escritora, dramaturga y guionista (Buenos Aires, 1960) se ha caracterizado por presentar en sus obras reflexiones acerca de la realidad argentina que no se encuentran peleadas con el suspenso y lo policíaco. Además, posee un toque especial para describir comportamientos sociales y construir personajes creíbles.

“No hay razones para dudar de la eficiencia de ciertas prácticas mágicas. Pero al mismo tiempo se observa que la eficacia de la magia implica la creencia en ella”. Éste es el epígrafe, de Lévi-Strauss, con el que la novela de Piñeiro arranca. En el mundo creado por la autora, los políticos no solamente son inescrupulosos, sino profundamente irracionales y supersticiosos: Fernando Rovira, personaje de la novela, busca separar la provincia de Buenos Aires en dos por una supuesta maldición que aqueja a quien se convierte en gobernador de dicho lugar.

Conversé con la destacada escritora argentina acerca de la novela negra y de su más reciente libro en el que un joven, Román Sabaté tendrá que sufrir los dolorosos resultados de adentrarse en el mundo de la política. A pesar de que muchos autores de novela policíaca hoy incluyen elementos fabulosos en su obra, Piñeiro parece hacerlo pero en un sentido satírico.

“En mi última novela hay una apelación a la magia y a la brujería pero quizás hasta crítica, no pensando que eso va a funcionar, sino que a veces los políticos creen en esa magia y, como dice Lévi Strauss en su libro de Antropología Estructural, si el hechicero le dice al pueblo que una magia funciona y el pueblo lo cree, la magia funciona pero no porque realmente sirva sino porque el pueblo le cree al hechicero. Entonces, en ese sentido se toma lo sobrenatural en mi última novela, Las Maldiciones”.

De cualquier manera, para Piñeiro, los grandes problemas de la novela negra no residen en la inserción de elementos fantásticos, sino en la verosimilitud de la historia.

“De todos modos, creo que los autores que apelan a lo sobrenatural, si lo construyen con verosimilitud, puede funcionar porque la novela policial tiene muchos problemas de verosimilitud aunque no tomes lo fantasioso o lo sobrenatural. Por ejemplo, en Argentina, y creo que en muchos países de Latinoamérica, tenemos mucho inconveniente para generar un detective si es un policía. En general, hubo muchos años de policía corrupta, que no hacen bien su tarea. Entonces un argentino leyendo una novela con un detective policía tiene dos opciones: o no la cree o entra en el código y dice, ‘bueno, esto es literatura y en este mundo  que me inventan es creíble, no es corrupto y quiere averiguar de verdad quién lo mató y el porqué’. Entonces, con las mismas reglas, alguien puede introducir algo sobrenatural siempre que lo construya con la verosimilitud que necesita ese género. Yo no sabría hacerlo pero creo que Connolly, por ejemplo, lo sabe hacer muy bien”.

las maldiciones

Uno de los elementos más interesantes en la novela de la argentina se da con los divergentes puntos de vista desde donde la historia se narra. “Para mí, una de las cosas que más me interesa cuando escribo es pensar el punto de vista que no necesariamente es sólo el narrador. Porque puede haber un narrador en tercera persona que sigue con su punto de vista a uno de los personajes. Una prueba que hice en esta novela de Las Maldiciones es introducir distintos puntos de vista. Hay 2 puntos de vista que son los principales: el protagonista Román Sabaté y una periodista que investiga cosas relacionadas con las maldiciones. Pero después hay un capítulo en la novela para cada uno de los personajes principales y secundarios para que hablen como si fuera un teatro en el cual  te parás en el escenario y hablás a cámara y decís quien sos y cómo ves la situación. Está en tercera pero con un punto de vista absolutamente pegado a ese narrador, entonces casi es una primera persona. Lo que hace esa estructura es que para el lector esa novela de policial tiene distintas voces y esas voces no encastran como en un puzzle perfecto sino que se sobrepasan unas con otras más como el formato de un caleidoscopio donde se manchan las imágenes porque cada uno da su punto de vista y hay pequeñas diferencias entre lo que ve uno y lo que ve otro. Entonces lo que me parece que es interesante para el lector es qué dirá: ‘¿cómo? Pero éste dice algo y el otro no dijo exactamente eso’. Entonces el lector tiene que ir armando su propia historia en función a esos corrimientos leves de los puntos de vista. Uno está todo el tiempo tratando de renovarlo, no por el ámbito de ser un renovador sino porque uno mismo trata de experimentar en su escritura distintas cosas y forzar los límites y de llevar a tus lectores a otras posibilidades.

En las novelas de Piñeiro se trasluce un claro reflejo de la difícil situación de Argentina, para ella, el género negro siempre es, de uno u otro modo, un reflejo de la sociedad.

“A mí me gusta mucho decir, cuando doy conferencias sobre el policial negro, que para contar una novela negra, un crimen, vos tenés que contar la sociedad donde esa novela transcurre. Y para contar una sociedad, también tenés que contar los crímenes que ahí transcurren. No son los mismos crímenes los que se cometen en México, que en Argentina, Estados Unidos o Suecia. Por eso decía en una universidad que fui, que en Estados Unidos, por más que les resulte raro, es levemente habitual que un tipo agarre una escopeta y mate gente en un supermercado, una discoteca, en una universidad. En Argentina o México serían crímenes raros. No es lo más común. Ahora en Argentina desaparecieron 30,000 personas en la dictadura, en México tienen los 43 de Ayotzinapa. Son distintas sociedades dando distintos tipos de crimen y me parece que ayudan a la novela y también para entender a las sociedades”.

Este espejo de la sociedad se ve muy presente en una de sus obras más conocidas, Las viudas de los jueves. ”Esa novela cuando yo la escribí, quería escribir una novela sobre la década de los noventas en Argentina y la década de los noventa fue una década que terminó con una crisis económica brutal en el 2001, con mucha gente que quedó fuera del sistema. Me parecía que contar a esta otra gente que creyó viviendo que éramos ricos, como si fuéramos ricos, que se enteró recién en el 2001 de la crisis era un punto de vista interesante y un punto de vista que yo podía contar porque yo conocía ese ambiente. Si yo tuviera que escribir a lo mejor sobre cierto ambiente muy marginal, me sentiría incapacitada porque lo desconozco, entonces siento que tendría que hacer mucha investigación y que hay gente que lo hace muy bien y por qué me voy a meter yo con ese mundo. Estos personajes de Las Viudas de los Jueves los conocía y me parecía que era una posibilidad contar desde ese punto de vista que era un lugar desde donde no se había contado todavía. Cuando escribí Betibú varios años después conté una novela en el mismo ambiente pero en vez de contada por los personajes que vivían dentro, por los personajes que tenían que ingresar: las empleadas que entraban a limpiar, el chófer de un taxi, la periodista que iba a investigar, el policía. En toda esa novela el punto de vista corría desde afuera aunque el ambiente era el mismo”.

Por escribir obras tan críticas de la realidad argentina, muchas veces se suele pensar que sus libros tienen alguna especie de responsabilidad moral. “No creo que la literatura esté para operar en ese sentido, no va a cambiar a ningún corrupto (risas). Pero sí puede servir como catártico, para el que lo escribe y para el que lo lee. Porque el ciudadano que hoy lee las noticias de corrupción, de crímenes, cuando lee los diarios, los lee pensando que nunca va a saber la verdad, que nunca va a ir preso quien tiene que ir preso, que nunca se va a hacer justicia. En cambio, la novela policial te promete una suerte de justicia, una suerte de verdad, una suerte de poder saber quién lo mató y por qué. Me parece que en algún punto alivia al lector, que en algún lugar, no en el mundo cotidiano, no en el mundo del día a día, pero en algún lugar hay alguien que sabe por qué el mundo funciona como funciona y quiénes son los buenos y quiénes los malos. Ponen todos estos dolores que nos genera el día a día y que no los podemos solucionar”.

¿De dónde viene el desprecio a la novela negra?, se le preguntó. “Sí, yo creo que puede ser que el desprecio venga de que hay muchos escritores de novela negra y hay mucha novela negra más del tipo de novela de enigma que están escritas más para entretener como podría ser un crucigrama, un sudoku, lo que sea. Entonces, en el medio de novela negra entran Simenon, que es un gran autor francés, entra Lemaitre, Chandler, entran autores extraordinarios y también entran autores bastante menores que pueden producir un entretenimiento, pero que después son literaturas más olvidables. Entonces, en ese sentido, me parece que también hay un desprecio por eso, porque hay mucho escrito”.

Foto: Twitter

A pesar de ello, ve con optimismo el futuro del género policial en su país.En Argentina tenemos mucha tradición de novela negra y lo que tenemos son muchos escritores que no son escritores solamente de novela, pero que han escrito alguna novela negra en su carrera. Es muy raro que encuentres uno que no escribe nunca nada que no tenga que ver con la novela negra. Me parece que tiene que ver con mirar alrededor y para poder contar lo que ves alrededor, siempre aparecen cosas relacionadas con la novela negra y en Argentina yo creo que la tradición va a seguir porque tenemos muy buenos autores de novela negra, porque tenemos tradición, porque tenemos grandes autores fundacionales como Borges o Cortázar que no despreciaban la novela negra, al contrario. Entonces tenemos esta impronta. A mí me parece que el futuro de la novela negra en Argentina es bueno más allá de que el futuro del país es complicado en todos los sentidos, no solamente para la novela negra (risas). Pero si levantamos cabeza, me parece que la novela negra es interesante y además hay muchas cosas para contar de los últimos tiempos en Argentina que encajan perfectamente en la novela negra. Cuestiones relacionadas con corrupción, con cuestiones de política después deviene en novela negra”.

Finalmente, se le preguntó acerca de por qué nos gustan tanto estas historias. “Mira, hay muchas teorías sobre por qué el policial atrae. Porque además es una cosa que viene desde siempre. Me parece que por un lado es el refugio de la trama. Durante mucho tiempo en estos últimos años se ha dicho que son mejores los libros que no tienen trama, entonces hay lectores que cuando leen un libro sin trama se pierden, se aburren y no les gusta. Hay libros extraordinarios sin trama, pero no son para todos los lectores. Entonces hay muchos lectores que la necesitan. El género policíaco vos sabés que tiene trama y que ahí encontrás que te van a contar una historia. Entonces eso de contar historias no hay duda que lo tiene la novela policial. Después está esto de que esta historia que te cuentan repara un poco lo que es el día a día de los crímenes que ya hablamos, de no saber cuando aparece un crimen quién fue, pero en la novela negra sí y ahí también hay un atractivo. Y después yo creo que hay un entrenamiento de lectura que vino de Edgar Allan Poe en adelante: el lector que aprendió a leer novela negra le gusta leer con ese código, con el código del suspenso, con el mecanismo de ‘a ver si yo me anticipo y descubro lo que pasó’. Entonces hay todo un mecanismo que hace el lector de novela policial es un lector muy activo, activo en ese sentido de estar tratando de escribir en el aire lo que van a venir en las próximas páginas”.