No hay manera de silenciar a las mujeres y niñas que han sido víctimas de agresiones de índole sexual, tampoco de discriminación en diversos entornos como el trabajo o la escuela, o que han sido objeto de difamación bajo un sistema opresor que no les permite ser libres y responsables de esa libertad.

La mayoría, lamentablemente, hemos sido víctimas de todas ellas en distintos momentos: autoridades que buscaron exponer nuestro cuerpo por diversión; recibir la mitad del salario que nuestros colegas hombres; palabras repugnantes en el transporte público; hostigamiento por distintos medios como llamadas, mensajes e incluso presencia física del sujeto. Es claro. No es no, y definitivamente no está sujeto a interpretación.

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Foto: Jimena Palacios

Las circunstancias actuales, de este modo, nos llevaron casi obligados, a hablar del contexto violento, discriminatorio y desigual en el que se desarrollan las sociedades, en especial la mexicana basada en una cultura machista sustentada, asimismo, en varios elementos como la religión, tradiciones, valores familiares y entorno sociopolítico. Las mujeres (mexicanas) han sido violentadas desde hace mucho tiempo y es momento de hablar del tema.

De este modo, se han creado distintas organizaciones y movimientos de búsqueda de igualdad y denuncia que trabajan a favor de las mujeres y apoyan a las víctimas para atravesar un proceso tortuoso (como nos ha enseñado la historia donde la justicia es nula). Sin embargo, los modelos del movimiento se realizan con base en los preceptos culturales e históricos de un país como Estados Unidos. Y quizá aquí, sin demeritar la lucha, se encuentra nuestro error.

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Un poco de contexto de cómo empezó todo

A finales de 2017, se expusieron las decenas de casos de agresión y abuso de poder contra mujeres por parte del productor Harvey Weinstein. Este hombre se aprovechaba de su situación de poder para obligar a las mujeres a hacer cosas degradantes y convertirse, así, en víctimas de distintas agresiones como violación. Una investigación publicada en The New York Times reveló el sistema Weinstein que muchos hombres aplicaron durante años para aprovecharse de la vulnerabilidad de una mujer (no necesariamente física, sino cultural).

Así nacieron movimientos y discursos feministas de lucha como Time’s Up y #MeToo, los cuales se han tambaleado en un par de años entre silencios, denuncias y es justo decirlo, acusaciones falsas o exageradas.

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En México, el contexto histórico y cultural es muy distinto al de Estados Unidos. Ni qué decir frente a Europa. Los países europeos como Francia, siempre se han jactado de una libertad de pensamiento que, actualmente, marca una diferencia entre el acoso sexual (como agresión y violencia repugnante) y el coqueteo (como un piropo o una atracción que no es recíproca).

Esto resulta inútil en un país puritano como lo es Estados Unidos donde sus líderes y personajes mediáticos, deben apegarse a ciertos valores tradicionales como el de la familia. El mejor ejemplo es el expresidente Bill Clinton, quien protagonizó un escándalo sexual cuando mantuvo una relación (se habló de un caso en específico de sexo oral) con Monica Lewinsky, becaria de la Casa Blanca.

Pero, ¿qué sucede en México?

Un fenómeno completamente distinto. Las agresiones son más salvajes, brutales y conocidas, pues suceden a diario. Esos “coqueteos”, aquí, se han convertido en cifras alarmantes. A esto se le suma el hecho de que el movimiento como tal, ese primer #MeToo, parece haber llegado un poco más tarde.

Como mencionamos, a finales de 2017 salió el caso Weinstein y puso el tema sobre la mesa en nuestro país. Algunas actrices mexicanas denunciaron haber sido víctimas de agresiones, pero sin revelar el nombre del agresor. Las razones, distintas entre denunciantes, se deben en su mayoría al miedo y las represalias que pueden sufrir después de alzar la voz.

Un hombre se masturba en un parque, y la mujer que lo denuncia es atacada. A una periodista le bajan los calzones en la calle, y la amenazan de muerte tras presentar una denuncia formal. Una profesional, cualquiera, habla del abuso de poder por parte de su jefe directo, y la despiden de forma injustificada. Esa es la realidad de México y por la cual no podemos apegarnos tan fácilmente a un discurso americano ni europeo. Debemos crear el nuestro y comprender las aristas de un movimiento a favor de la libertad, igualdad y respeto entre los individuos que conforman la sociedad, sobre todo este último.

Para empezar, y sin jugar con pretensiones, hemos de reconocer que no todas las denuncias son de acoso, pues solemos confundir el término y reducir todo un contexto en una sola palabra, como señala Marta Lamas en ACOSO: ¿Denuncia legítima o victimización? Hay varias formas de violentar los derechos de una mujer por el simple hecho de ser mujer, pero hemos de diferenciarlas y comprenderlas por separado.  

Foto: Getty Images

Debemos dejar de lado la victimización y luchar por una imagen de equidad

Por otro lado, y se aclara nuevamente que esto se dice sin demeritar la enorme labor de aquellos involucrados en los distintos movimientos de denuncia, debemos dejar de lado la victimización y luchar por una imagen de equidad en la que, con nuestra voz y el apoyo mutuo, podemos defendernos. Con esto, evitaremos el discurso victimista, contrario a esa libertad que se nos ha negado.Porque no somos reductibles a nuestro cuerpo. Nuestra libertad interior es inviolable”, escribieron un grupo de feministas en la declaración titulada “Defendemos una libertad de importunar, indispensable a la libertad sexual”.

Debemos también reconocer que las sociedades se construyen de individuos, de hombres y mujeres, y la concientización de la existencia de un problema de violencia sexual, debe ser para ambos lados. Una mujer debe comprender los distintos escenarios en los que se puede agredir. Antes de todos estos movimientos, solíamos justificar ciertas conductas con excusas como que conocíamos al sujeto, el agresor era nuestro jefe, o como un simple error de espacio. Y la realidad es que se trata en muchos casos de agresiones evidentes dentro del contexto de violencia. Es momento de comprender todo el fenómeno y sus distintas formas, y así, llamarlas por su nombre: acoso sexual, violación, hostigamiento, violencia física, violencia psicológica, pederastia…

acoso sexual

Foto: Getty Images

En cuanto al hombre, este debe entrar en el debate como lo que ha sido en muchas ocasiones, un agresor, pero también como parte de contexto sociocultural que ha visto al hombre como único responsable de la vulnerabilidad de las mujeres. Se debe evitar el discurso violento que han aplicado en las mujeres. No se trata de odiar la figura masculina ni la sexualidad como un proceso (que no es salvaje ni agresivo de forma natural, que quede claro), sino de identificar a los verdaderos agresores y formalizar nuestras denuncias.

Los movimientos de #MeToo que se han dado las últimas semanas en México para denunciar casos de acoso y hostigamiento en el trabajo, son un foro en el que las mujeres pueden alzar la voz y realizar denuncias anónimas. ¿Por qué de esta forma? Porque la justicia nunca ha jugado del lado de una víctima. Suelen atacar al denunciante y se le exige que acuda a las autoridades antes de realizar la denuncia por redes sociales. Pero la historia nos ha dictado un camino distinto y hablarle a un policía resulta, pues, inútil.

Las denuncias que se realizan en páginas de redes sociales como #MeTooMúsicosMexicanos, #MeTooCineMexicano, #MeTooEscritoresMexicanos y más, son válidas. Presenciamos un momento de libertad para las mujeres que conlleva ciertas responsabilidades, y una de ellas es comprender el poder de una palabra. Un acosador puede terminar con la vida personal, íntima, profesional e incluso espiritual de una víctima. Y una denunciante puede terminar, del mismo modo, con la vida  personal, íntima, profesional e incluso espiritual de alguien que es acusado bajo falsos testimonios.

La falta de justicia y procesos legales han orillado a las mujeres a realizar su denuncia de esta forma, pero de ninguna manera a levantar falsos. Les (nos) creemos a ellas, totalmente. Pero hemos de reconocer que la sociedad se construye de supuestos también. Debemos escuchar las denuncias mientras se mantiene una idea de presunción de inocencia para ambos lados. Un falso testimonio es violencia en cierto grado. Sí, se han violentado nuestros derechos como mujeres y no nos escucharon durante siglos, pero eso no nos da el derecho a levantar falsos y echar para abajo el verdadero movimiento y lo que sí propicia un cambio.

No se trata de perdón ni de olvido, pero tampoco de venganzas

Si se es responsable, se deben pagar las consecuencias. Punto. Pero si el acusado no lo es y se denuncia de forma pública, ¿qué sucede? La muerte de Armando Vega Gil (puede sonar crudo) fue su responsabilidad y su decisión. Se debe investigar el caso sin poner en riesgo a la denunciante. La otra cara de la moneda es que no se ha dado un espacio para defenderse, y si queremos una sociedad justa (sin olvidar el pasado injusto de las mujeres), este debe existir y debe tener el mismo peso mediático que la denuncia. No se trata de perdón ni de olvido, pero tampoco de venganzas. Se abrió el debate y se debe conversar, no atacar de la misma forma y con un discurso de odio.

Si bien estos movimientos se rigen con una mirada feminista, es justo decir que el discurso de equidad, pero aún más el de denuncia, maneja perspectivas interpretativas que, al final, dividen el movimiento y el feminismo como una puerta de libertades. Las redes sociales son un espacio sin filtro, no hay límites. Gilles Lipovetsky hablaba en La era del vacío de la era del consumo masificado y una cultura posmoderna “detectable por varios signos” como el “culto de la participación y la expresión” y estos comomanifestaciones del proceso de personalización” que muestra conductas narcisistas que al final no aporta nada sino un vacío.

Foto: Notimex

Y a eso nos enfrentamos también. A la par que comprendemos un movimiento de libertad, también hay una democratización de la palabra donde “cuanto mayores son los medios de expresión, menos cosas se tienen por decir”. En el tema de violencia sexual en México, hay muchas cosas legítimas qué decir y muchos estereotipos qué romper. Eso no se pone en duda. La violencia se trata de un problema social que se vive de forma individual, no hagamos de la denuncia (nuestra única herramienta junto al discurso), un enemigo que sea capaz de romper con todo lo que se ha logrado. Pero seamos responsables de un movimiento que nos conviene a todos.