Por Esteban Illades

Es difícil escribir de nuestro país. Es complicado tratar de decir algo nuevo cuando uno ve que las cosas no funcionan. Pero también cuesta no decirlo. Aunque parezca repetición, regresar a ciertos temas es esencial: la situación en México cambia poco a poco, o tal vez más rápido de lo que pensamos, y lo hace para mal.

Cansa decirlo; a veces uno no quiere saber nada más de Javier Duarte y compañía, o de los otros tantos gobernadores, presidentes municipales, delegados y demás funcionarios que desaparecen dinero, que luego reaparece en forma de casas, de coches, de cualquier objeto que cuesta mucho más de lo que uno mexicano que gana el mínimo podrá comprar juntando todos sus sueldos de aquí a la muerte.

Pero hay que seguir diciéndolo. En 2017, tal vez todos más cansados que de costumbre –después de años de desaparecidos, de presidentes que reciben casas de contratistas, de lo que gusten, en realidad– seguimos viendo con nuestros propios ojos cómo se desmoronan las cosas. Cómo poco a poco lo que queda se resquebraja, cómo la corrupción y la avaricia se apoderan de todo. Y cómo no hay ni un poco de justicia.

Hay que hablarlo, aunque sea para no perder el hilo de lo que sucede. Hay que recordar los escándalos que se sepultan entre sí; no hay día en el que no se escuche de homicidios, de desaparecidos, de impunidad. Todo se convierte en ruido blanco al fin, el cual ignoramos porque nos parece demasiado. Mejor normalizarlo –“así es México”– a dejar que nos sorprenda. Si se vuelve cotidiano se puede lidiar con ello. Si nos sorprende nos hace la existencia insostenible –pocas cosas tan difíciles como pagar impuestos a sabiendas de que el dinero que uno da acabará transformado en el reloj de oro y diamantes de un diputado–. Pero si no se habla se olvida. Y si se olvida ellos ganan y e quedan con todo. Los responsables de este horror conocido como México.

Corrupción

Nada ha pintado de cuerpo entero al gobierno federal en estos meses como el socavón en el así llamado Paso Exprés, esa obra de 14 kilómetros y fracción en la que se gastaron más de dos mil millones de pesos, o el doble de lo contemplado en un inicio. La obra, encargada a compañías que entregaron presupuestos más caros y que incluso reprobaron ciertos rubros cuando el gobierno calificó su propuesta, es un desastre por donde se le vea.

El gobierno municipal le avisó al estatal y al federal que había problemas serios con el drenaje en la zona donde ocurrió el socavón. Hasta la constructora lo advirtió. Pero nadie hizo nada. Se construyó al más puro estilo de “ojalá que no pase nada”, pero eso sí, el presidente Peña Nieto la promocionó como si fuera un extraordinario logro de ingeniería. El secretario de Comunicaciones y Transportes, Gerardo Ruiz Esparza, dijo que si se tardaban más en hacerla era porque le estaban poniendo material de mejor calidad. Y todo quedó en manos del supervisor local, José Luis Alarcón, cuyo trabajo previo a esta complicada responsabilidad era dirigir las escuelas de Harmon Hall. Sí, las que dan clases de inglés.

Socavón Paso Express

Esta semana, se supone, sabremos los resultados de los peritajes que explicarán por qué se hundió el paso, y por qué murieron dos personas. Mientras tanto, dicen los familiares de los dos muertos –los Mena, padre e hijo– que nadie se ha acercado a proponer siquiera una indemnización. Ruiz Esparza, por su parte, sigue firme. No importa que la obra que debió supervisar costó una cantidad insana de dinero. No importa que la gente bajo su mando no supiera lo que estaba haciendo. No importa que haya dos muertos. En este gobierno nadie renuncia, nunca, porque nadie cree en la responsabilidad. Todo siempre será culpa de alguien más; por eso es que a la gente en México se le pide que renuncie y no lo hace por voluntad propia. Porque nadie nunca acepta nada. Los demás, en caso extremo, tienen que hacer que lo acepten. Y ni así se le puede llamar despido. Parecerá un problema de semántica, pero no lo es.

Nadie es responsable. Por eso decimos “se cayó”, o “se colapsó”. Las cosas se caen solas. No por culpa de nadie.

Seguridad

Qué más prueba se necesita de lo anterior cuando uno ve el hoyo negro de seguridad en el que está México en 2017. Cada mes vemos las notas: el mayo más violento de las últimas décadas, el junio más violento de las últimas décadas, el mes más violento desde que hay registro… y nos podemos seguir. Números que ni se veían cuando pensábamos que el país sufría la peor parte de la guerra contra el narcotráfico, conflicto sin sentido que no tiene fin posible. Los mexicanos se vuelven cifras. 10 asesinados en Guerrero. Otros tantos en Colima. Y luego, peor, ya ni siquiera se cuentan como cuerpos enteros –ya ni digamos personas–. Se habla de cabezas, de torsos, de pedazos. A eso se reduce una persona, a una cabeza cercenada.

Operativo Militar contra Huachicoleros en Puebla, Marzo del 2017

Pero de eso tampoco hay palabras, y cuando se enuncian –en conferencias en las que no hay rendición de cuentas, porque nunca, nunca se aceptan preguntas de nadie– es para decir que el problema viene de antes y no concierne a nadie, pues son “ellos”, “aquellos”, “los malos”, quienes se matan. Personas que no tienen estatus de persona. Subseres que no merecen ni ser nombrados, cuyos crímenes no son investigados, pues decidieron entrar en malos pasos y ésas son las consecuencias de sus decisiones. No se piensa en su entorno, a nadie se le ocurre cómo es que acabaron ahí. Si se les trata como cuerpos inertes, no se les humaniza. Si no tienen humanidad, ni para qué preocuparse. Son deshechos. Y el gobierno tiene mejores cosas que hacer. Cuáles, quién sabe.

Economía y desigualdad

Pensaría uno, entonces, que si nadie renuncia porque en qué cabeza cabe que esté haciendo algo mal, o que nadie proponga un cambio de estrategia para remplazar una que sólo acelera la pérdida de generaciones enteras a manos de un conflicto armado, es porque algún proyecto hay. Porque hay gente tan comprometida en hacer algo, lo que sea, con tal de corregir el rumbo, que aguantan críticas y vara ante una sociedad que piensa todo lo contrario –según los datos más recientes, casi el 90% de los mexicanos, o 9 de cada 10, piensan que el país va en la dirección equivocada– por algún bien que nadie ve.

Pero los datos nos dicen que algo no cuadra. Se celebra un crecimiento económico estable alrededor del 2% en el Producto Interno Bruto. Pero se ignora o se borra lo de alrededor. Se esconde –o se cambia el método de medición para documentar– la pobreza. Se hace a un lado que medio país vive en pésimas condiciones. Que los profesionistas, los egresados de la universidad, a quienes se les vendió que la educación era el camino adelante, subsisten a pesar de estar calificados para un empleo con, vaya, por lo menos prestaciones laborales de ley.

La economía mexicana, ese abstracto que nos dice que el país crece –cómo puede sonar mal que el PIB suba cuando en otros lados baja– lleva décadas estancada. Bueno, para algunos. Para otros ha sido el origen de una bonanza extraordinaria. Para los mexicanos millonarios, aquellos dueños de minas, de consorcios, de televisoras, los que sí ven los beneficios que los demás ni sueñan. Y que claro que nunca los comparten. Que si pueden los esconden en cuentas en islas de arenas blancas y mares turquesa, que los invierten en campañas políticas que garantizarán las condiciones en las que hoy viven. Que los blanquean por si en el siguiente plano existencial también es necesario sobornar a alguien para entrar al cielo plus.

Elecciones

Elecciones Mexico 2017

Y eso, el statu quo, la condición actual, la que no cambia, la que el poder quiere preservar, es lo que más debe generar preguntas. La condición que perpetúa un sistema político podrido, en el cual hasta los que presumen ser alternativa están igual de sucios que los demás –o por lo menos se rodean de cuanta inmundicia encuentran y luego se quejan de que uno lo diga en voz alta–, en el cual la riqueza no se reparte más que entre unos cuantos, quienes felices nos repiten en anuncios interminables en radio y televisión que trabajan para nosotros. Que nosotros somos el motivo por el que ingresaron a la política. Que nos sirven, que nos representan. Cuando nada está más alejado de la verdad.

Hay una pasarela interminable de candidatos, todos declarándose listos para detentar el poder por seis años. Ninguno con plan serio, todos con la idea de que su sola asunción de la presidencia será suficiente. La banda presidencial primero, las ideas –si existen– después. Diario nos dicen que ellos son la opción. Los corruptos gritan que los otros son todavía más. Los que iniciaron la guerra, pero que nunca tuvieron el valor de asumir sus costos políticos, hablan de continuarla como si fuera un éxito. Y la izquierda. La izquierda que no lo es. La izquierda que no escucha, que no sale de sus dogmas.

Ve uno esas opciones y se deprime: ¿acaso no hay más? ¿Acaso no hay otras propuestas? ¿Es México el episodio de los Simpsons en el que la gente de Springfield cavó un pozo y la única propuesta para intentar salir, cortesía de Homero, es seguir cavando?

Si nadie mueve un dedo, si se deja que las cosas empeoren tal y como se ha hecho durante décadas, si se aceptan como son, pues sí, la idiotez de seguir cavando nos empezará a parecer sensata.

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Esteban Illades

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