Por Diego Castañeda

Mientras arranca la Copa del Mundo, probablemente el evento deportivo más esperado en el mundo y del deporte más jugado recibimos la noticia de que en 8 años México junto con Estados Unidos y Canadá organizará su edición de 2026. Con ello, México será por tercera ocasión organizador, además se tratará del mundial más grande de la historia con 48 selecciones.

La noticia le generó alegría a muchas personas y, no obstante, si dejamos que la alegría se controle y comenzamos a pensar un poco más con la cartera, ¿qué implicaciones financieras puede tener el mundial “TLCAN”?

De acuerdo al proyecto original que presentaron a la FIFA los tres países, el mundial tendría un costo estimado de 20,000 millones de dólares, de los cuales 6,600 tendrían que ser cubiertos por México. México recibiría 10 partidos entre fase de grupos y la fase de octavos de final; es decir, más o menos cubriría 33 por ciento del costo y recibiría el 12 por ciento de los juegos (no parece un buen arreglo). Estos 6,600 millones de dólares son poco más de 100,000 millones de pesos, o cerca de medio punto del PIB.

Este gasto en México se destinaría a la seguridad, remodelar estadios, logística, transporte, mercadeo entre otras cosas. Parte de este gasto sin duda podría con un buen diseño terminar en infraestructura que sí se necesita en el país y tendría impacto social. Si tenemos en cuenta que en este tipo de competiciones  (sobre todo en países donde la corrupción es muy fuerte como México, como Brasil o Rusia) suelen haber modificaciones sobre la marcha, entonces debemos estar conscientes de que esos costos muy fácilmente pueden crecer.

Por ejemplo, en el mundial de Brasil 2014 los sobrecostos en la organización llegaron a ser entre 20 y 40 superiores para un total de 15,000 millones de dólares. Si pensamos en los juegos olímpicos de invierno 2014 en Rusia pasaron de costar 6,400 millones de dólares a 51,000 millones de dólares según algunas estimaciones. Es posible que México pueda ser mucho más disciplinado al momento de controlar costos, no obstante, dado lo que conocemos sobre la corrupción en nuestro país es muy posible que los costos crezcan significativamente, quizá aproximándose hasta el 1 punto del PIB.

Pongamos en contexto esa cifra; si los costos incrementaran, ¿es mucho 1 punto del PIB? Depende de contra qué lo comparamos, hoy en día, por poner un ejemplo, sería la mitad de todo el gasto de inversión pública.

Una suma de dinero así, si bien podría parecer manejable, es importante ponerla en contexto de la difícil situación de las finanzas públicas mexicanas. Hoy existe poco espacio fiscal para disponer de tal magnitud de gasto, los esfuerzos que se pueden hacer por obtener eficiencias y generar ahorros redireccionando partidas de gasto enfrentan un costo de oportunidad altísimo, ¿cuál es la mejor forma de usar esos recursos? Algunos podrían decir que es con un sistema de salud universal, otros en programa sociales, en invertir en el sur del país y su infraestructura, etcétera. Muchas son las necesidades de gasto y pocos son los recursos. Los libros de texto de economía definen el campo de forma simplificada como el manejo de recursos finitos en presencia de necesidades infinitas; entonces, ¿México puede darse el lujo de gastar medio punto o un punto de PIB en eso? No es una respuesta fácil y por lo mismo sorprende que el anuncio de nuestra victoria en la candidatura conjunta para ser sede del mundial coincidiera con la parte final de las campañas electorales y ninguna de las campañas esté hablando sobre el asunto.

Cualquiera de los candidatos que gane tendría que financiar ese gasto en su administración para que al final de la misma esté lista para la Copa Confederaciones y un año después para la Copa del Mundo. Todos ellos tienen ambiciosos programas de gasto con distintas formas de cómo financiarlo, pero ninguno de ellos parece poder darse el lujo de destinar 100,000 o 200,000 millones de pesos a este tipo de gasto.

Dentro de todo es posible buscar esquemas para financiar la organización que no presionen tanto las finanzas públicas, pero en el contexto de los cuestionamientos sobre cómo se pagarán las propuestas que se hacen que de pronto exista un compromiso preestablecido y que deberá ser presupuestado sí amerita al menos algunos comentarios generales, sobre todo si pensamos que México es un país donde parte del desarrollo de estadios e instalaciones deportivas, aunque sean de uso privado, han estado tradicionalmente relacionados con recursos públicos, al grado que gobiernos locales han terminado por destinar dinero del erario público para ayudar equipos de fútbol.

Conociendo la corrupción que existe, la historia de estos eventos es un tema que pasamos muy fácil por alto.

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Diego Castañeda es economista por la University of London.

Twitter: @diegocastaneda

 

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