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Con peras y manzanas: El derecho a la protesta

Por Esteban Illades

Quien esto escribe es hombre; por lo tanto, no le corresponde hablar sobre las causas por las cuales protestan las mujeres, tal y como hicieron el viernes pasado. Además, mucho se ha escrito sobre la violencia que sufren, sobre si llegarán a casa sanas y salvas cada día (mucho de ello ha sido escrito por hombres, por cierto, quienes tenemos colmados los espacios en medios de comunicación). Quizá lo que se puede apuntar en este texto es algo más general. Hablemos hoy brevemente sobre las protestas en México y por qué tenemos marchas como la de hace unos días.

protesta mujeres

Foto: Cristopher Rogel Blanquet / Getty Images

Vale la pena dejar algo en claro: México no es un país de protestas. Sí de marchas, y eso se debe en gran medida al corporativismo priista del siglo pasado. Entiéndase, el PRI aglomeró a los grandes sectores –el obrero, el campesino; vaya, a los sindicatos en general– y las organizaciones sólo salían a las calles en apoyo al presidente. Con el paso del tiempo esto mutó y empezamos a ver las marchas como moneda de cambio. Por eso luego tenemos a los 400 pueblos –famosos por andar en calzones– en Reforma. Por eso luego tenemos a la CNTE tomando calles en distintas ciudades: freno el tráfico o abro las casetas en las autopistas hasta recibir lo que quiero.

Se volvió una torcida de brazo al gobierno.

Las protestas no gremiales o no sindicalizadas, a diferencia de otros países, han sido esporádicas. En Brasil, por ejemplo, han salido millones de personas a las calles. Lo mismo en Europa. En México el caso más notorio, y que ha marcado nuestra historia reciente ocurrió hace medio siglo, y se rememora por la respuesta del gobierno: el 68.

Desde entonces hemos tenido pocos eventos masivos no sólo en la capital sino en el país. Quizá los más importantes –en términos de tamaño– hayan sido ambos encabezados por el presidente López Obrador: el bloqueo de pozos petroleros en 1996, o la toma de Reforma 10 años más tarde. Aparte de eso hemos visto la marcha blanca de 2004 en contra de la inseguridad, y más recientemente las protestas en contra de Enrique Peña Nieto, cuya manifestación más nutrida habrá llegado, a lo sumo, a 100,000 personas en un país de 128 millones de habitantes.

protesta metrobús

Foto: Cristopher Rogel Blanquet / Getty Images

Por eso llaman la atención las manifestaciones cuando ocurren, porque en México suelen ser utilizadas como última opción. Cuando la gente sale a la calle en este país lo hace porque ha agotado toda otra instancia. Se hizo con Ayotzinapa a finales de 2014. Las marchas mensuales ocurrían porque los familiares de los 43 desaparecidos no encontraban –ni han encontrado– respuesta alguna de las autoridades.

En ese marco es en el que vimos la protesta del viernes pasado, en la que miles de mujeres marcharon para pedir algo que nadie debería tener que pedir: que no las maten. En la marcha hubo vidrios rotos, y el Ángel de la Independencia terminó cubierto de grafiti

La respuesta no se hizo esperar. Lo primero fue el enfoque tradicional: contabilizar los daños materiales. Cuántos vidrios se rompieron, cuánto costará limpiar el Ángel. Lo siguiente fue decir que ésas no son las formas para pedir las cosas. Y ambas cosas las hizo el gobierno local, liderado por una mujer.

Al más puro estilo priista o mancerista se habló de “provocaciones” y “provocadoras”.

Se intentó reducir una queja enorme a un asunto partidista, como siempre se hace en este país. No atacar la causa de raíz.

Lo que se debió haber preguntado el gobierno, y lo que nos debimos de haber preguntado nosotros como sociedad es de qué manera llegamos aquí. Porque romper vidrios y pintar monumentos es consecuencia: es el grito de alguien que sabe que sólo así será escuchado. No entendemos –y seguramente muchos seguirán sin entender– es que estas protestas no ocurren en un vacío.

protesta y marcha

Foto: Cristopher Rogel Blanquet / Getty Images

Las manifestaciones en la capital de México se llevan a cabo de esta manera porque quienes salen a la calle ven en ello la única forma de que la autoridad se tome en serio la crisis por la que atravesamos. Suceden en un contexto: no son la manifestación rutinaria de alguien que busca obtener algún beneficio. Son las manifestaciones para exigir una respuesta inmediata a un problema que lleva años sin atacarse y que cada vez es peor.

Un vidrio puede remplazarse. Una vida no. 

Un poco de empatía es lo mínimo que deberíamos poder ofrecer.

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Esteban Illades

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