Por  José Ignacio Lanzagorta García

I.

Ya no se ve bien ser “grinch”. Y qué bueno. Era absolutamente chocante que, en todas sus omnipotencias, el neurótico espíritu decembrino pretendiera también englobar y fetichizar entre escarcha artificial a sus detractores. El grinch, que no es más que la versión estadounidense y posmo – o sea, barata, sosa, masiva, caricaturesca y embrutecedora-, de Ebenezer Scrooge, es la única disidencia que, desde esa neurosis, se puede alcanzar a concebir. No puedes querer escapar de la Navidad si no eres más que un ridículo monstruo verde vestido de santaclós que finalmente sucumbirá a la superbuenaonda de la época. ¿Quién puede estar en contra de “compartir”, de “estar en familia”, “de creer en la magia”? Creen que el único justo problema que tenemos es con la cursilería. En su idea del grinch sólo se puede comprender una disputa con la decoración y la nauseabunda repetición, año con año, de las mismas canciones. No, señores. El problema son ustedes.

II.
Discutir con la Navidad es parte del lugar común que es la propia época decembrina. Este texto también. Sí, el Jingle Bells es tan inesperado y sorprendente como hablar del consumismo, la ansiedad y depresión que producen las expectativas sociales y la artificialidad del sentimiento. Repetimos los rituales con una relativa distancia crítica, nadie compra el paquete completo… pero tampoco nadie puede escapar de él. No asistir a la forzada convivencia de fin de año de la oficina, ¡¿cómo?! -Hasta sabemos de sitios donde hacen obligatoria la asistencia de sus empleados estresados con las labores del cierre del año y las multiplicadas gestiones sociales que mantienen fuera de su trabajo-. Mira, no vamos a cantar villancicos ni romper la piñata, pero cómo no vamos a organizar una fiesta a la que llamemos “posada”. Oye, sabemos que todos estamos en mil cosas y compromisos, pero ojalá puedan darse una vuelta al otro extremo de la ciudad el viernes 15 en la tarde para darnos el abrazo y ya luego cada quién a lo suyo, ¿va? ¿Y si mejor nos abrazamos siempre que nos veamos?

Algunos hemos encontrado salida en continuar con una agenda de eventos que consideramos legítimos -cumpleaños, visitas de quienes viven fuera, reuniones de trabajo- frente a los ilegítimos -todos aquellos que se realizan sólo porque Navidad es Navidad es Navidad. En fin, la solución es no acreditar la existencia de tal cosa como el período decembrino.

III.
El tema decorativo es fascinante. Si somos ambientalistas, no ponemos árboles cortados en nuestro hogar para verlos decaer y secarse a lo largo de un mes. No: ponemos unos esperpentos de plástico que, dicen, parecen árboles. Pero luego la discusión es casi taurina: mira, yo prefiero los naturales porque son árboles que crecen justo con el fin de servir a la Navidad, son el trabajo e ingreso de muchas familias y en tanto crecen forman bosques que contribuyen al medio ambiente. Ah, va. Pero también hay opciones veganas como ¿rentar? árboles plantados en macetas. La idea de no poner el maldito árbol llega a ser revolucionaria. Y, más aún, si no conseguimos recrear o simular un clima que ocurra arriba del trópico de Cáncer lo del amar, compartir, comprar compulsivamente, abrazar y reír con los amigos no se nos da tan bien. Cuando uno estudia neocolonialismos, la decoración decembrina hace ver sutil cualquier otra forma de explotación.

IV.
El departamento de los “amigos secretos” y los intercambios de regalos es también de lo más sorprendente. Todos reconocemos su ineficacia, sus injusticias, y todos aportan técnicas para corregir las distorsiones del modelo… todos fracasan. Siempre. Mira, es que el nuestro es un intercambio de regalos chafas, de juego, pues, nos burlamos del intercambio… pero aquí estamos. No, bueno, pues nosotros preferimos hacer un intercambio de libros y con eso sentimos que fue una dinámica intelectual y llena de sentido no consumista. Pues nosotros hacemos lista para que la gente ponga lo que quiere recibir; sí, ya sabemos que qué chiste, pero es mejor, porque luego te salen con cada cosa. Y sí, con cada cosa. Cuando tuve 16, como todos, todos los años, me vi forzado a participar en un intercambio en el que me regalaron un gran afiche con la imagen de un león. “Determination”, decía abajo. (No es broma). Y ha sido el más valioso de todos los regalos que haya recibido en un intercambio: aprendí la lección y ahora tengo la determinación de no participar en ellos a pesar de las profundas expresiones de decepción y desaprobación.

V.
El próximo lunes 25 veré a mi familia. Haremos una comida que llevamos algunos pocos años haciendo. La cena del 24 nos ponía un gran estrés que finalmente decidimos encarar: la obligatoriedad de trabajar por semanas para preparar los mismos platillos de siempre que luego ni nos gustan tanto; la tensión de si a los Gómez les tocaba este año con los Pérez o con los Rodríguez; las horribles expectativas de dar o recibir regalos. En fin, renunciamos al 24. Yo ahora, por ejemplo, acostumbro ir al cine con mi pareja esa noche. Y pues lo que hacíamos el 24… lo hacemos ahora el 25. Sí, ya sé. Sin embargo, hay algo liberador en ello que sabe a victoria.

Así de arbitrarias pueden ser las cosas. Los platillos de siempre aparecen, pero pueden no aparecer. Hay regalos, pero puede no haberlos, no hay bronca. Los Gómez se pueden ir con los Pérez o quedarse en casa, nomás que avisen una semana antes pa’ calcularle a la comida. Aborreciendo la Navidad como la aborrezco y no siendo muy dado a la convivencia familiar, soy feliz con mi 25. A lo mejor así de misteriosos operan los fantasmas de las navidades. No lo sé. A quienes se hayan liberado de la neurosis decembrina y aun así hayan elegido celebrar en sus propios términos tal cosa como la Navidad: ¡Feliz Navidad!… A los otros, vale, también, que lo necesitan para validar la neurosis: ¡Feliz Navidad!

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José Ignacio Lanzagorta es politólogo y antropólogo social.

Twitter: @jicito