Por José Ignacio Lanzagorta García

“Sólo en esta ciudad lo contingente se vuelve regularidad”, escribió @MssFortune en un tuit. Lo decía por la sexta declaratoria consecutiva de Fase 1 de contingencia ambiental en la Ciudad de México. Al séptimo día fueron los dioses los que trabajaron para darnos un descanso. Y ahora vamos otra vez por otras dos fases 1 consecutivas. En estos nueve días, los máximos del “Índice Metropolitano de la Calidad del Aire” (IMECA) han estado por arriba de los 140, en dos de ellos arriba de 180. Con la boca seca, con los ojos irritados, con fatiga, con escurrimiento nasal, algunos con dolor de cabeza, otros con algo de insomnio, nos tocó leer el tuit de la secretaria del medio ambiente de la Ciudad de México que nos pide básicamente que no seamos exagerados, que en Pekín están peor.

Hemos caído en la trampa. Desde el año pasado, empezamos a hablar mucho de calores, de lluvias, de sistemas de alta presión. De pronto al gobierno se le ocurrió hablar de una ¡temporada de contaminación! Y aunque no hayamos dejado de hablar de emisión de gases contaminantes, ya se nos ocurrió la idea de naturalizar la polución, abordarla como un evento climático. Al menos esto requiere de un esfuerzo que para el chilango convencional es complicado: conocer realmente cómo funciona la meteorología local.

Este matrimonio entre nuestras condiciones climáticas y la contaminación, por supuesto, no es nuevo. Y la incomprensión chilanga puede ser muy potente. Todo mundo que haya estado medio despierto en los 90 en este valle de lágrimas ácidas recordará el término “inversión térmica” como sinónimo de cámara de gas. Recuerdo la prototípica expresión de sobremesa de “como ahora que tenemos inversiones térmicas”. Y, bueno, siempre las hemos tenido, sólo que ahora pueden estar bien cargadas de toxicidad. La cosa es que si la inversión térmica es un fenómeno matutino ocasional de los meses más fríos, Mancera y sus socios de la Comisión Ambiental de la Megalópolis (CAME) ahora nos programan para los meses calurosos toda una estación monzónica de ozono donde el pico lo alcanzamos entre las 14:00 y las 18:00 horas. La temporada, dicen, dura de febrero a junio. Ya nos olvidamos, entonces, de las inversiones térmicas, que son más frecuentes de noviembre a febrero.

En resumen: si llueve y soplan vientos, la libramos. Si no, no. Entonces es a Tláloc y a Ehécatl a quienes toca encomendarnos, no a la apuesta por reducir contaminantes. Nuestro clima es nuestro destino. La manera de las autoridades de decirnos, no, no soy yo, es la temporada. Y si hubo Niño, aguántense, que las lluvias pueden tardar más en llegar.

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Ahora, no todo es pesimismo. Fue curiosa la decisión de la CAME, el año pasado, de reducir el mínimo del IMECA para declarar la fase 1 de contingencia. Anteriormente era cuando le pegábamos a los 180, ahora son los 150. El año pasado, que tuvimos un par de días donde llegamos a tocar los 200 puntos, vinieron los periodicazos, las condenas, el recuento de los años que pasamos sin declaratorias de contingencia, y fue entonces que se decidió que las primeras medidas comenzaran a tomarse desde antes de tener un aire irrespirable. Era “lo menos” que podían hacer para demostrar que se estaba haciendo algo. Queda la duda de si pueden más las medidas de la fase 1 de contingencia que Tláloc… sospecho que no. ¿Si estos días no hubiéramos tenido la fase 1 hubiéramos alcanzado los 200? No sé.

Pero lo positivo, si es que lo es, es que la “facilidad” con la que ahora declaramos contingencias significa una fuerte presión para los gobiernos de la zona metropolitana. Las notas estos días son los años que habíamos pasado sin tantos días en Fase 1. Habría que ver el recuento, pero sospecho que si en los años de sequía que tuvimos entre 2009 y 2011 hubiéramos tenido el mínimo de 150 en el imeca, también hubiéramos tenido muchas declaratorias de contingencia. El riesgo es, como dice el tuit con el que empecé, que volvamos regularidad lo que es contingente. Si antes era excepcional estar en contingencia, que ahora sea cosa de todos los días. Y, en este país, donde diariamente le toleramos a la clase política cosas que en otros contextos son motivo de renuncias y juicios políticos, tal vez nos acomodemos bien en una ciudad en permanente emergencia.

Ojalá un siguiente paso de la CAME sea reducir el mínimo para declarar la fase 2 de 200 a 180. A base de adoptar con mayor frecuencia las medidas de contingencia, más podemos saber si realmente sirven o no. Más podemos analizar si necesitamos abordar el problema desde ahí u otros lados, antes de hablar de “temporadas de ozono”. Sin embargo, el asunto con la contaminación del aire es que es otro de los grandes problemas que se ligan con la escala megalopolitana y su estructura administrativa que quedó ya completamente rebasada hace décadas. Para el aire, así como para el agua, para las infraestructuras de movilidad, para la seguridad pública, para la basura y, en fin, para todo el ordenamiento territorial, se requieren incentivos de coordinación entre todos los órdenes de gobierno que intervienen o, de plano –y se vale soñar-, reformular por completo la geografía política-administrativa de la región.

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José Ignacio Lanzagorta es politólogo y antropólogo social.

Twitter: @jicito