Enciclopedia y pesimismo

Por Guillermo Núñez Jáuregui La semana pasada me pareció buena idea prestarle atención al libro de divulgación y sus distintas provincias.

Por Guillermo Núñez Jáuregui

La semana pasada me pareció buena idea prestarle atención al libro de divulgación y sus distintas provincias. Si fuera a resumir ese texto en una oración, iría más o menos así: “Vale la pena presentarle a las masas el conocimiento, pero la divulgación no es una chancla”. Por supuesto, es casi una perogrullada, pero un paseo por los anaqueles de los supermercados, los aeropuertos, los OXXOS o el Sanborns nos enfrenta a una realidad devastadora: hoy un mercachifle puede presentarse como editor sin ruborizarse. Claro, no todo está perdido, los libros de divulgación han alcanzado alturas de dignidad sin perder un céntimo, como recuerdan títulos célebres como Breve historia del mundo de Ernst H. Gombrich (pensado originalmente para niños), la Historia del pensamiento filosófico y científico de Giovanni Reale (en tres tomos, diseñado para bachilleres) o, más recientemente, Todo y más. Una breve historia del infinito, de David Foster Wallace. Pero… ¿es cierto que no todo está perdido?

Ahora que he tomado un respiro veo que la cuestión es un poco más compleja. Quiero decir, no hace falta desplazarse a un Sanborns para percatarse de este fenómeno, basta con encender alguna de las pantallas que tenemos a la mano. En el texto de la semana pasada me concentré en lo que un empresario contemporáneo llamaría un “infoproducto limitado”, el libro de divulgación, cuya plataforma no incentiva la conectividad ni el flujo informativo. El lenguaje y las costumbres de consumo actuales, donde prima la banalidad de la información (los artículos-lista, los ensayos blandos, el lenguaje “para chavos”), parece haber puesto en aprietos al libro de divulgación, pues la divulgación misma es algo que se da casi por sentado (a menudo, por encima de lo que se divulga). Al margen de la riqueza del conocimiento complejo que pueda encontrarse en un libro, escrito de manera accesible o amable, está el resto entero, a un “clic de distancia”, como quiere la expresión que cada vez suena más anticuada.


Imagen: knowledgeinfrastructures.org

El magullado espíritu de Plinio el Viejo (¿podemos considerar su Historia natural como la primera enciclopedia?), de Ephraim Chambers, de Diderot, de Jean le Rond d’Alembert, de Rousseau, de Montesquieu, de Buffon, de Voltaire… sobrevive, de alguna manera, en la red (como lo hacen también las sátiras de ese espíritu, como el Diccionario del diablo de Ambrose Bierce). Al margen de que se pueden consultar enciclopedias completas en Internet, o versiones “rápidas” y “libres” como la Wikipedia (que sigue necesitando de donaciones para mantenerse), uno tiene una extraña sensación: a pesar de que se ha logrado cristalizar el espíritu de la Ilustración en una red de consulta inmediata y barata, parece que la humanidad prefiere usar la misma red para ver fotos de famosos, de perritos y gatitos, o de mascotas que se parecen a sus famosos. Ya se sabe, también los sumerios estaban encantados con sus tabletas, pero luego olvidamos que en la escritura cuneiforme que nos ha alcanzado no es que se tallaran memes.

Todo esto tiene su costo. Insistamos en el dictum de Walter Benjamin: “No hay documento de cultura que no sea al mismo tiempo de barbarie”. En 2011, al recordar el centenario de la Enciclopedia Británica (una cima cultural que, con todo, reflejaba los excesos imperialistas del Reino Unido), José Emilio Pacheco anotó lo siguiente en una de sus columnas de su Inventario semanal:

¿Todo ha cambiado para bien? ¿Ya no somos como los tontos enciclopedistas del estúpido siglo XX? Usted, si tiene el dinero, dispone de cien maravillosos instrumentos para leer la Britannica, la novela de Conrad y todo lo que desee. Al instante puede comentarlo con sus amigos de otras ciudades y otros continentes. Es posible darse estos lujos porque en el Congo nuestra civilización perpetra las mayores barbaries. Las comete […] como en tiempos de Leopoldo II, el hermano más que incómodo de Carlota, ahora en busca del coltán indispensable para que funcionen nuestros aparatos montados en China por esclavos que trabajan en condiciones sólo vistas en Buchenwald o en el gulag.

Ah, sí, es difícil pensar sin suspirar. ¿Será que el meme y el artículo tonto son el gran suspiro de nuestra sociedad, cansada de todos los horrores, disponibles de manera inmediata? Es para ponerse a pensar.

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Guillermo Núñez Jáuregui es filósofo y escritor. Es jefe de redacción en Caín y colaborador en La Tempestad.

Twitter: @guillermoinj

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