Harry Potter y el experimento teatral

Por Ricardo Quintana Vallejo

Cuando se va a un concierto y suenan las primeras notas del acto principal, después de los teloneros y la espera, el lugar irrumpe en aplausos y la gente se pone de pie. No es que el concierto haya sido grandioso y nos paremos a celebrar o agradecer —el concierto ni ha empezado. Lo que pasa es que el placer de reconocer es, a veces, tan grande o incluso mayor que el de conocer. Escuchar las primeras notas y saber qué canción es, saber que estás ahí y ya empezó, por eso vale la pena; aunque el concierto termine no siendo tan bueno. Así, reconocer a los personajes entrañables de Rowling, la magia, las relaciones que vimos desarrollarse por años, todo eso merece una ovación de pie, aunque la obra en sí, tal vez, no sea lo que uno esperaba.

Foto: BBC

Desde su estreno el 30 de julio de 2016 en Londres, Harry Potter and the Cursed Child ha estado abarrotada. Incluso los boletos baratos, detrás de columnas y donde se necesitan binoculares (de hecho, en el teatro rentan binoculares a una libra), cuestan miles de pesos y hay que comprarlos con meses de anticipación. A 20 años de la publicación del primer libro, la obra escrita por Jack Thorne es un éxito rotundo, tanto así que en cualquier Sanborns se puede comprar, y hasta tiene notas de los ensayos, en edición rústica o de tapa dura. Pero ¿será que la emoción de ver a Harry como adulto y como padre no nos permite darnos cuenta de lo que en realidad tenemos enfrente?

La traducción al teatro

Harry Potter existió primero en texto y en la imaginación. Las descripciones eran tan detalladas que, con facilidad, se podía imaginar al niño pequeño y flaquito, mal alimentado por sus tíos, seres sin una gota de magia. Cuando se llevó a la gran pantalla, las palabras se tradujeron —casi siempre— con éxito; de tal forma, pudimos ver los hechizos, los dementores, y los personajes. El lenguaje del cine permitió ver lo que habíamos imaginado y muchas veces la solución de los cineastas era mejor que la propia. El mundo de Harry Potter se ha traducido también a lo material, en Orlando y Los Ángeles, donde se puede “visitar”, también con un ejercicio de imaginación, el castillo de Hogwarts y Diagon Alley.

Foto: BBC

En el teatro se necesitan otras soluciones. Hay magia, por supuesto, ¿pero cómo llevar un mundo, que ha sido tan impresionante en lo visual, a la escena? Algunos de los efectos en la obra son en verdad impresionantes. Pero la mayoría son una enorme decepción. Se ven los alambres mal tapados de donde cuelga el actor, o a los actores escondidos detrás de la utilería, y se rompe la ilusión de la magia. Algunos de los hechizos recuerdan a trucos como del mago de la fiesta de cumpleaños, que sin querer tira todas las cartas y arruina el truco.

Esto no quiere decir que en el teatro no pueda existir la magia. De hecho, la obra Matilda (basada en el libro de Roald Dahl y que también tuvo una adaptación taquillera en el cine, con Danny Devito y Mara Wilson) tiene soluciones muy creativas. Y es que en Matilda la magia radica en el poder de contar historias, de narrar, y no la telequinesis, como sucede en la película. En El curioso caso del perro a media noche el escenario se presta para lo asombroso y lo inusual. En el Rey León, la creativa solución para tener animales en escena fueron esos tocados que permiten ver la cara del actor. Todas estas obras usaron el escenario de forma creativa e impresionante, sin necesidad de CGI o efectos de postproducción.

Y es que estas obras entendieron que, en el lenguaje del teatro, la magia no puede imitar a la del cine, porque siempre se quedará corta. El teatro necesita magia diferente y, no por eso, menos impresionante.

Lo que es mejor no decir y no mostrar [Esta sección tiene spoilers sobre la obra]

La relación entre Harry y Dumbledore se caracteriza en los libros y las películas por la distancia y las omisiones. Dumbledore es una de las múltiples figuras paternas, pero nunca le dice a Harry que lo ama como a un hijo. En lugar, guarda secretos y le da a Harry sólo lo que necesita saber. Es incluso Snape quien le reclama que ha criado a Harry como a un animal para el matadero. En algunas interpretaciones, es simbólico que Dumbledore se haga a un lado y sea Harry quien tiene que vencer a Voldemort: significa que, en la lucha contra un régimen fascista, no llegará nadie a salvarnos sino nosotros mismos.

Aunque su sabiduría y cariño son innegables, el hecho es que Dumbledore muchas veces fue distante e inaccesible. Por eso resulta desafortunado que en la obra llegue, en el instante preciso, a solucionar el conflicto interno de Harry y para decirle, en un momento de extraña e incómoda cursilería, que siempre lo ha amado.

Eso siempre lo supimos, sin que se tuviera que decir. Que Dumbledore lo tenga que expresar así para que Harry pueda por fin decírselo a su propio hijo es de una necedad enorme.

Por otro lado, la aparición de Voldemort en el teatro es algo ridícula. En la película, el efecto de la nariz y los dedos largos y grises le dan un cierto carácter ominoso. Pero en el teatro es a todas luces una máscara que estorba e incomoda. En lugar de dar miedo da un poco de pena. Y me pregunto si no habría sido mucho mejor dejar a el-que-no-debe-ser-nombrado fuera del escenario. La imaginación es poderosa y, si nos dicen que es la maldad hecha mago, algo más terrible podremos pensar.

Foto: BBC

Entonces… ¿vale la pena?

La emoción de ver de nuevo a Harry Potter es enorme. Ver de nuevo a los personajes, reír y llorar con ellos, es una gran oportunidad. Pero la traducción al teatro no es efectiva, la obra dura demasiado (más de seis horas si se cuentan ambas partes) y la historia, desafortunadamente, es boba, boba como ponerle seguro a tu puerta en el ministerio de magia, cuando cualquiera la abre con un Alohomora.

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Ricardo Quintana Vallejo es crítico cultural y traductor. Estudia el doctorado en literatura comparada de la Universidad de Purdue.

Twitter: @realquir

Sobre Alocado y dislocado: Nuestras identidades (condición socioeconómica, género, sexualidad, nacionalidad, raza), tanto individuales como colectivas, están en constante cambio. Los mexicanos somos versátiles; replanteamos el valor de nuestra historia, cultura y literatura constantemente. Nuestras identidades nos dan mucho de qué hablar. En Alocado y Dislocado se ofrece el análisis de temas actuales y de nuestros símbolos, de nuestras posibilidades identitarias en este momento, desde la dis-locada perspectiva de un mexicano queer en el Midwest estadounidense.

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