Por Alejandra Eme Vázquez

“Tengo el cuerpo de un adulto de 42,

pero el alma de un niño de 84”.

Dino

“A tu inocencia”, dice la dedicatoria de Alberto Montt en su libro ilustrado Laura & Dino, que nos muestra momentos brillantes en la cotidianidad de una niña de cinco años y su papá dinosaurio. Si estamos remotamente enterados de que estos dos personajes representan a la hija de Montt y a él mismo, podemos deducir que la segunda persona se dirige a la Laura de carne y hueso, aunque no se puede evitar que cada lector se sienta aludido: ¿acaso está dedicando Montt su libro a “mi inocencia”? Y cuál inocencia, dirán algunos, seguros de que la perdieron en algún ligue o en una borrachera de aquéllas. Pero basta rascar un poquito para reconocer que sí, hay una parte de nosotros en la que jamás dejará de resonar el candor y la simpleza con los que aprendimos a ver la vida en los primeros años, muy probablemente porque no teníamos de otra.

Imagen: maspormas.com

Sólo pensarlo nos disloca, si estamos acostumbrados a atribuir a la perspectiva de los niños un toque de ternura e ingenuidad que, repetimos una y otra vez, se borra con el paso de los años. Idealizamos tanto esta concepción de infancia, que hasta tenemos vocabulario para censurar a quien quiere comportarse así pero ya no le toca: “pareces niño chiquito”, “no seas infantil”, “todavía te chupas el dedo”; sin embargo, considerándolo en frío, imparcialmente, tal vez la verdadera ingenuidad consista en elaborar complicados entramados con reglas infinitas para hacer como que la maduración física tiene repercusión en el comportamiento y las ideas. Es decir, probablemente las verdaderas “ternuritas” seamos quienes nos decimos adultos así, con tanta seguridad y tantas atribuciones tomadas.

Hay una tradición de historias protagonizadas por niños en la que se representa la vida adulta instalada en la caricatura de la neurosis infinita y la pérdida total de sensibilidad ante la, dicen, innata sabiduría de los niños: la Reina de Corazones cortando cabezas caprichosamente o el Hombre de Negocios embebido en lo material. Y es verdad que vivimos en un sistema que gustoso nos convertiría en serio en esa caricatura, de modo que no está mal señalar crítica y humorísticamente el desgaste de esa visión exploratoria y asombrada que parece no costar trabajo cuando niños, pero no da para mucho más, puesto que esa adultez no tiene más posibilidades de acción que lo acartonado. Y eso es justamente a lo que le da la vuelta Alberto Montt en este libro.

Imagen: maspormas.com

Es de verdad refrescante y entrañable encontrar en estas viñetas a un dinosaurio-padre transformándose a partir de la relación con su hija, lidiando con la relación de poder en la que no siempre está parado en la posición de autoridad, sintiéndose vulnerable cuando declara que para él Laura es lo más importante en la vida y ella responde que para ella lo es el helado de chocolate, equivocándose al dar permisos o poner límites, aceptando el ridículo y educando contra todo estereotipo obsoleto, porque es un dinosaurio, no un anticuado. Laura sorprende a Dino a cada paso, pero también sucede en sentido inverso, por lo que el libro retrata entre sus personajes una relación de horizontalidad en la que ninguno asume superioridad, ni la niña por su pretendida pureza ni el adulto jurásico por su pretendida madurez.

La historia que cuenta Montt sobre el origen de los personajes, aparecidos en sus famosas Dosis Diarias desde 2006, y luego recopiladas en este libro, es muy clara: quería representar el mundo de su hija Laura en sus ilustraciones y decidió que el mejor compañero para ella era su juguete favorito, un dinosaurio; pronto descubrió que la voz de ese compañero era extraordinariamente parecida a la suya y tuvo que aceptar que lo que deseaba era ilustrar las conversaciones y anécdotas que estaban construyéndoles a ambos la relación padre-hija y la vida misma.

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Tal vez por eso es que el libro termina por estar tan bien balanceado entre las viñetas increíblemente emocionales que pueden sacarle una lagrimita al más pintado, las que exploran el punto de vista de Laura, las que exploran el punto de vista de Dino, las que hacen guiños a los lectores (cuando Dino habla explícitamente de que está coleccionando momentos con su hija en estas ilustraciones) y las que funcionan como grandes chistes por sí mismas. Si cada tira funcionó por separado en su momento, la historia que se cuenta al juntarlas todas adquiere una potencia maravillosa que se suma a la tradición de Peanuts, Mafalda, Calvin & Hobbes, Enriqueta y tantos otros ejemplos emblemáticos de tiras cómicas protagonizadas por niños que marcaron y siguen marcando a generaciones enteras.

Escuché decir a Montt en una entrevista que humor no es hacer reír sino sorprender y transformar el estado de ánimo. De ese humor está lleno este libro, del que nos hace acordarnos que a veces, muchas veces, está bien salirse del modo “todo bajo control” y reconocernos en los demás de una manera horizontal, tengan la edad que tengan. Crecer termina tratándose, en algún punto, de acostumbrarse a no bajar nunca la guardia porque nos enseñan que en cualquier momento puede venir un golpe del lugar más o menos esperado. Lo que nos muestra Laura & Dino es un universo en el que está bien pedir y ceder, saber e ignorar, equivocarse y acertar, reírse y ponerse serios, con todos los matices que se vayan encontrando. Y, sobre todo, disfrutar y atesorar con los sentidos puestos de los momentos compartidos con otras y otros, sin importar cuántas eras geológicas existan de por medio.

Alberto Montt, Laura & Dino, Penguin Random House, México, 2017.

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Alejandra Eme Vázquez es profesora y ensayista. Estudió en la UNAM la maestría en Letras Latinoamericanas.

 Twitter: @alejandraemeuve