Novelas de piscina: el horror en la playa

Por Guillermo Núñez Jáuregui Como todo mundo sabe, una de las consecuencias del trabajo excesivo pero también de los días de descanso (especialmente cuando se hace en destinos calurosos) es el reblandecimiento cerebral.

Por Guillermo Núñez Jáuregui

Como todo mundo sabe, una de las consecuencias del trabajo excesivo pero también de los días de descanso (especialmente cuando se hace en destinos calurosos) es el reblandecimiento cerebral. Como vengo de pasar unos días en la playa, tendrán que tolerar a continuación un ensayo personal, gordo en anécdotas narcisistas pero flaco en ideas. Como sea, será breve.

Ni modo, ya empiezo: la primera vez que leí una novela de Stephen King, la de Cujo (1981), fue, también, durante un periodo vacacional. Ah, sí… la playa, el olor a bloqueador solar, la brisa, las partidas de Uno, los paquetes todo incluido y los flotis. Bellos recuerdos. Mi padre nos había llevado a pasar algunos días a Acapulco (¿o fue a Cancún?)  y en un descuido, recuerdo, tomó el libro de la tumbona donde yo lo había abandonado y cuando me di cuenta, después de leer algunas páginas, asqueado, me dijo que ese tipo de literatura era basura. Lo aventó, como quien arroja una chancla, de vuelta al camastro. La violencia de su opinión me enmudeció por un rato (una nube oscura en la playa), pero a la distancia la entiendo. Yo no sabía entonces quién era King, sólo había comprado la novela por la portada (el hocico de un perro rabioso destacaba, chocante, en la estantería del aeropuerto donde lo conseguí) y me sorprendió que, excepto por algunas “escenas”, el perro salía poco.


Era un libro demasiado adulto o que buscaba serlo: en realidad, trataba sobre una pareja en crisis de infidelidad y las escenas sexuales eran explícitas (entonces yo apenas era un prepúber). Pero la censura de mi padre se explica así: él fue quien me inculcó, en gran medida, la lectura; a entretenerme con las fábulas de Esopo, con novelas de picaresca española, como El lazarillo de Tormes, pero también con El Quijote. Podría argumentarse, claro, que hay una cercanía en las novelas entretenidas y folletinescas y la obra industrial de King, pero también creo que la distancia entre ambas, en otros sentidos, es abismal. Aun así, el resto del viaje leí el libro a escondidas y creo que entendí a lo que se refería mi padre, pues había pasajes cercanos a la pornografía que me hacía sentir culpable de leerlos. Y sí, son ese tipo de experiencias, me parece, la que definen cuáles son nuestros “gustos culpables”. También fue en la playa donde leí El resplandor –otra novela de King- y El exorcista, de William Peter Blatty.

Para quienes estén interesados en defender a King (algo que le vendría dando igual, me parece) de los adalides de la cultura highbrow, han de saber que no ayuda, claro, que su obra sea tan exitosa: es una auténtica fuerza del espectáculo y su impacto en la cultura popular es patente. Son incontables las adaptaciones al cine que se han hecho de sus libros (algunas de ellas, como en el caso de El resplandor, mejores que sus novelas) y su estilo es chato, internacional, y formalmente poco inventivo. ¿Qué tipo de autor es King? El que uno lee para relajarse, como quien se mete a ver una película palomera para matar el tiempo, pero en libro. ¿Y sus libros? Uno, sinceramente, espera verlos abiertos junto a una alberca (esto es, cuando aún se leía junto a ellas). Una advertencia debe hacerse: me arriesgo a decir esto reconociendo que soy un mal lector de King (tampoco es que me vuelva loco, y voy poco a la playa) pues no conozco más que un puñado de sus novelas (las mencionadas y el primer tomo de su serie La torre oscura, algunos cuentos dispersos, El misterio de Salem’s Lot, El domo, Cell…; ahora mismo estoy leyendo Eso y, aunque hace años vi la mini-serie, apenas conseguí The Stand…).

Foto: Shutterstock

Lo cierto es que, como mucha gente, conozco mejor a King por el cine y la televisión que por sus libros: Carrie, Firestarter, Christine, Los ojos del gato, La zona muerta, Ocho días de terror, Cuenta conmigo, Miseria, El cementerio maldito, El aprendiz, Sueño de fuga, Milagros inesperados, Nostalgia del pasado, El cazador de sueños, La ventana secreta, La niebla, 1408 y Cell… son algunas de las adaptaciones al cine o a la televisión de sus libros que he alcanzado a ver. Y fuera de algunas excepciones, la mayoría de estas películas o mini-series son completamente olvidables (recuerdo que abandoné la adaptación de Bajo el domo, por ejemplo). Pero quise verlas todas: tengo curiosidad, por ejemplo, por ver la adaptación (a la televisión) de 11.22.63, así como de Mr. Mercedes.

Con todo, debo confesar que a pesar del mar de reseñas negativas, estoy a la espera del estreno de La torre oscura (que se lanza a finales de este mes). Y a pesar de sus sonados problemas de producción, también quiero ver la nueva versión de It (a estrenarse a inicios de septiembre). La pregunta aparente es si uno puede tomar en serio a Stephen King y qué significaría hacerlo. Uno tendría que reconocer, entonces, que se le tiene más un apego emocional que intelectual, que es derivativo (le debe todo a Lovecraft y a Richard Matheson, que tampoco son grandes estilistas a pesar de ser tan imaginativos), etcétera. Pero, claro, ésa es la pregunta fácil. Es más interesante ponerse a pensar cómo logramos conciliar estas extrañas contradicciones, cómo se supera la oposición falsa de alta y baja cultura, y qué lugar tiene en nuestras vidas el entretenimiento. Pero esto es un ensayo personal y no da para tanto.

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Guillermo Núñez Jáuregui es filósofo y escritor. Es jefe de redacción en Caín y colaborador en La Tempestad.

Twitter: @guillermoinj

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