Por José Ignacio Lanzagorta García

La campaña de Aeroméxico —que muestra un spot en el que supuestamente le otorgan descuentos para viajar a México a estadounidenses de acuerdo al porcentaje de ADN mexicano que dieron en una prueba— es un trancazo. Rapidito exhiben que quienes odian a México, o a los mexicanos, podrían estarse odiando a sí mismos. Lo que les choca, les checa. El ejercicio —ficticio o real, eso no importa— de invitarlos a viajar a México a conocer sus supuestos orígenes ahora revelados por una prueba de ADN, tal vez pudiera cambiar su perspectiva y abrazar su mexicanidad. Suena bien. Qué bonito y qué sorpresa. Sería fastidioso que llegara alguien a decir que eso no está bien. Perdón por ser ese fastidio: no está bien.

El primer punto es, digamos, técnico. Es muy problemático pensar que hay tal cosa como un ADN mexicano —o de cualquier otro país, para el caso. Asignarle una categoría cultural o social a un conjunto de características marcadas por el código genético nos puede y nos ha metido en muchos problemas. Pensemos en el sexo: la diferencia física relativa a los genitales entre dos tipos de cuerpos nos ha llevado a derivar a partir de ahí una estructura social —que en décadas recientes hemos llamado género— en la que se asigna todo un complejo conjunto de roles separados para cada uno de esos dos tipos de cuerpos. Tanto nos importó esa diferencia entre los cuerpos —que, vamos, no digo que sea menor—, que incluso se estableció una forma de dominación de uno por otro. Hoy en día, muy grosso modo y con muchos debates sobre lo que implica o lo que significa, la lucha feminista consiste en desaparecer esa estructura social por completo o al menos en algún grado.

Este es el comercial, para los que no lo hayan visto:

Si el género es la estructura social más contudnente que hemos hecho a partir de las distinciones de los cuerpos, no es la única. No se nos ocurrió inventar una estructura social para asignarle diferentes roles a quienes tienen diferentes patrones en sus huellas digitales, por ejemplo, pero en la edad moderna y contemporánea sí se nos ocurrió hacerlo entre colores de piel. Con el tiempo, surgió el concepto de raza como una forma de agrupar en una sola categoría todos los que comparten alguna característica visible de, principalmente, el color de piel. Y, al igual que al género, a cada una de esas razas se les asignó una serie de roles, valores culturales y, por supuesto, relaciones de dominación: se inventó una raza blanca, superior a todas las demás.

El asunto se complica demasiado. Si en el caso de los genitales existen algunos cuerpos sexuados a los que no resulta evidente asignarles uno de los dos géneros —o, más recientemente en la historia, algunos individuos señalan que su identidad de género puede coincidir o no con la que la estructura social les impone—, en el caso de las razas esto es todavía más generalizado, más difuso, más problemático, más revuelto. Las mezclas son muchas, los contextos locales son muy variados y las características físicas a veces acaban diluyéndose, por lo que se recurre a otras insignias que faciliten la identificación: la lengua que habla, por ejemplo, pero muchas otras más. Inventamos el concepto de nación —y etnia—, que a veces va muy aparejado con el de una raza, a veces no tanto.

diversidad

Imagen: Shutterstock

Con la llegada del ADN se nos ocurrió que esos valores culturales que asignamos a las diferentes razas o naciones o etnia, podrían tener un respaldo en el código que constituye finamente nuestros cuerpos. Corremos los muchos peligros de pensar que lo que creemos que nos hace distintos, cultural y políticamente, está en esos códigos que, en realidad, sólo nos hacen distintos física e individualmente. Cuando decimos que hay un ADN mexicano, estamos diciendo que hay un conjunto de estas características colectivas de nuestros cuerpos que nos igualan como sujetos de un Estado que gobierna entre el Bravo y el Suchiate. ¿Cómo es ese conjunto? ¿Quién y cómo decide, de todo lo colectivo, qué sí va a ser mexicano y qué no?

Y, más aún, además de excluir minorías, cuando decimos que hay un ADN mexicano, ¿estamos seguros de que sólo referimos a un conjunto de características meramente físicas compartidas por una mayoría o se nos cuelan por ahí otros valores culturales que asociamos a la idea de lo que es “ser mexicano”? Suponiendo el estereotipo convencional de “mexicano” que tenían en el siglo pasado (y medio conservan) en muchos sitios de Europa y Estados Unidos como holgazán, torpe y borracho, ¿no se vuelve problemático decirle a los antimexicanos que hay un ADN mexicano que pudiera portar estos prejuicios? ¿No es como darle alas a los alacranes? Sí, el spot de Aeroméxico sonaba de maravilla: a lo mejor todos tenemos incorporados un poquito, un porcentaje, un alguito de aquellos otros a los que repudiamos, así que mejor no los repudiemos. Lo que está terrible es pensar que los prejuicios culturales de ese repudio son, en efecto, aspectos biológicos que portamos en nuestros cuerpos, sin importar si están o no a la vista.

Eso lleva al segundo y último punto, que es mucho más sencillo: ¿queremos que dejen de repudiar a México y a los mexicanos porque se descubren a sí mismos tantito mexicanos? ¿Ésa es la lección o su castigo? ¿”Lo que te choca, te checa”? ¿O preferiríamos que dejaran de hacerlo porque reconocen el conjunto de prejuicios que han construido sobre los otros? Lo segundo, creo, tendría mucho más valor.

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José Ignacio Lanzagorta García es politólogo y antropólogo social.

Twitter: @jicito