Por Cecilia Galli Guevara 

Llegamos al partido hacia el final del entretiempo. La banda toca en el medio del campo de juego, los músicos dan pasos para un lado y para el otro metidos en sus uniformes azules y blancos. Algunos apuntan con sus instrumentos hacia los lados y otros los mueven formando círculos en el aire. La colorguard revolea con maestría los estandartes a tono. La sincronización es total. La tribuna aplaude y grita. Muchos deambulan por las gradas cargando hot dogs, chili, palomitas de maíz y bebidas.

Si bien la banda da un espectáculo impresionante, es sólo el entretenimiento de entretiempo. Lejos de los auditorios para conciertos, la banda es un actor secundario que ocupa el escenario mientras se alista el plato principal.

Foto: Harry How/Getty Images

Termina el entretiempo y salen los jugadores. La tribuna grita enfebrecida. Es el momento de la verdad, la oportunidad de nuestro equipo de anotar un touch down para separarse del oponente en el tablero de puntos. Pero unos segundos entrado el juego, uno de los atletas recibe un golpe fuerte de un contrario, cae de espaldas y queda inmóvil sobre la hierba.

El silencio es inmediato, como la corrida del entrenador y del médico, y llega detrás de un “ooohhhh” sutil que es una espiración de toda la tribuna. Los jugadores se arrodillan y todos los presentes, en las gradas y en el campo, levantan la mano derecha hacia el cielo, en un rezo que no tiene voz ni religión. Sus dedos forman una garra, que hace referencia al ave de rapiña, la mascota escolar.

Menos de un minuto más tarde todos volvemos a inspirar: el jugador mueve su cabeza y sus piernas. Sus pares se levantan y aplauden, y la tribuna vitorea. La lesión no es grave. El juego puede seguir.

Lo anterior podría ser una escena de Friday Night Lights, Men, Women and Children, Varsity Blues o de cualquier otro libro o película sobre fútbol americano en Texas. Pero es un típico espectáculo de viernes en este estado y mi hijo es parte de la banda.

La temporada de fútbol americano en Texas se desarrolla durante el otoño. Que, debido al clima de la región, es la extensión de un verano sin final, con días que se abrevian frente al avance rápido de la oscuridad invernal, una cacofonía junto a la temperatura que no da tregua.

Los jugadores empiezan a entrenar incansablemente en agosto, cinco días por semana y muchas veces con dos prácticas en una misma jornada. Ser parte del equipo de fútbol de una secundaria es un trabajo a tiempo completo que no cualquiera puede aguantar. No es sólo un gran honor, sino que es también una enorme oportunidad de conseguir una beca para asistir a la universidad: los reclutadores de diferentes instituciones visitan los juegos y marcan a los mejores jugadores, a quienes luego ofrecerán las tan ansiadas becas de estudio.

Y los partidos, que se juegan los viernes por la noche, son acontecimientos que reúnen a toda la comunidad: atletas, padres, estudiantes, profesores, admiradores en general y, casi tan importantes como las estrellas del deporte, los actores secundarios: bailarines, porristas y la banda.

Como en cualquier espectáculo para las masas, desde los tiempos grecorromanos, bailarines y músicos animan el entretiempo y alientan a su equipo. Y ese papel no tiene nada de improvisado: ellos también se someten a rigurosas prácticas que, en el caso de la banda, comienzan un mes antes del inicio de las clases. Un mes durante el verano a razón de casi siete horas diarias. Y cuando empieza la escuela, los ensayos arrancan a las 5.45 de la mañana. Si uno vive cerca de la secundaria, se despierta cada madrugada con el traqueteo de los tambores en la noche, y puede que, antes de abrir los ojos, sueñe que está perdido en el monte y estos tambores son el primer signo de civilización. O que baila una danza antigua y secreta alrededor de una fogata ancestral.

Los músicos no sólo son responsables de tocar sus instrumentos a la perfección, sino que deben aprenderse coreografías intrincadas. Porque ahora, en la secundaria, la banda marcha. Es necesario memorizar las piezas musicales y también los movimientos. Y si bien puede que pocos se den cuenta si alguien pifia una nota, un paso en falso podría provocar un efecto dominó imperdonable.

Los músculos doloridos, las horas de sudor bajo el inclemente sol del sur, el peso de los uniformes cobran sentido la noche de presentación del equipo de la temporada. La comunidad se reúne en el gimnasio de la escuela. La banda toca, los bailarines y los porristas lucen sus pasos y piruetas. Ondean las banderas y los jugadores corren de a uno a presentarse frente a la audiencia enfervorizada cuando llaman sus nombres. Estamos conociendo a los héroes que llevarán a nuestra escuela a la gloria. Cada uno viste su uniforme y lleva su casco bajo el brazo. Sonríen y en sus dientes brilla la promesa de la potencia, de la juventud, del esfuerzo inquebrantable. Todos gritamos y aplaudimos. Casi toda la gente viste los colores del equipo.

El viernes por la noche, pocos días después de la presentación formal, nos encontramos todos otra vez, pero ahora en el estadio. El cielo se torna anaranjado y después índigo. La luz del sol poniente es reemplazada por los enormes reflectores que iluminan la cancha. Las hinchadas de los dos equipos están separadas y lo mismo pasa con las bandas, que tocan por turnos. Cuando la nuestra está en silencio, el viento trae los acordes debilitados de la de los contrincantes. Todos sentimos que nuestro equipo es nuestra patria.

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Cecilia Galli (Buenos Aires, 1975) es autora de los libros Superhéroes (Cara de Cuis editora, 2009) y Karaoke kiss (Textos de Cartón, 2010).

Twitter: @manzanitatomika