Por Esteban Illades

Tan sólo iniciado el período presidencial actual el 1 de diciembre de 2018, comenzaron los reportes en redes. Empleados del Servicio de Administración Tributaria obligados a renunciar para poder salir de su oficina; funcionarios de la Secretaría de Función Pública forzados a irse sin liquidación por “no haber presupuesto”; incluso, eliminación de seguros médicos de gastos mayores a científicos mexicanos que trabajan con fuentes radiactivas por no entender por qué son necesarios.

Y así un largo etcétera.

La explicación es, una y otra vez, que ni modo, esto tiene que suceder porque está en curso la cuarta transformación del país. Y la lógica detrás, parece ser, que transformar es más bien destruir para crear de nuevo. Y destruir, como todos sabemos, implica llevarse consigo todo lo que haya en el paso, haya funcionado o no.

El caso más reciente es el reportado en medios la semana pasada: el de la Biblioteca Vasconcelos, ese elefante blanco ideado por Vicente Fox durante su sexenio, cuyos problemas le costaron al gobierno y a los contribuyentes muchísimo dinero. Una biblioteca que pasó gran cantidad de tiempo cerrada por estar mal construida; que no tenía un buen catálogo a pesar de que el presidente quisiera que fuese una biblioteca nacional; una biblioteca inservible en un país donde lo que se necesitan son lectores.

El desastre se revirtió poco a poco con la llegada de Daniel Goldin, legendario editor y promotor de lectura. Desde su llegada, Goldin –quien antes, y entre muchas otras cosas, fundó A la orilla del viento, la colección infantil y juvenil del Fondo de Cultura Económica– le cambió la cara a la biblioteca, al grado de que hizo lo que parecía imposible: que el elefante blanco se volviera útil y hasta necesario.

Foto: Secretaría de Cultura

A pesar de ello, el director de la biblioteca debió renunciar la semana pasada por lo que el gobierno llama “desacuerdos en el manejo de personal”, pero que en realidad significa, según los propios trabajadores de la biblioteca, un despido disfrazado. Y no sólo eso: según narra El Universal, a Goldin se le echó de la biblioteca de manera humillante.

Dirán algunos –como se ha dicho en Twitter– que los trabajos no son para siempre, y que Goldin, como los otros tantos funcionarios de los que prescindió el nuevo gobierno, podrá encontrar trabajo si tan picudo es.

Pero pues ése no es el punto. No se trata de que despidan a un individuo en particular: se trata de la manera en que se le despide a él y a otros y el propósito por el que se hace. Cambiar por cambiar parece ser la consigna. Borrar todo aquello que huela a Enrique Peña Nieto. Como hacían los faraones egipcios cuando asumían el poder: borraban todo rastro de su antecesor para que cayera en el olvido total. Aquí la historia comienza cuando yo lo digo. No por nada se está hablando de una Transformación, con T mayúscula.

Y claro que el nuevo gobierno está en su derecho de querer imponer su narrativa, en desmarcarse del pasado y de empezar a construir lo que quiera dejar como legado. Es probable que en unos años veamos calles y parques con nombres de quienes la nueva administración piensa que deben ser honrados; sin duda, veremos el logotipo del nuevo gobierno en distintas obras. Es lo natural. Es la reclamación y la asunción del espacio. Es la marca que se deja en la historia. Es la prueba de que aquí estuvieron. Como todos los que pasaron antes por el mismo lugar.

Foto: Manuel Velasquez/Getty Images

Pero algo que no parece entender este nuevo gobierno –y que todavía está a tiempo de rectificar, dado que apenas acaba de terminar su segundo mes– es que no todo lo que hereda está mal, y no todo tiene que reconstruirse. Hay cosas que funcionan en este país –pocas, lamentablemente–, y que deben seguir funcionando, muy a pesar de que sus logros sean previos. Son logros que no son de ahora y que, por lo tanto, cuesta trabajo reconocer.

Y no sólo es borrar el pasado, sino humillar a quien en él participó. Exhibir a quien estuvo en la administración anterior, denominarlo colaborador del viejo régimen. Como si fuera soldado de un país extinto, como si hubiera participado en el ejercicio abierto de “joder al país” –como dijera EPN– con gusto y deseo. Se trata de hacer menos a quien no abraza la 4T. En la transformación del país no caben todos, es el mensaje que se deja.

Decía: están a tiempo de rectificar. Que lo hagan y que entiendan que construir no implica necesariamente borrar o destruir. Que quien ha pasado por la vida pública durante el gobierno anterior tiene algo que aportar.

Y que para una verdadera transformación el rencor debe quedar atrás.

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Esteban Illades

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