Por Esteban Illades

Este fin de semana, a través de sus redes sociales, el presidente dio a conocer un mensaje un tanto extraño. Envuelto en un recuerdo histórico, dijo que en México no podría haber un golpe de Estado como el que derivó en el asesinato de Francisco I. Madero y dio pie a la Revolución Mexicana. Después recomendó leer una fábula en la que se habla de ranas, dioses, reyes y serpientes que se comen a quien se queja.

El mensaje tomó por sorpresa a más de uno, y con razón. Previo a lo escrito por el presidente, no había habido nada, al menos en público, que diera pie a pensar que se estaba fraguando un golpe en su contra. Quizá lo más cercano fue un discurso reproducido por La Jornada en el que un general militar en retiro, Carlos Gaytán, dice que el Ejército se siente “ofendido”.

Aun así, en el mensaje no había nada que indicara un intento por deponer al presidente.

Más adelante, el tono cambió: el domingo hubo otro mensaje del propio presidente para calmar las aguas que él mismo había perturbado. Lo que parecía una alerta de conspiración se calmó el fin de semana.

O eso parecía. Porque el lunes se dedicó la famosa conferencia de prensa matutina a develar lo que en el gobierno llaman “una red de bots” que supuestamente dirige el hijo de un expresidente. También se acusó a un diputado federal y a un exsecretario de Educación de liderar una oposición en redes. La metodología del estudio no fue revelada y, curiosamente, no se habló nada de quien en redes empuja el mensaje gubernamental de manera coordinada.

Foto: Pedro Gonzalez Castillo/Getty Images

Al mismo tiempo, y en lo que puede pensarse como nado sincronizado, el subsecretario de Gobernación publicó una columna en un medio nacional en la que a su vez acusa de “terrorismo” a quien se opone en redes al gobierno actual. Es el mismo subsecretario que en otras ocasiones ha amenazado con utilizar la Guardia Nacional para quitar a los transportes privados de los aeropuertos; el mismo que defendió que se violará la Constitución para que el período de gobierno en Baja California se extendiera de dos a cinco años.

Esto, sumado a que el presidente citó a Madero la semana pasada para referirse a los reporteros que cubren su conferencia como perros –cosa que después negó– ha hecho que ésta sea, quizá, la semana más complicada de lo que lleva su mandato –11 meses apenas– en términos de discusión pública. Entiéndase: lo que se ha dicho en estos días no es poca cosa. Sus seguidores con mayor espacio en medios de comunicación llevan tiempo hablando de un “golpe blando”, una especie de intento por parte de la oposición por desestabilizar al gobierno actual. Pero meter las palabras “golpe de Estado” a la conversación ya es otra cosa. Y hacerlo de manera tan tranquila es peor.

Un golpe de Estado es, según la definición más común, la deposición no democrática de un gobierno legítimo.

Se puede llevar a cabo a través de una dictadura, de un golpe de las Fuerzas Armadas o de una oposición organizada. Ejemplos ha habido muchos, pero quizás el que más nos suene sea el de 1973, cuando el Ejército chileno depuso al gobierno de Salvador Allende, quien murió atrincherado en su residencia oficial –si se suicidó o lo asesinaron, nunca ha quedado claro. En Latinoamérica, durante los siglos XIX y XX fueron de lo más común: presidentes electos por votos que fueron obligados a renunciar debido a la presión militar. Sin embargo, en tiempos recientes –salvo en el caso de Honduras en 2009–, los golpes se han vuelto excepción y no norma en el continente.

En México, como decíamos antes, ha habido relativa estabilidad militar. El Ejército nunca ha tenido la fuerza que en el resto de América Latina, y su participación política ha sido menor. En los casos en los que ha actuado –y actuado terriblemente– lo ha hecho por órdenes presidenciales y no en su contra. Pensemos en 1968 y 1971, para ser exactos.

Foto: Centro Cultural Universitario Tlatelolco/ El País

Salvo en el caso de Adolfo Ruiz Cortines, a principios de los 50, no ha habido un intento serio de quitar al presidente en turno. Tal vez en 2006, con las protestas después de las elecciones presidenciales, cuando tras bambalinas se intentó negociar una salida política dadas las protestas en la capital del país. Pero incluso entonces no se habló de un golpe como tal, y el Ejército no participó en nada relacionado con ello.

Entonces suena un tanto extraño que se esté hablando de un golpe, más cuando el presidente, según casi todas las encuestas, goza de niveles muy altos de popularidad. Probablemente el contexto ayude a entender el mensaje de este fin de semana, pero aun así resulta preocupante cómo se ha escalado el discurso: al gobierno no le fue nada bien en Culiacán, a pesar de que el mensaje original fue que se evitó una masacre. Después hubo descontento en medios de comunicación y apareció el mensaje del general Gaytán. Pero, a pesar de ello, nada había llevado a pensar siquiera en la posibilidad de que alguien quisiera removerlo de su puesto.

¿Será un intento por desviar la atención?

¿Habrá una amenaza seria detrás? Lo mejor, sobre todo después de cómo el propio presidente enrareció el clima, sería una explicación verídica y completa sobre por qué este sábado López Obrador nos llevó a tan espinoso terreno sin que nadie se lo pidiera.

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Esteban Illades

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