Por Esteban Illades

Seguro te pasó, querido sopilector, que el jueves pasado alguno de tus compañeritos de trabajo faltó a la oficina o se fue temprano, en concreto antes de las seis de la tarde. Si lo viste con paso apurado a las 5:55 era por algo: andaba circulando una cadena en WhatsApp que supuestamente citaba al Servicio Sismológico Nacional (SSN), que supuestamente decía que habría un temblor de magnitud 8.7 en el sur de México a esa hora.

Después de un temblor importante, el SSN siempre, siempre repite lo mismo: es imposible predecir un temblor. Si tiembla, sabremos que habrá réplicas, pero nunca mayores al temblor original. Pero nunca sabremos con antelación cuándo vendrá un terremoto ni de qué magnitud será.

Pero para muchas personas esto no importa. Más cuando ven un mensaje que empieza “Esto es lo que el gobierno no quiere que veas”. O “Esto es lo que la televisión nunca te va a decir”. Las noticias falsas así llegan, y muchas veces no nos tomamos el tiempo de pensar de dónde vienen, qué dicen, y, peor aún, si lo que dicen no es ridículo.

¿Por qué? Porque con la inmediatez de la información también viene la inmediatez de la desinformación. Hay gente que puede ganar dinero fácil con ello –montar un sitio y subir una nota falsa es cosa sencilla– y hay gente que aparte de eso tiene un verdadero interés en desinformar; no por nada las campañas políticas de este año están contratando ejércitos de bots, trolls y demás subespecies en las redes sociales: quieren descalificar a los otros y conseguir la mayor cantidad de votos posibles.

¿Sirve? La mayoría de las veces no. Que un sitio falso nos diga que el presidente es en realidad un alienígena del planeta Rigel 6, que otro nos diga que los científicos de la UVM ya descubrieron que habrá fraude la noche del 1 de julio, que… cualquiera de estas notas no voltea votos, o no muchos.

Pero a veces, y de manera cada vez más frecuente, algo distinto pasa. Lo vemos en el Facebook de tus tíos, en el Twitter de tu analista político conspirologou favorito: un asteroide va a chocar contra el planeta mañana. Las boletas de la elección ya tienen los taches prehechos, porque todos sabemos que los gringos ya compraron el resultado. En el mejor de los casos lo único que pasará es que te pongas un gorro de aluminio después de creer eso.

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Pero en el peor, las noticias falsas –popularizadas bajo el término fake news por Donald Trump– sí tienen efectos concretos y serios. En Estados Unidos, por ejemplo, las teorías de conspiración llevaron a que un tipo de nombre Edgar Welch entrara a tiros a una pizzería porque había concluido, tras caer por el hoyo de la conspiración de #Pizzagate, que lo que ahí sucedía eran orgías entre políticos demócratas y menores de edad que estaban atrapados como esclavos sexuales.

Acá en México no hemos visto nada de eso, pero sí podemos prever ciertas consecuencias de las noticias falsas en el periodo electoral. De hecho, hace unas semanas, por ejemplo, el Instituto Nacional Electoral (INE) se dio cuenta que otra cadenita de whats decía que si tu credencial tenía el nombre Instituto Federal Electoral (IFE), y no INE, no podrías votar en la elección de este año, lo cual no era ni remotamente cierto.

Si partimos de ese punto, es factible pensar que mientras más cerca esté la jornada electoral, más veamos ese tipo de cosas: mensajes o fotos de urnas quemadas, evidencia incontrovertible de fraude, o “pruebas” similares. No importará que las fotos que circulen sean de otro país u otra elección, la idea es sembrar pánico. Para el nivel de nuestras campañas, hay que irse preparando para algo así en los próximos meses.

¿Qué hacer, entonces? Las noticias falsas siempre buscan generar algún tipo de shock en el lector: la idea es que se enoje y haga algo en consecuencia. O que se espante y siembre pánico. Como cuando a principios de enero circuló otra cadena que fingía ser del Servicio Meteorológico Nacional, y que aseguraba que se te congelarían los pulmones si salías a la calle. (Sin importar que las temperaturas en la Ciudad de México ni siquiera bajaban de cero.)

Lo primero es ver de dónde viene la noticia: si llega por algún tipo de mensajería, hay que dudar todavía más. Si lo vemos en Facebook o Twitter, revisar que tenga alguna liga o enlace. Si lo tiene –salvo que se vea sospechoso de inicio–, darle clic para ver qué más información tiene para respaldar la aseveración. Si cita un estudio creíble, si cita a alguna autoridad en el tema. Si no tiene fuente, en general es falsa.

Si aún así tienes duda, pon la información de la nota en Google u otro buscador. Hay que ver quién la replica: si es un medio serio o puras plataformas de las que nunca has escuchado. E incluso a veces hay que verificar qué medio “serio” es el que la trae, pues muchos ahora también repiten noticias falsas por no hacer bien ni la parte más básica de su trabajo.

Lo más importante es sentarte a pensar un segundo. Sonará estúpido, pero a veces la emoción nos gana. Sea tu tío con tres doctorados, tu primo que conoce a alguien que conoce a alguien en presidencia, tu papá el que escucha a Toño Esquinca, o seas tú: por más que uno quiera creer en la nota en ese momento, por más que confirme tus peores temores, por más que parezca incontrovertible, no, el presidente no es Kikiribú.

Presidente Enrique Peña Nieto es un pollo

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Esteban Illades

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