Por Esteban Illades

A reserva de los resultados oficiales, que como bien sabemos con el PRI, son lo que quieran que sea el PRI, el nuevo presidente del Partido Revolucionario Institucional será Alejandro Moreno Cárdenas, “Alito”, hasta hace poco gobernador de Campeche. La elección estaba más que cantada desde que “Alito” se reunió, a la más vieja usanza, con el presidente López Obrador, quien le dio la bendición.

Desde entonces quedaba claro quién dirigiría el partido, actualmente en manos de Claudia Ruiz Massieu. El mensaje fue tan obvio que José Narro, exrector de la UNAM y exsecretario de Salud, renunció no sólo a la campaña para dirigir al PRI, sino que renunció al partido mismo.

Y no es para menos: el partido que dominó a México durante más de 70 años, que prometió cambiar el sexenio pasado para resultar ser exactamente igual, no ha sabido evolucionar con los tiempos.

El PRI sigue siendo una estructura anclada al siglo XX, en el que las organizaciones y los sindicatos dependían en exclusiva de ellos, en el que los gobernadores eran primero militantes del partido y después servidores públicos.

No que eso haya cambiado con el nuevo gobierno, pues Morena ha seguido, en más de una ocasión, la estrategia política priista. Su gobierno muchas veces se comporta como una continuación del pasado, en la que el partido es en realidad el presidente. Aunque no estamos aquí hoy para hablar de Morena.

Alejandro Moreno, gobernador de Campeche

Foto: @alitomorenoc

Mucho se ha dicho que el PRI, después de obtener su peor resultado electoral en la historia el verano pasado, implotaría. Lo mismo que en 2006, cuando quedó en un impensable tercer lugar. Sin embargo, como dice el dicho, mala yerba nunca muere, y el PRI se niega a extinguirse. Durante ese sexenio encontró nueva vida como oposición dura. No en términos de ideología, porque el partido carece totalmente de ella, sino como muro frente a los demás partidos. Entiéndase, reforma que el PAN quería pasar, reforma que no avanzaba al menos que se ofrecieran condiciones extremadamente benéficas para el PRI.

Así consiguió no sólo dinamitar gran parte de la agenda panista, sino aguantar hasta que apareciera el candidato de telenovela, Enrique Peña Nieto.

Recordarás, querido sopilector, aquel anuncio de 2012, en el que el entonces candidato Peña, junto con su equipo de campaña, en el que aparecía el hoy prófugo Emilio Lozoya, se arremangaba la camisa y se presentaba como la alternativa fresca a un sexenio de estancamiento. Recordarás “al nuevo PRI”. Ya sabes cómo terminó eso.

Sin embargo, a un año de la más reciente paliza electoral, el PRI parece tener más claras las cosas que el PAN. Mientras que Marko Cortés se la pasa comparando a México con Venezuela para fortuna de nadie, empezando por él mismo, el PRI busca y encuentra la manera de sobrevivir, cual animal herido.

La estrategia de este año ha sido ser bisagra en el Congreso: si Morena necesita votos, el PRI se los da.

Y también bisagra en las elecciones estatales; no hay ejemplo más claro que la elección extraordinaria de Puebla. Enrique Cárdenas, postulado por toda la oposición menos por el PRI, quedó a 11 puntos de distancia de Miguel Barbosa. A pesar de haberse cerrado más de lo que se esperaba, la elección realmente nunca estuvo en juego. Y sucedió en gran parte porque el PRI postuló a un candidato lo suficientemente inconsecuente para no pelear en serio el triunfo, pero para evitar que Cárdenas se acercara y pusiera en riesgo el resultado. No en balde “Alito” trata a López Obrador no sólo como presidente del país sino como presidente del partido: sabe que estar en buenos términos con él puede darle suficientes beneficios como para sostenerse en lo que decide cómo presentarse para la elección presidencial de 2024, en lo que decide qué envoltura ponerse para la campaña.

PRI

Foto: NOTIMEX

Porque el PRI puede ser lo que el poder quiere que sea. Puede decirse “transformador”, puede decirse “oposición”. Puede decirse “nuevo” a pesar de ser lo más rancio que existe. Puede reinventarse políticamente de mil maneras, y lo puede hacer a sabiendas de que cuando las cosas salen mal, la gente siempre regresa a la idea de más vale malo por conocido. No en balde es un partido capaz de autodenominarse “revolucionario institucional”, una contradicción en términos.

Vaya, el PRI le puede vender chiles a La Costeña.

Así que ahí estará con “Alito”, apoyando a López Obrador en lo que pueda, pero listo para distanciarse cuando las cosas empiecen a salir mal. Y listo para recordarle al electorado, que buscará desesperadamente opciones, que la vida quizá no estaba tan mal bajo lo que hoy se llama “el viejo régimen”. Por más que sí lo estuvieran.

Ése es el nuevo juego del PRI: esperar a que el castigo del electorado sea breve –como ya sucedió– y el perdón los regrese a la silla presidencial. Un ciclo de masoquismo y codependencia infinito, en el que México y partido se pelean pero se reconcilian, para beneficio exclusivo del partido.

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Esteban Illades

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